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Opinión a fondo

Primer reto electoral de Macri: la clase es el mensaje

12 Ago 2017
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Javier Franzé
Profesor de Teoría Política, Universidad Complutense de Madrid

El domingo se vota en la Argentina. El gobierno de Macri afronta su primer reto importante. El epicentro de la votación estará en la provincia de Buenos Aires, donde la expresidente Cristina Kirchner “compite” con Esteban Bullrich, candidato de Macri, por una banca en el Senado.

Decimos “compite” porque el domingo no se eligen parlamentarios. Eso será en octubre, cuando se renueve casi la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio de la de Senadores. Este domingo se elige a los que serán candidatos en octubre. Ello se hace a través de una interna en cada partido entre sus varios precandidatos. La elección del domingo sirve también para descartar a los partidos que (sumando los votos de todos sus precandidatos, si los hubiera) no lleguen al 1,5 % de los votos.

Este sistema se pensó como solución para la crisis de representación que se manifestó con la debacle de 2001. Se implementó en 2011 y se denomina Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO). Busca democratizar los partidos y abrirlos a la sociedad, al “obligarlos” a hacer internas permitiendo que no sólo sus militantes sino también la ciudadanía participe en ellas. Cada ciudadano vota a un único precandidato o lista partidaria, por lo que el resultado sirve de aproximación a la elección real que será el próximo 22 de octubre.

De ahí la importancia del resultado en la provincia de Buenos Aires (donde vive el 40% de la población del país) por encima incluso de los números en el nivel nacional. Y esto porque la disputa política central sigue siendo entre el kirchnerismo y el anti-kirchnerismo, encarnado en Macri. Éste busca asociar al kirchnerismo a la corrupción y el despilfarro populista, mientras que la estrategia de Kirchner es judicializar la responsabilidad política por la corrupción y presentarse como garantía de justicia social contra el neoliberalismo gubernamental.

El gobierno no ha logrado en casi dos años de gestión mejorar ningún dato macroeconómico, ni la vida de la gente común. Más aún, desde su llegada, la inflación (mostrada en su momento como el síntoma del despilfarro populista) ha aumentado; las tarifas de gas, luz y agua han crecido exponencialmente, llevando a la caída del consumo interno y al cierre de numerosos comercios y pequeñas empresas, así como al despido masivo de trabajadores. Sólo los más ricos y poderosos se han beneficiado de la gestión de Macri.

El gobierno, imposibilitado de disimular estos números (su principal asesor electoral ha recomendado a los candidatos de Macri no hablar de economía en la campaña) argumenta que “había que sincerar la economía” (un modo impensado de afirmar que capitalismo y bienestar popular no son compatibles), que la recuperación es incipiente y que ya llegará al conjunto de los argentinos. Mientras, junto con los medios hegemónicos, revitaliza al kirchnerismo al hablar continuamente de Cristina Kirchner y de su gobierno, a fin de presentarlo exclusivamente como una experiencia de corrupción generalizada. El domingo comenzará a verse si esta estrategia le ha sido beneficiosa. Y si un triunfo de Kirchner será suficiente para darle proyección nacional para las presidenciales de 2019 o si, por el contrario, generará un efecto bumerán que aglutine el voto anti-K en octubre. En materia de corrupción y de derechos humanos el macrismo tampoco puede mostrar méritos: basta con nombrar los Panamá Papers, en los que figura Macri, y a Milagro Sala, líder social jujeña encarcelada a poco de asumir el gobierno. Los organismos internacionales de derechos humanos reclaman a Macri su liberación.

En este contexto, lo más sonado de la campaña han sido las declaraciones de Bullrich, que como se ha dicho “compite” con Kirchner en la provincia de Buenos Aires.

El martes 8 dijo que “El camino que hemos emprendido [por el gobierno nacional] todos los días tiene un metro más de asfalto, una sala nueva, un pibe más preso”. Una semana antes había intentado vincular la lucha contra los femicidios y su oposición personal al aborto sosteniendo que “Ni Una Menos [por el movimiento contra la violencia machista] es también que si hay una beba adentro [SIC] [por el cuerpo de la mujer embarazada], Ni Una Menos porque también la estás matando”.

Fuera de campaña, en marzo de este año Bullrich visitó con el presidente Macri la casa de Anna Frank, donde dijo “ella [por Ana Frank] tenía sueños, sabía lo que quería, escribía sobre lo que quería y esos sueños quedaron truncos, en gran parte por una dirigencia que no fue capaz de unir y llevar paz a un mundo que promovía la intolerancia”, Ya en octubre de 2016, siendo Ministro de Educación nacional, indicó que la pobreza “no se va a cambiar con planes sociales: a ese pibe le podés dar un plan social, pero esa plata la va a usar para comprar balas”. Un mes antes, había dicho que “esta es la nueva Campaña del Desierto [por la campaña militar de 1878 en la que el Estado argentino se apropió violentamente de las tierras de mapuches, ranqueles y tehuelches], pero sin espadas, con educación”.

Hay más ejemplos, pero éstos bastan. Lo llamativo fue que los grandes medios oficialistas nacionales e internacionales y también los pequeños medios opositores hablaron de “bloopers” o “meteduras de pata” del ex ministro. Sin embargo, ninguna de esas expresiones supone un contrasentido ni un desvarío en el contexto de su discurso. Por el contrario, son consistentes y coherentes dentro de ese marco de sentido. Tampoco son incongruentes con la acción del gobierno. Su lógica es la de la indiferencia respecto del sufrimiento y el dolor ajenos, la trivialización del daño; en definitiva: la representación del otro como medio y no como fin en sí. Con todo, lo específico es cómo se expresa esta insensibilidad: siempre de modo impasible, atildado, con buen tono, con pulcritud y grácil aliño indumentario. Sin altisonancia ni ceño fruncido. En un discurso a través del cual habla “lo serio”, “el que sabe”, que es el modo que tiene la elite tradicional de ventilar su odio de clase mientras dice combatir “la polarización política” y promover “la unión nacional”.

El contraste entre la ferocidad verbal y la circunspección gestual alerta sobre  dónde y cómo habita violencia. Si algo ha caracterizado al gobierno de Macri es precisamente la capacidad de profundizar la desigualdad social y la indiferencia por el dolor de los demás con esa neutralidad y condescendencia de patrón paternal o de gerente de Recursos Humanos. Esto es lo que tiene para ofrecer el macrismo a quienes no son de su clase: la promesa de adscripción a una clase a la que no se pertenece como compensación imaginaria del sacrificio personal permanente. El domingo se verá qué capacidad conserva esta oferta de ejercer fascinación sobre sus damnificados.


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