Dominio público

Opinión a fondo

El 15-M, un presente continuo

05 Ago 2017
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Pedro Oliver Olmo
Profesor de Historia Contemporánea en la UCLM

Habían pasado cuatro décadas largas, pero lo que ocurría en el Madrid de mayo de 2011 recordaba algo al París de 1968. Un aire antiguo de poética revolucionaria soplaba en un imaginario nuevo de prácticas comunitarias y democráticas. Inevitablemente se hicieron comparaciones, entre aquella “revolución francesa” no tan lejana (de estudiantes enfrentados a la modernidad tardía, a sus alienaciones y paradojas) y esta “revolución española” posmoderna (de jóvenes indignados con el sueño de la globalización y la pesadilla de sus restricciones). Del 68 quedará la representación de la violencia callejera; del 15-M, la iconografía de la desobediencia civil en las plazas. Pero ambas fueron insurrecciones de la palabra, en asambleas repletas de gente, en debates rebosantes de ideas sobre el cambio social y político, mientras que las izquierdas o estaban enfrente o estorbaban o en el mejor de los casos tenían que aceptar el papel de convidados de piedra. Ni el 68 ni el 15-M son consecuencias del cambio histórico. Son el cambio histórico.

En junio de 1968, con el triunfo electoral de De Gaulle, la revolución se cerraba como acontecimiento y se abría como proceso. Entonces empezaba a correr el tiempo largo de Mayo del 68, componente fundamental de los cambios sociales y culturales que han configurado nuestro presente. Eso mismo se puede decir de junio de 2011. Cuando se desmantelaron las más de 400 acampadas bajo el lema “no nos vamos, nos expandimos”, el 15-M dejó de ser un hito de la movilización contemporánea en España y pasó a ser un proceso de movilización en varios sentidos: constituyendo un nuevo movimiento ciudadano asambleario, desatando un nuevo ciclo de protesta social y laboral y creando un nuevo clima político.

Su alma más libertaria, en efecto, se expandió, en asambleas ciudadanas, en acciones o campañas puntuales, en publicaciones o investigaciones y en comisiones de trabajo. El espíritu más protestatario del 15-M desencadenó e inspiró un ciclo de movilización que, entre el verano de 2011 y la primavera de 2014, pondría palos en la rueda a un PP que pretendía avanzar mucho más allá de lo que lo hizo con las políticas de austeridad, recortes y privatizaciones. Con un PSOE noqueado y unos sindicatos de izquierda cuestionados, la mayoría absoluta del PP se tuvo que enfrentar a una gran movilización, la mayor desde los tiempos de la Transición. El repertorio de acciones, las formas de participación y los mensajes nacidos del 15-M se dejaron sentir en concentraciones y marchas multitudinarias que llevaron el descontento ciudadano hasta las puertas de las instituciones y las entidades financieras. La impronta quincemayista afloraba en las Mareas y en las concentraciones desobedientes que paraban los desahucios, pero también en protestas obreras y estudiantiles y, por supuesto, en las acciones antirrepresivas subsiguientes, pues el PP, con un inmenso poder institucional, se enfrentó a la indignación ciudadana a base de “burorrepresión”, con las multas que fijaba la Ley Corcuera, finalmente reconvertida en Ley Mordaza.

De todas formas, lo que más ha llamado la atención acerca de la influencia del 15-M en el cambio histórico ha sido su evidente relación con la creación de un nuevo clima político (hasta el PSOE, de quien sus enemigos dicen que se ha podemizado, en realidad se ha quincemayizado un poco, aunque sólo sea un poco). Este reflejo histórico de la insurrección desobediente de 2011 es lo que más brilla en el presente, al menos a la luz de la política espectáculo, y lo que más controversia provoca, precisamente, porque el 15-M sigue vivo y aún crea expectativas. Es un presente continuo.

En 2014 el ciclo de movilización amainaba, entre otras razones, por el agotamiento del activismo ante un gobierno que se encerrizaba como ningún otro de los de antes desde las épocas lejanas de la UCD, incluyendo los de las mayorías absolutas de González y Aznar (Manuel Castell dixit); y porque, todo hay que decirlo, mucha gente depositó sus esperanzas de cambio en la vía electoral e institucional. Lo cierto es que el sistema de representación política, tan erosionado por las cargas críticas del 15-M, quedó al albur de un ciclo de sacudidas electorales que fueron resquebrajando el bipartidismo hasta romperlo.

¿El alma regeneracionista del 15-M que se invoca para promover una nueva política partidista choca con el alma insumisa de la desobediencia en las plazas? El 15-M nació diverso, ligero, adanista y paradójico; no debe extrañarnos que en su nombre choquen una y otra vez las subjetividades y las estrategias, ahora también las memorias que se van construyendo. Si en mayo o junio de 2011 alguien hubiera ido a las asambleas a ofrecer como instrumento de cambio la creación de Podemos, no hubiera cosechado muchas adhesiones. Eso llegaría tres años más tarde y desde la periferia del ámbito referencial del 15-M como movimiento ciudadano que proseguía su actividad, y lo cierto es que desencadenó un ciclo de movilización electoral que liga al 15-M con la emergencia del municipalismo alternativo y, en fin, con el “fenómeno Podemos”. Ese ciclo sigue su curso, pero a lomos de un gran desencanto.

El 15-M habría abierto un proceso “destituyente” del sistema político de representación que, más tarde, Podemos aceleró, paradójicamente, con herramientas y dinámicas propias del viejo sistema, atajos que obviaban que el 15-M iba despacio porque quería llegar muy lejos. Al cabo de tres años, lo viejo sigue constituido y aún poderoso. Y en el atajo del asalto institucional han quedado soterradas energías movilizadoras que, a buen seguro, todas las almas del 15-M que siguen vivas y coleando estarán echando de menos.


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