Dominio público

Opinión a fondo

El tsunami de la educación

03 Ago 2017
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Lluis Pastor
Director del eLearn Center de la Universitat Oberta de Catalunya

Por una vez en la vida, me digo, estoy en el sitio adecuado en el momento preciso. La nueva sociedad del conocimiento va arrasando con el mundo conocido sector a sector, de manera secuencial y sin piedad. En los próximos años el sector que va a cambiar, qué digo cambiar, que va sufrir un giro copernicano, es la educación. Los franceses tienen una palabra para indicar aquellas cosas que sufren revolcones inevitables: el verbo “bouleverser”. Con ese “bouleverser” quieren decir que cuando algo es atrapado por el huracán de las nuevas cosas el cambio está asegurado. Y las primeras brisas que anuncian ese huracán empiezan a enmarañarnos el pelo.

Y cuando hablo de cambio me refiero a un cambio con mayúsculas. Un cambio que afectará a las enseñanzas universitarias pero también a las enseñanzas obligatorias. A los niños y a los jóvenes. Y, desde nuestra colina universitaria, empezamos a notar que hay más dinamismo para repensar la educación en las escuelas que en la propia universidad. Por lo menos en la universidad en nuestro país.

Cuando hago de apóstol de ese cambio por el mundo siempre me encuentro con rostros agrios que hacen muecas y subrayan todas las cosas que se pueden perder. Es cierto. Con los cambios se pierden cosas que dábamos por descontadas y encontramos nuevas realidades que ni siquiera habíamos intuido. Ya Platón nos describió en su Fedro en qué consiste la aritmética del cambio (que se gana y qué se pierde) cuando hizo que dialogaran el dios Theuth y el rey Thamus. Dice Platón que Theuth había descubierto el número y el cálculo, la geometría y la astronomía y, sobre todo lo anterior, había creado la escritura. Theuth fue a visitar al rey Thamus a Egipto para contarle las ventajas de su gran invento, las letras, y para que –juntamente con sus otras invenciones- fueran entregadas a todos los egipcios. Este fue el argumento del inventor: he creado la escritura como un remedio para que las personas tengan más memoria y más sabiduría. Tendrán más memoria porque podrán consultar todo lo que está apuntado y tendrán más sabiduría porque el conocimiento no se perderá nunca más. El rey Thamus, que había valorado cada uno de los inventos, se entretuvo en esa nueva cosa que el dios le presentaba y que permitía reproducir el pensamiento a través de signos. “La escritura”, le vino a decir, “va a tener el efecto contrario de lo que dices. Las personas no tendrán más memoria porque en lugar de recordar cada frase de los discursos que reciban se fiarán de lo que tendrán escrito. Y tampoco tendrán más sabiduría puesto que no tendrán la obligación de entender cada nueva idea, puesto que las tendrán para siempre escritas y ese ejercicio podrá postergarse sin fin.

El nuevo Theuth ha venido a visitarnos y ahora hay que entender qué traerán los nuevos cambios en la educación. Pero antes, antes que eso, para contestar a los más críticos con lo nuevo, habrá que comprender qué es lo que perdemos.

Qué es lo que tenemos

Básicamente lo que tenemos es un aula. El aula es el sanctasantórum de nuestro modelo de aprendizaje. Permítanme que oriente mi primera explicación sobre esta cuestión desde la comunicación. Para descubrir las relaciones que fomenta el aula entre las personas que asisten a una clase utilizaré los principios de la proxémica. La proxémica es el estudio del espacio; de hecho, es el estudio de las relaciones humanas que se generan a partir de un determinado uso del espacio. ¿Cuáles son las claves proxémicas del aula? La fundamental, que hay una persona que sabe y habla y que hay algunas decenas de personas que no saben y que escuchan. Eso es lo que dice el diseño del aula. Veámoslo.

El aula tiene un espacio reservado para el profesor. Por si hubiera alguna duda al profesor se le dota con una mesa de dimensiones extraordinarias –que no usa casi nunca– y que está o suele estar sobre una tarima de madera (me remito a una descripción de las aulas universitarias pero creo que, a grandes rasgos, es extrapolable más allá). La tarima sólo tiene como función multiplicar la importancia de la figura del profesor, focalizarla. La tarima permite que el profesor hable por encima de su público. También permite que se le vea y se le oiga mejor, puesto que es él quien tiene que hablar y que ser visto. La tarima y la mesa multiplican su autoridad, puesto que permiten que esté sentado o de pie en función de sus necesidades. El resto de las personas de la sala no tiene tanta libertad gestual. El resto está sentado o se va.

Por otro lado está el público. El público ocupa la mayor parte de la sala y en la mayoría de las aulas que conozco las sillas se alinean unas detrás de otras formando filas. De manera que a partir de cierta fila el estudiante sólo ve cabezas y al profesor al fondo. ¿Por qué los estudiantes no pueden verse las caras? Porque no interesa. En el aula la única cara que puede transportar información es la cara del profesor. El resto de las caras de los compañeros no van a decir nada importante, por eso un estudiante sólo ve cabezas.

Esta disposición del espacio del aula tiene una interpretación profunda de lo que es la formación. El profesor sabe y habla; los estudiantes no saben y escuchan, y apuntan. El profesor tiene un rol activo; los estudiantes tienen un rol pasivo.

De hecho, el espacio del aula se ha ido degradando paulatinamente con el tiempo. En otros momentos de la historia, las aulas tenían la forma de hemiciclo. El hemiciclo focaliza también la figura del profesor pero, a diferencia de las actuales salas, permitía que los estudiantes se vieran las caras. Y si se veían la cara era porque estaba previsto que pudieran hacer aportaciones a la sesión y que no fueran únicamente seres pasivos a la escucha.

Por lo tanto el aula es la metáfora de un cierto tipo de aprendizaje.

Por su parte, los sistemas de formación virtual han sido capaces de romper la tiranía del espacio y del tiempo pero no han modificado la metáfora del aula. Los sistemas de formación y aprendizaje virtual han permitido que el proceso de aprendizaje no se vea constreñido por las variables que también limitan nuestra vida: un espacio determinado en el que nos movemos y un tiempo que se nos ha dado para vivir. Cuando llevamos esta analogía a la formación nos encontramos con que el espacio preferente, o casi siempre único, de la relación entre el docente y los estudiantes es una habitación amplia que llamamos aula. Y que el tiempo que le podemos dedicar a esta relación es lo que hemos dado en llamar tiempo de clase. El tiempo de clase tiene la duración de una conferencia típica, entre 45 y 90 minutos.  El aula viene determinada por esta doble constricción de espacio y de tiempo que los sistemas virtuales de formación tienen la posibilidad de franquear. No obstante, no todos lo hacen.

Y, en cualquier caso, lo que parece que han perpetuado la mayoría de los sistemas de formación presencial y virtual es la propia metáfora del aula. El aula es el origen del aprendizaje. Esa metáfora limitadora no ha sido superada por visiones más flexibles y adecuadas a las necesidades de los nuevos públicos del siglo xxi. El aula, ese invento que permitió cambiar la sociedad medieval por una sociedad que caminaba decidida hacia un nuevo modelo industrializador, se ha convertido en una jaula en la sociedad de la información.

Además, la formación a lo largo de la vida, ese lema que hace que el mundo sea radicalmente distinto a como ha sido en los últimos veinticinco siglos, convierte a los estudiantes en un público más exigente. La inadecuación de los sistemas de aprendizaje de niños y jóvenes, y el deterioro de la figura del profesor como pantocrátor de la clase (ego sum lux mundi) provoca que en la actualidad si un niño no se interesa por lo que sucede en el aula, hable y se despiste. Y, como resultado final, teniendo en cuenta que, por fin, se ha democratizado el aprendizaje y que llega a la totalidad de la población infantil y juvenil, provoque que el fracaso escolar alcance a una quinta parte de los estudiantes en España.

Si los resultados son, como mínimo, síntomas de lo que sucede, estos datos tendrían que convertirse en elementos reveladores de la nueva realidad formativa.

Por otro lado, la exigencia de los adultos que se forman a lo largo de la vida también aumenta. Hacer creer a un adulto que tiene la capacidad de aprender todos los días a través de los medios de comunicación existentes –los tradicionales y las aplicaciones utilizadas en el medio Internet (páginas webs, buscadores, portales, redes sociales, blogs, etc.)–, hacerle creer, digo, que el aprendizaje pasa por una forma fosilizada de relación que reproducen los centros formativos y que hemos analizado en los párrafos anteriores es engañarlo. Y el estudiante adulto detecta el engaño. No se interesa. Y se queja. Esta nueva realidad ha impulsado a Roger Schank, director del Institute for the Learning Sciences en la Universidad de Northwestern, a exclamar que la gente “odia la formación” (“people hate training”).

La universidad de hace diez siglos da sus últimos estertores. Como una carpa fuera del aula boquea, se retuerce y se asfixia. Muchos estudiantes boquean, se retuercen y se asfixian. El milagro de la formación a lo largo de la vida sólo será posible cuando los sistemas de aprendizaje se aproximen a la vida. El milagro de una sociedad del conocimiento sólo será posible cuando cortemos los barrotes que nos confinan en las jaulas universitarias.

Y para eso es necesario que todos los agentes implicados en los procesos de formación se desprendan del único papel que han desempeñado durante siglos y puedan intercambiarse los papeles. Los profesores no sólo tienen que hablar y pontificar; los estudiantes no sólo tienen que escuchar y apuntar, y los libros no son el único cordón umbilical que une a unos y otros cuando unos y otros no pueden encontrarse en el aula. Como indica Jan Parker, profesora de la Open University, en una obra que compiló el profesor Ronald Barnett, del Institute of Education de la Universidad de Londres: “Un modelo de conocimiento desarrollado en colaboración con los demás y a través de la representación acaba con la división entre académico, investigador y profesor, ya que todos se convierten en ‘actores’”.

Podría concluir este diagnóstico de lo que perderemos con el cambio diciendo que hemos convertido una vía posible de desarrollar procesos de aprendizaje en la única vía de acceso al conocimiento a través de una persona que guía. Y no siempre la realidad siguió esos derroteros. Como apunta la profesora Parker, en la Grecia clásica era alrededor del teatro donde se generaba la educación superior. Se trataba de un lugar en el que los ciudadanos, “individual y colectivamente, podían reafirmar su identidad y su lugar en el mundo. Se trataba de un espacio protegido y temporal para experiencias alternativas y ajenas, en que podían revisarse y tal vez replantearse las normas y las creencias”. Después el aula lo invadió todo. Después los compartimientos de conocimiento que conocemos como asignaturas se convirtieron en la única manera de acceder al conocimiento y las explicaciones del profesor, durante un tiempo que varía entre los 40 y los 90 minutos, en la única manera de aprender.

Pero hay que despertar.

Aprendizajes singulares

Los primeros síntomas del cambio ya se han producido. Y sean cuáles sean esos cambios lo que indican es que vamos a pasar de un tipo de aprendizaje homogéneo y unificado a una constelación de modelos de aprendizaje. Pasaremos del “todos lo hacemos igual” al “vamos a singularizar nuestro modelo de aprendizaje”.

Decía que los primeros cambios ya se detectan por todo el mundo. Lourdes Guardia y Christine Appel, profesoras y compañeras mías en la Universitat Oberta de Catalunya, desarrollaron un trabajo durante los últimos dos años con expertos de todo el mundo para averiguar cuáles eran las innovaciones que se avecinaban en el aprendizaje. Su informe final es extenso e interesante pero, a título de resumen, podría decir que la conclusión más importante que se desgaja de ese trabajo académico es que los centros de formación van a tener que decidir qué modelo de aprendizaje van a desarrollar, lo que les va a permitir mostrar sus diferencias a los futuros estudiantes.

Entramos, pues, en la era de las singularidades educativas: de las escuelas singulares y de las universidades singulares. A los que no cambien, el camino que les queda por recorrer puede ser corto… Y si no es corto, seguro que será árido. En cambio, los más rápidos ya están cambiando. Entre las universidades ya se empiezan a identificar algunas tendencias que marcan ciertas singularidades. Hay universidades que se han centrado en hacer más eficientes los costes en tiempo y dinero para los estudiantes. En relación con esto, hace pocos días aparecía en la prensa la noticia que universidades inglesas van a permitir a sus estudiantes completar un grado de cuatro años en solo dos. El misterio para esta singularidad está en que estas universidades tendrán abierto todo el año y no sólo la mitad de los meses como suele ser habitual. Hay universidades que se han centrado en formar a ciudadanos globales (múltiples lenguas y múltiples culturas), otras en formar mientras los estudiantes crean su propia empresa, otras que solo evalúan en grupo (nunca a un individuo solo, puesto que los trabajos requieren grupos de personas orientados a un objetivo), otras que se atreven con ámbitos del conocimiento que hoy apenas existen y otras que proporcionan microcursos que los estudiantes va acumulando como si fueran piezas de lego en función del perfil que quieren crearse ellos mismos. Ah, claro, y también están las universidades de elite (los mejores profesores y los mejores estudiantes que pagan los precios más caros).

Este es el dibujo que me sale hoy. Mañana por la mañana esto habrá cambiado. Estén atentos.


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