Dominio público

Opinión a fondo

Macron, la política es la empresa

26 Jun 2017
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Jorge Moruno

Es habitual escuchar que Europa atraviesa una crisis de los sistemas de partido tradicionales, cuya erosión da lugar al nacimiento o crecimiento de opciones políticas distintas. Se las despacha con la brocha gorda de populistas, porque independientemente de su posición política comparten la denuncia sobre el estado de las cosas actual. Sin embargo, ante la crisis del régimen del empleo el neoliberalismo se abre paso destrozando las bases de la convivencia de posguerra, como condición necesaria para su implantación. Bajo la influencia de los cambios ocurridos en la organización del trabajo y apoyado en el despliegue de una racionalidad importada de los departamentos de selección de personal, está constituyéndose una forma política propia del neoliberalismo. Centrar el debate sobre las formas políticas que aparecen entre polos opuestos como Le Pen o Podemos, es quedarse con los árboles y olvidarse del bosque.

La empresa como política y la competencia como ethos, también pugna por la redefinición del sentido de comunidad e incluso prometiendo protección como hace Macron, que concibe su elección como el renacimiento francés y europeo. En su libro El socialismo, Von Mises intentaba comprender por qué el socialismo se ha convertido en idea dominante de nuestra época, destacando la importancia de la batalla por las ideas. Años más tarde, Foucault rescata las reflexiones de uno de los más célebres discípulos de Von Mises, Hayek, que vuelve a apuntar a la importancia de dotarse de un liberalismo con un pensamiento vivo, puesto que el liberalismo, al igual que el socialismo, también necesita una utopía, ya que no vale presentarlo como una alternativa técnica de gobierno..

Una forma no es un partido, sino más bien unos contornos, unas pautas propias de un marco de época fundado sobre la competencia, sobre el devenir capital de la fuerza de trabajo, el solapamiento de tiempo de vida y de trabajo y la empresa como forma imaginada de comunidad. Esta metahegemonía no distingue entre izquierda y derecha, tampoco entre arriba y abajo, ni entre dentro o afuera, es de facto el elemento transversal que atraviesa a todas las facetas y posturas de la sociedad. Hace aikido con el antagonismo e integra a todo, incluso la demanda de democracia, bajo su racionalidad. ¿Qué es la figura proteica del doer sino la fusión del militante revolucionario con la competitividad empresarial? El devenir militante de la sociedad; militantes del capital. Este es el tránsito que recorre la fuerza de trabajo, el que va desde las fábricas de Manchester al templo financiero de New York. Todo lo que existe es susceptible de ser mercancía en la sociedad del goce de la acumulación; toda la realidad puede ser capturada: ecológico, gayfriendly, multicultural o feminista.

Esta forma, lejos de ser solo un aspecto cultural del capitalismo contemporáneo o el modo en el que se piensan las relaciones laboral-financieras, es un modo político de gobierno sobre la población que cuenta con expresiones electorales. La forma más acabada de este proyecto en la política institucional es el presidente francés Emmanuel Macron, pero también lo encontramos en su modalidad más descarnada en el presidente Macri de la Argentina, o en su variable española con Rivera. Incluso el Frente Nacional se está macronizando.

Que estas sean las formas propias del neoliberalismo político, o populismo neoliberal, no quiere decir que el proyecto civilizatorio se restrinja a un partido ni a un continente. El neoliberalismo funciona a través de la gobernanza que se define por la interdependencia de distintos actores, tratados, países e instituciones, marcados por unas normas competitivas no sujetas a cuestionamiento político ni decisión democrática. El neoliberalismo demuestra su flexibilidad al adaptarse a países como la Turquía de Erdogan, que manifiesta su intención de gobernar Turquía como una empresa.

Frente a la crisis de la sociedad del empleo se presentan tres opciones: sociedad de emPerdedores, repliegue reaccionario o reinvención democrática. La economía coolaborativa es el espejo en donde se mira Macron, joven, con valores, flexible, preocupado por el clima, las minorías y las mujeres: reconocimiento sin conflicto, sin política, pero capaz de convencer a los pueblos, hacerlos soñar en palabras de Macron. Un modelo pensado para los expulsados del circuito de trabajo estable y con ingresos suficientes, que les anima a rebelarse y atreverse a ser dueños de sus propias vidas. Una filosofía de vida abierta y social, que huye de las jerarquías y los protocolos, una sociedad de microemprendedores autónomos y responsables de su futuro que comparten una comunidad. Es el relato que libera al trabajo de su condición de subordinado: el capitalismo como su mayor transgresor que secuestra el espíritu comunista.

Así las cosas, enfrentarse a esta deriva partiendo del imaginario del pleno empleo y todo lo que lleva asociado, es directamente proporcional al refuerzo del neoliberalismo postempleo. Curiosamente, el neoliberalismo consigue ser deseado porque se apoya en el anhelo inconsciente de su propia destrucción; articula su utopía en torno a la posibilidad de poder no ser trabajador, es decir, un deseo anticapitalista es lo que mueve al capitalismo. Al mismo tiempo, quienes se enfrentan al capitalismo generan un tipo (limitado) de adhesión por la vía inversa, esto es, reivindicando su derecho a ser la parte que le corresponde, trabajador, dentro de su relación con el capital. Esta es la inversión de la realidad, por un lado el capital se mueve deseando su abolición, por el otro, el trabajo exige perpetuarse como tal.

Solo un imaginario que modifique el modo en el que pensamos la democracia y el sentido del hacer más allá de la relación delimitada por el régimen del valor, puede pensar la crisis de la sociedad del empleo de una forma diferente a la sociedad de emprendedores. Asumiendo que el trabajo, como noción moderna, es el sustento imprescindible de la dominación de la sociedad mediada por el dinero, no se puede defender el trabajo, tal y como se comprende, sin defender a su vez la necesidad de transformar el trabajo en dinero: el movimiento perpetuo de añadir valor al valor. Ese movimiento es el que  a su vez, hace cada vez más difícil integrarse a través del trabajo remunerado.

La reivindicación del trabajo (como noción moderna, antes no existía el sentido de trabajo) porque crea valor en oposición al ocioso capitalista, no hace más que reforzar los pilares ideológicos y el dinamismo del propio capitalismo, al reivindicar la subordinación proletaria. El revés del mundo: mientras que la promesa de emancipación del trabajador de su propia condición de trabajador, es lo que nutre al imaginario neoliberal, la perpetuación como trabajador es lo que sostiene el horizonte de la oposición al capitalismo. Solo en una sociedad donde para comer hay que trabajar, la desaparición de trabajos odiosos se convierte en objeto de odio. Trabajar en esta sociedad no significa cualquier trabajo entendido como metabolismo con la naturaleza, sino que tiene que ser un trabajo por el que te paguen (cuidar niños y ancianos en casa no es trabajo desde esta perspectiva).

Pero si por el contrario se valora como trabajo lo que no es trabajo remunerado, al tiempo que se garantiza el bienestar al margen del trabajo remunerado, la riqueza dejaría de estar medida únicamente por el tiempo de trabajo humano invertido. Esa tercera pastilla, que no es la horca del embudo neoliberal ni la reivindicación de un capitalismo bueno frente al financiero, nos la da Marx: modificar el concepto y el sentido de la riqueza más allá de su sentido moderno, es decir, modificar el sentido que concibe como la única medida de la riqueza al tiempo humano de trabajo, cuando además, se contradice al reducirse el tiempo de trabajo requerido. En lugar de exigir un aumento del tiempo de trabajo requerido para poder seguir siendo trabajadores, cosa que no va a pasar, debería valorarse todo el torrente de riqueza social imposible de medir por el baremo del tiempo de trabajo empleado, pero sometido a éste.

¿Cómo salir de este bucle para que sea imaginable una condición humana distinta a la de ser trabajador? Cómo reivindicar el tiempo liberado de no-trabajo remunerado a la ofensiva, como la fuente de autonomía y libertad, en lugar de precariedad e inseguridad como sucede ahora. El acelerado recorrido que está tomando el debate en torno a la renta básica podría hacernos pensar que se ciñe a elegir entre empleo o renta básica, y eso sería totalmente equivocado. Lo fundamental es diseñar e imaginar, no la aplicación de medidas concretas para que cuadren en una hoja de Excel, – ese es un debate gélido, una jaula ideológica-, sino producir un tiempo democrático que permita imaginar todas esas medidas.

A la hora de pensar la forma política hay que, como recuerda Aristóteles, definir ante todo qué tipo de vida es más deseable. Ninguna medida, ni siquiera un paquete de medidas, ningún dato escandaloso o estudio riguroso, va a convencer de forma pedagógica a la sociedad sobre las bondades de un programa. Solo vamos a ser capaces de repensar los sistemas de bienestar si antes somos capaces de desearlo, no al revés; pues el deseo implica necesidad, es el apetito de la mente. Batallar el cinismo generando agregaciones colectivas que produzcan desplazamientos en lo pensable y produzcan la convicción real de que se puede cambiar la vida: Libertad, igualdad, emancipación, autonomía, tiempo, decisión.

Esa utopía es la única que en la historia ha conseguido hacer posible lo que era impensable, y la única que hoy permite a un anuncio de coches parecer más radical que una consigna revolucionaria en una pancarta. La postmodernidad se caracteriza por la fascinación de lo simbólico a condición de que nadie se lo crea realmente, porque nadie cree que quien dice creérselo se lo puede llegar a creer, y por eso el baile de máscaras funciona. A diferencia de Matrix, todos nos hemos comido la pastilla roja pero seguimos deseando vivir en el mundo de la pastilla azul, todos saben que ese filete con buena apariencia es falso, pero aun así se prefiere. La dolorosa verdad de la realidad es que la realidad es la verdad dolorosa. ¿Cómo puede salirse del cinismo ilustrado despojado de toda filia y pertenencia basada en la confianza? En definitiva, cómo salir de esta jaula semiótica, retomar el hilo de la historia y abrir el horizonte de la realidad para constituir otra distinta. Vivirlo como una certeza y perseguirla. Hasta el final.


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