Dominio público

Opinión a fondo

En defensa de la “nación de naciones”

23 Ago 2017
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Israel Sanmartín
Profesor del Departamento de Historia. Universidade de Santiago de Compostela

Uno de los debates más atribulados de los últimos tiempos en España está relacionado con el significado y la interpretación del concepto de “nación”. Con un propósito de orden, vamos a realizar un aclarado de la discusión situando los diferentes planos de la disputa asociados a sus simas ideológicas.  Comenzando este ejercicio, tenemos un debate político atascado en razonar todos los elementos que constituyen los prerrequisitos para definir una nación, ya sean culturales, políticos, cartográficos, históricos o todos a la vez. Esta búsqueda está sostenida en una disputa ideológica en el que se cruzan dicotomías, como la de “nacionalismo español frente a nacionalismo periférico” o la de las “relaciones entre izquierda-derecha y nacionalismo”. Especialmente virulentos han sido los argumentos presentando como una anomalía los parentescos entre nacionalismo e izquierda, cuando ambos han sido socios preferentes a lo largo de la historia en la liberación de pueblos y en la lucha performativa contra la opresión y la coerción. En base a estas perspectivas, anida una controversia más de fondo según la cual la nación sería: a) un instrumento de la ideología nacionalista para constituir un “estado-nación”; b) un artefacto político que encarnaría la continuación teleológica de otro concepto más arcaico denominado “pueblo”; c) una comunidad “imaginada” o una “invención” colectiva; y d) un dispositivo de liberación nacional.

En la búsqueda de la acotación del “sujeto colectivo” llamado nación, también tenemos un debate normativo. Aquí habría un “pecado original” que sería la interpretación de la idea de “nación” en la Constitución española de 1978. Así, algunos exégetas equiparan “nación” a “Estado” y la “indivisibilidad” de la misma con una  rigidez y monolitismo innegociables. Por el contrario, podemos concebir que la existencia de una “indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles” es compatible con que podamos acceder a una idea de nación compartida y en “franjas”. Nada en esencia es puro y tan rígido, y menos lo normativo. Además, los estados modernos están conformados por dos elementos seminales, la “nación” y el “Estado”. Y de ese tándem germina lo que conocemos como “historia contemporánea”, es decir, el mundo en el que vivimos. Por lo tanto, retorcer la función de ambos conceptos de forma interesada y con connotaciones alejadas del bien común es parte de uno de los problemas. A estas dificultades se le ha sumado la cuestión de la soberanía nacional, que también se nos presenta como residente únicamente en un pueblo español excluyente, donde no figuran gallegos, vascos o catalanes. La soberanía no se ve coartada por su fragmentación, sino enriquecida por la misma. Por tanto, su unidad deriva de su pluralidad.

Para desenredar este nudo, tenemos que recurrir a otro de los costados del debate, que es el histórico. La adecuación de las naciones y Estados se produce en el siglo XIX y supone el germen de los estados-nación. En esta realidad, las naciones edifican un entramado administrativo que sería el Estado, que ejerce como un instrumento visible que le permite a la nación funcionar políticamente y crear un “espacio público”. Pero en ese proceso surgen naciones que no logran crear un Estado (País Vasco, Galicia o Cataluña) y Estados que se fabrican sin nación (Yugoslavia, URSS y para algunos España). Es por ello que en las llamadas “comunidades históricas” nos tropezamos desde hace décadas ante un continuo “neorromanticismo” que busca encontrar las justificaciones para lograr lo que no pudieron alcanzar en el siglo XIX. De ahí surge un interés especial por la edad media, como en aquel entonces, para justificar su sentido de la historia, creando y recuperando nuevas memorias e historias que devienen en oficiales (o no).

Hasta aquí los debates político, normativo e histórico, de los que resolvemos que podemos hablar de diferentes naciones que buscan aparearse con nuevos Estados y explorar nuevos marcos jurídicos y políticos. En consecuencia, de los debates devenimos que puede funcionar la idea de “nación de naciones”, pese a que en España se han tomado posicionamientos excluyentes para defender los entendimientos opuestos de nación, ya sean para salvaguardar una nación única española, para refrendar el estado de las Autonomías o para promocionar nuevas realidades nacionales. En esa diversidad de posturas, ¿por qué puede ser útil el concepto de “nación de naciones”?

Primero, porque permite una definición muy adecuada de la situación actual sin repuchamientos. Nos encontramos con que existe una nación española desarrollada desde hace siglos, pero en paralelo a ella se han ido desplegando otras realidades nacionales perfectamente delimitadas y concretas, al menos en Galicia, País Vasco y Cataluña. Es decir, no es incompatible que exista una nación española que a la vez contenga “a sus lados” o “debajo” de ella naciones adyacentes que han sido realizadas en el tiempo. Y aquí no caben neologismos. No es una nación cultural basada en un “nacionalismo cultural”; se trata de una nación política “realmente existente” refrendada ya en su desarrollo Autonómico. Con lo cual no brota una “nación cultural” separada de una nación política, sino que prevalece una nación entendida en diferentes estratos. El intento de “rebajar” las naciones “periféricas” enviándolas al zaquizamí cultural es una muestra más del desprecio a esa categoría que se despacha frívolamente como una cenicienta teórica.

Segundo, porque se trata de una serie de naciones que se articulan alrededor de lo que se ha denominado “nación española” y de la “soberanía nacional española”, que son fragmentadas, disímiles, complejas, dialógicas y poliédricas. De tal forma, la “nación de naciones” nos ayuda a proferir más concretamente el Estado que está sustentando en la “plurinación”. Es, decir, existe un Estado español pero también existen unos “Estados” gallego, vasco y catalán, y, por supuesto de las otras Comunidades Autónomas, que funcionan como “casi” Estados.

Tercero, el concepto de “nación de naciones” no es incompatible con la legalidad ni con la realidad presente. Ser una nación no implica ser un Estado. Y ser un Estado en el sentido que lo son Galicia, País Vasco o Cataluña no es incompatible con la norma, ni si quiera si lo fueran un poco más.

Como hemos visto, podemos llamar nación a Galicia o Cataluña desde el ámbito político, legal o histórico. Las naciones son disímiles y su objetivo es lograr teleológicamente un estado independiente.  Y esto es lo que está ahora en discusión. Veamos. ¿Puede una nación con su “Estado” actual “desatarse” del resto de las naciones que conforman España? Frente a esta pregunta hemos coleccionado al menos tres respuestas de vértices tanto políticos como normativos: a) sí; b) no; c) puede discutirse o preguntarse. Y aquí llegamos al referéndum catalán. ¿Es una proposición legal o política?  Si es legal, ¿tendría discusión y resolución sólo desde ese ámbito? Y si es política, ¿podemos reconsiderar todas las normas a partir de opiniones maximalistas?, y aún más, ¿debemos de replantearnos las relaciones entre estado de derecho, ley y democracia? Y recurriendo a los fundamentos teóricos de nuestra sociedad, qué pasa con la libertad y la igualdad, ¿los situamos en la política, en la legalidad o en ambas? Esta es una vieja polémica. Los historiadores pertenecientes a la “Legal history” pensaban que el estudio de las sociedades pasadas se podía realizar únicamente a partir de las leyes, puesto que se legislaba desde una realidad empírica “objetiva”. Sin duda, es una creencia excesivamente normativista que nos traslada a preguntarnos si el derecho refleja los problemas de la sociedad o si se crea ésta a partir del derecho.

Por tanto, el concepto de “nación de naciones” tiene un sentido práctico que nos permite ser críticos con el actual “Estado de las Autonomías” y a la vez nos proporciona la posibilidad de sondear un nuevo marco de convivencia legal y político que excluye las posturas extremas de “indivisibilidad/ruptura”, “política/legalidad” o “nación/naciones” en la que se encuentra el debate. El concepto de “nación de naciones” es una oportunidad, además, para cerciorar que la pertenencia a una nación se puede entender en estratos y con jerarquías de geometría variable. Y también es una ocasión para pensar una soberanía compartida por todas las naciones que constituyen la nación española sin ningún peligro de ruptura. Esto se puede lograr acotando bien los objetivos e intentar partir de la realidad existente mirando al pasado.

En este momento del debate que se ha denominado “postnacional” nos hemos olvidado de la identidad, que también se puede entender en “capas” y que nos han hecho creer que está asociada únicamente al territorio. ¿Por qué no repensar la identidad a partir de valores o de ideas?  Ese ejercicio implicaría “decolonizar” el propio concepto de nación, asociado tradicionalmente a la modernidad, al capitalismo, al nacionalismo, al colonialismo, a la identidad y al sistema de creencias de referencia.  Tomando esto en cuenta tendríamos muchos menos problemas para utilizar el concepto de” nación de naciones” ya seamos de izquierdas, de derechas, populistas o nacionalistas. En ese escenario estaríamos en óptimas condiciones de madurar una realidad “pluriversal”, “plurinacional” y en la que no faltaría un edecán importante para ellas, que sería su componente dialógico.


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