Dominio público

Opinión a fondo

Uber y la expansión hegemónica de Silicon Valley

20 Jun 2017
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Ekaitz Cancela
Periodista y autor de ‘El TTIP y sus efectos colaterales’

Históricamente, el liberalismo fue incapaz de conducir correctamente la revolución industrial básicamente porque observó los acontecimientos sociales con sus lentes económicas. “La mejora al precio de la conmoción social”, como lo definiera Karl Polanyi en La Gran Transformación. Una dinámica similar observamos hoy en día en las metrópolis europeas, convertidas ya en el corazón de las ordalías post-industriales. Insulsamente presentado como un mero problema de adaptación de la filosofía liberal, en el enfrentamiento entre el sector del taxi con Uber o Cabify subyace un perfeccionamiento de los instrumentos de pauperización del estado del bienestar y a la vez una dislocación calamitosa de la vida en las ciudades del futuro. De fondo, la expansión hegemónica de Silicon Valley, que trata de establecerse como elemento regulador del tablero global.

Abrumados por el purgatorio ético y legal en el que opera Uber, es posible que hayamos perdido la totalidad del proceso económico en el que toma parte. La compañía está valorada en cerca de 62.000 millones de dólares gracias a firmas de Wall Street como Goldman Sachs, que aportó 1,6 mil millones de dólares en su última ronda de inversión; o debido al contrato firmado con Morgan Stanley, Barclays, Goldman Sachs y Citigroup para vender casi 2 mil millones de dólares en el mercado de préstamos. Por otro lado, uno de los fondos de inversión soberanos de Arabia Saudita hizo lo propio con una cantidad de 3,5 mil millones de dólares en efectivo. Por lo tanto, a diferencia de cualquier empresa de taxis, Uber posee los recursos económicos suficientes para ofrecer innovaciones constantes en sus servicios, precios más laxos y una prestación al consumidor impoluta. También, la capacidad de maniobrar para expulsar a su competencia, penetrar en el mayor número de ciudades a nivel mundial y, por ende, en la vida del consumidor. Así es que la hegemonía de Silicon Valley descansa en factores materiales, pero aún más importantes son los aspectos culturales y sociales. 

Al igual que ocurrió durante el fordismo, las condiciones del éxito de la implantación de una filosofía del culto al trabajo radican en la ruptura del poder obrero. Otrora lograda por una combinación de coacción y persuasión, las innovaciones de Uber tratan hoy de reducir los costes de mano de obra al tiempo que incrementan la eficiencia a través del uso de mecanismos psicológicos y otras técnicas desempolvadas de la ciencia cognitiva para influir en cuándo, dónde y cuánto tiempo trabajan los conductores. Se trata de la búsqueda de un sistema perfectamente eficiente: un equilibrio entre la demanda de pilotos y la oferta de conductores al menor costo posible para los pasajeros y la empresa. Lo explicaba un artículo publicado en el New York Times, donde se exponían estas abusivas prácticas ‘psicopolíticas’: “Al dominar los circuitos mentales de sus trabajadores, Uber y similares pueden estar llevando la economía hacia una era pre-New Deal, cuando las empresas tenían un poder y capacidad descomunal para explotar a los trabajadores.”

Pero, ¿por qué protegerse contra los peligros del pasado si podemos llevarlos a nuevos horizontes? Bloomberg documentó recientemente que existen conductores de Uber que, con el fin de maximizar su tiempo, duermen en sus coches en los parking de supermercados, aeropuertos o albergues de ciudades caras. Se marchan a otras ciudades a operar y así aprovechan las tarifas altas en una jornada de trabajo que comienza llevando a los trabajadores ricos a sus trabajos y finaliza cuando les traen después de cenar fuera o tomar unas copas. Esta especie de servidumbre moderna es justificada por Uber como “una decisión individual de los conductores, que eligen cómo, cuándo y dónde conducen.” Gramsci ya nos habló de la efectividad del capital para “crear un nuevo tipo de trabajador y de hombre.” En este sentido, el modo en el que se lo expresaba un conductor al reportero de Bloomberg es revelador: “Este trabajo no es válido para todos. Esos defensores del trabajo no saben lo que es ser un conductor. Creen que no estamos siendo tratados correctamente, pero yo estoy contento. Si no me gustara, haría otra cosa.”

En definitiva, la economía colaborativa es una ficción ideología sedimentada en nuestro subconsciente para racionalizar la fe irracional del esfuerzo y la autosuficiencia como única vía para la salvación terrenal. Se trata de que consintamos el efecto corrosivo de un utilitarismo grosero como dinámica social. No obstante, hasta ahora sólo hemos documentado cómo nace una fuerza de poder en una estructura determinada gracias a que posee las capacidades materiales e implanta sus ideas en los límites del pensamiento y la actuación. Pero el hecho de que se cree un espacio donde el ciudadano es interpretado por Uber como un mero activo económico que compiten en un mercado absolutamente vacío de derechos, también da lugar al correlato de una nueva forma de gobierno y dominio.

Si el ‘reaganismo’ inició la transformación del estado nacional en un estado neoliberal constituido por una hegemonía burguesa interna que se conservaba, esta idea se plasma hoy en Silicon Valley gracias a plataformas como Uber. Lo ilustraba perfectamente una portada reciente de The Economist al mostrar a las grandes compañías de Palo Alto cual bases extractivas del “recurso más importante del mundo”, que ya no es el petróleo, sino los datos. El intelectual bielorruso Evgeny Morozov nos invitaba a pensarlo de la siguiente manera: “El sector público está atrapado por el neoliberalismo, es decir, las grandes empresas y los mercados. Como no puede y no quiere abandonarse a sí mismo, se vuelve al sector privado para completar sus funciones. El estado ve estas asociaciones como una buena señal: son una promesa de progreso y ahorro. Para Silicon Valley, estos contratos representan ingresos estables y seguros, al mismo tiempo que le proporcionan acceso a los datos del cliente-usuario. Acceso que, a la larga, podría resultar más lucrativo que sus ingresos. Gracias a este modelo, la entrega de bienes y servicios esenciales, una vez en manos del Estado de bienestar y las autoridades locales, está ahora bajo el cuidado de los caprichos de las grandes corporaciones y de sus modelos económicos”. En este aspecto, Emmanuel Macron parece querer ir incluso más allá y proponer directamente la aplicación del modelo startup como una forma de gobierno. Pareciera que, en lugar de querer ser el Presidente de la República, anhelara ser el CEO de Francia.

Por otro lado, la orientación de esta política económica ya está tratando de “desplazar el centro de gravedad de la acción del gobierno hacia abajo”, como propuso Wilhelm Röpke, padre fundador del ordoliberalismo. De este modo, será cuestión de tiempo que los alcaldes de las ciudades se vean tentados a delegar en Uber o Airbnb la elaboración de las políticas públicas. ¿Al final y al cabo, quién tiene mejor información-datos sobre sus ciudadanos que estas compañías? Y si vamos un poco más allá en sus implicaciones humanas, ¿qué ocurrirá cuando, de la precarización, Uber pase a sustituir a los conductores gracias a sus sistemas de algoritmos e inteligencia artificial? En este sentido, la compañía ya ha cerrado un partenariado para fabricar coches autoconducidos con Volvo y ha comenzado a experimentar con ellos en Pittsburg.

En resumen, Uber es una empresa que toma parte de un nuevo bloque histórico y que moderniza la configuración del Estado al tiempo que impulsa una nueva relación en la producción —basada en convertir toda actividad humana, e incluso psíquica, en un servicio—. Según exponía Robert Cox, estos son los tres aspectos fundamentales a través de los que se conforma la visión de un orden mundial. A pesar de ello, a inicios del siglo XXI, las crisis de hegemonía y representación de Estados Unidos (las cuales han llevado a su vez a Donald Trump a la presidencia) han originado algunos choques de calado en la visión norteamericana de afrontar esta crisis mundial para orientar el futuro: la transformación neoliberal del estado, propuesta por Silicon Valley, o reformas más propias de un Estado capitalista al estilo chino, como parece ser la visión de Trump. Sea como fuere, se tornará complicado que el megalómano presidente logre sobreponerse a las dinámicas que durante décadas han prevalecido en Estados Unidos.

Años de experiencia  atestiguan la configuración de una nueva racionalidad a nivel global a través del diseño de su estructura jurídica y normativa. Tampoco podemos olvidar que la regulación del mercado mundial, en cuanto a reglas multilaterales y prácticas financieras, es obra y gracia de las empresas del otro lado del Atlántico. Aquí es donde la nueva generación de acuerdos de libre comercio como el TiSA, el TPP o el TTIP encuentran su motivo de ser. Una triada estratégica, como señalé en El TTIP y sus efectos colaterales, que consuma una partición legal y económica del mundo formada por Estados Unidos y veintiocho países, dos tercios del PIB global y más de un billón y medio de personas. Evidentemente, tanto estos tratados como su contenido atienden a motivos geopolíticos: atraer hacia su visión de la integración neoliberal global, y de acuerdo a sus normas, a los BRICS. (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica).

Pensemos por un momento en el TiSA, donde 21 gobiernos negocian compromisos sobre el acceso a los mercados y el trato nacional que se aplicará a los sectores de servicios que cada país acuerde. A este respecto, el enfoque planteado en el texto de negociación es la lista negativa: si no apuntas un sector y un servicio en la lista, lo pierdes. Aparentemente “sólo” se trata de una forma de evitar que el Estado o el poder público intervenga en el orden económico y la regulación de los servicios actuales. ¿Pero qué ocurre con todos aquellos servicios que estarán por venir? Las grandes asociaciones comerciales en las que se agrupan los unicornios de Silicon Valley llevan años presionando fuertemente a los burócratas europeos para que “la política comercial refleje el rol que tienen el comercio digital e internet en la economía moderna”. Estos son meros eufemismos propagandísticos para envolver sus intenciones reales: que las reglas del TiSA se apliquen automáticamente a cualquier servicio nuevo que surja en el futuro y, de esta forma, nazca ya abierto a la liberalización y sin estar sujeto a las consideraciones morales o éticas que debiera. Al fin y al cabo, el TiSA sienta el paradigma de que todo aquello que supone una barrera para la innovación debe ser eliminado. Y en un mundo tan globalizado e hiperconectado, ¿qué no lo será?

Por ejemplo, el comercio electrónico y el comercio digital son sectores que no existían hace 20 años. La impresión en 3D y los servicios de la “gig economy” basados en aplicaciones como Uber o Lyft son ejemplos de servicios que están surgiendo rápidamente, pero donde aún se está desarrollando la regulación apropiada. Como denunciaba en un informe la Confederación Internacional de Sindicatos (ITUC) en base a las filtraciones de Wikileaks, “el TiSA dará un nuevo empujón a la autoproclamada ‘economía compartida’ que presta servicios de manera informal compitiendo injustamente con operadores establecidos.” Cumplir con las leyes, impuestos, regulaciones y convenios colectivos que garanticen que los trabajadores sean remunerados decentemente y respetados, y que los consumidores disfruten de servicios de alta calidad sin pagar con sus datos personales pueden ser prioridades que pasan a la historia si las empresas de Silicon Valley logran hacer sus deseos realidad en estos tratados. Para encargarse de todo ello, Uber ya ha reclutado a un ejército de lobistas en el que encontramos nombres tan importantes como el ex asesor estratégico de Obama David Plouffe o la ex vicepresidenta de la Comisión Europea y comisaria de Agenda Digital europea Neelie Kroes.

Hoy son los taxistas, pero mañana serán otros servicios profesionales como la auditoría, la arquitectura, o la ingeniería en las que los monopolios de internet tratarán de prosperar para hacerse con el mercado. La misma suerte pueden correr servicios públicos como el transporte, la sanidad o la educación. El feudalismo en la era digital, si no lo detenemos, está a la vuelta de la esquina. Pese a todo ello, las compañías de Palo Alto son vistas como las hijas modernas del progreso, la renovación inocente e incluso nerd del capitalismo tardío. Seamos claros: la función de Silicon Valley es perforar nuevos túneles para continuar con la integración neoliberal global, preservar la hegemonía estadounidense y fijar nuevos callejones sin salida que sirvan a la ensoñación histórica de que no existe alternativa a este sistema.


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