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Opinión a fondo

Santiago Maldonado, o cómo el corazón de las víctimas deja de latir (en mitad de un silencio ensordecedor)

01 Sep 2017
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Juan M Pericàs
Médico e investigador

Un días más con vida es el título de un libro que Ryszard Kapu?ci?ski escribió en 1976, el año en que se instauró en Argentina la dictadura de Jorge Rafael Videla. También es el leitmotiv al que se aferran los familiares y amigos de Santiago Maldonado, desaparecido desde el 1 de agosto. Sin embargo, los antecedentes no mueven al optimismo del pueblo argentino, cuya memoria sangra de nuevo desde hace un mes.

Nunca más. Estas dos palabras sellaron el informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) que el entonces Presidente de la Argentina, Raúl Alfonsín, encargó en 1983. El repudio al terrorismo de Estado, que había asolado al país durante más de seis años, se encarnó en movilizaciones multitudinarias que coreaban dicha proclama. Más de 30.000 personas desaparecidas mediante métodos tan expeditivos como los vuelos de la muerte (personas arrojadas vivas desde aviones sobre el Río de la Plata), a los que hay que añadir todos aquellos niños nacidos en cautiverio y secuestrados por los milicos. Hijos a los que las Madres (después Abuelas) de Plaza de Mayo llevan cuarenta años buscando. Nunca más.

Sí, ha habido una desaparición forzosa en democracia. Santiago Maldonado, veintiocho años, viajó desde su casa en El Bolsón a Chubut, provincia sureña, para apoyar, con su presencia solidaria, a la comunidad mapuche en lof Cushamen, que defiende su tierra de los intereses depredadores de multinacionales como Benetton y de la oligarquía terrateniente, institucionalizada en la Sociedad Rural. El primero de agosto, un operativo de más de cien agentes de la Gendarmería Nacional irrumpió en la comunidad, llevando a cabo un despliegue represivo de gran intensidad. Desde entonces, nadie ha visto a Santiago. Diversos testigos declararon ante el juez (una vez se les garantizó el anonimato; el miedo al Estado es un atavismo difícil de erradicar en la Argentina, y más a la luz de los hechos) haberlo visto por última vez siendo golpeado y detenido por gendarmes. Las denuncias han ido in crescendo, alcanzando su cénit en una concentración masiva que abarrotó la Plaza de Mayo el viernes 11 de agosto. Múltiples personalidades del cine, la prensa y el arte solicitaron la aparición con vida de Santiago y animaron a participar en la concentración. Poco después, la prensa internacional difundía la noticia de la desaparición y en diversas ciudades se sucedían concentraciones de denuncia mientras las redes sociales de todo el mundo se hacía eco de la ausencia de Santiago.

Sin embargo, durante casi dos semanas el Gobierno argentino no dio carácter oficial a la desaparición, por lo que no se inició investigación judicial alguna, mientras la Ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, eximía a la Gendarmería de toda responsabilidad y tildaba la desaparición de “construcción”. Llegó a afirmar que la comunidad mapuche planea declarar una “república mapuche independiente” y que está fuertemente armada, aserto harto disparatado y carente de cualquier indicio que lo sustente. La prensa de la derecha, encabezada por Clarín y La Nación, copando el espectro mediático, o bien obvió los reclamos de la población para que Santiago fuera buscado y encontrado con vida, dando por buena la versión del Gobierno según la cual “alguien lo ha visto con vida por ahí”, o bien invisibilizó las movilizaciones y se centró en los “graves incidentes”, que se limitaron a la quema de una bandera argentina en El Bolsón; sin duda un grito de desesperación frente a un Estado represor que se hace el sordo en un país de amantes de su bandera.

A día de hoy el Gobierno sigue afirmando que “no hay nadie que pueda demostrar fehacientemente que (Maldonado) estuvo en esa protesta”, en palabras del secretario de Derechos humanos, dado que las declaraciones de los testigos “no tienen fuerza concreta de testimonio” porque quienes la hicieron “se negaron” a dar su identidad. Una retórica que recuerda a la de las autoridades durante la dictadura cuando los familiares de los desaparecidos preguntaban por ellos.

Si el Gobierno hizo caso omiso durante dos largas semanas de las voces que clamaban por la aparición de Santiago desde todos los rincones del mundo no fue por simple incompetencia. El domingo 13 iban a tener lugar las elecciones primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO). Cita electoral, parte de la compleja infraestructura que configura la entelequia autoerigida como “normalidad democrática”, una normalidad que en esta ocasión incluyó una retención, todo indica que por orden del Ministerio de Interior, de los resultados de la provincia de Buenos Aires donde se esperaba que la ex mandataria Cristina Fernández de Kirchner (CFK) saldría victoriosa frente al candidato de Cambiemos, precisamente el aciago Esteban Bullrich, sobrino de la citada Ministra, cuya campaña electoral culminó manifestando la satisfacción que le produce que “todos los días haya un pibe más preso”.

A priori, retrasar selectivamente (en tiempo y espacio) el recuento y la emisión de los resultados no debería tener mayores consecuencias. No es así: los resultados definitivos, según el Gobierno, se harían públicos diez días después de los comicios. Finalmente, esta semana se confirmó que CFK había ganado los comicios en Provincia de Buenos Aires. Mientras tanto, Cambiemos celebró su (provisional) victoria en el momento de mayor rating televisivo el mismo día de las PASO. Diecisiete días dan para mucho en la construcción mediática de la verdad y, aunque el voto a Cambiemos ha caído de forma importante a lo largo del país y han salido derrotados frente a CFK en la provincia más importante, el impacto en la consciencia del votante medio del declive del oficialismo y el resurgir político de la ex Presidenta se diluyó por momentos en un país en que la mayor parte de la población lucha literalmente por seguir un día más con vida bajo el influjo de un monopolio mediático que apoya al partido en el poder. Un sistema de silenciamiento que ha engullido también la desaparición de Santiago Maldonado. Al respecto, no puede dejar de sorprendernos, en este caso por su inadecuación para describir la actualidad, lo que escribió nuestro reportero polaco a propósito del potencial movilizador y despertador de conciencias de la televisión:

“La televisión ha contribuido en gran medida a la caída del Imperio. Sólo por el hecho de mostrar a los líderes como hombres normales, porque cualquiera ha podido verlos de cerca, contemplar cómo se pelean y se ponen nerviosos, cómo sudan y se equivocan, cómo ganan, pero también cómo pierden, por el mero hecho de descorrer la cortina y dejar al pueblo entrar en los salones más importantes y más exclusivos, ha desencadenado el liberador proceso de la desacralización del poder” (ibídem, p. 341).

No, de normalidad nada, y mucho menos democrática. Las urnas se llenaron en Argentina en mitad de un silencio ensordecedor generado por el Estado y los grandes medios. Las urnas no se llenaron en el país de la “revolución de la alegría”, sino en un país conmovido por el recuerdo de haber sufrido una de las dictaduras más cruentas del Cono Sur, pieza clave de la Operación Cóndor, así como las urnas se llenaron también hace poco más de un mes en Venezuela, donde al parecer hay una “dictadura” que amerita de nuevo una intervención militar capitaneada por el Tío Sam, mientras en Brasil gobierna Temer de forma ilegítima y el cerco se cierra sobre Ecuador o Bolivia. Las urnas, el silencio y las reglas de siempre cuando los autoproclamados dueños de la tierra se cansan de “desvíos” populares.

La banalización y el espectáculo tratan de eliminar el pasado y construir un futuro de fantasía, mientras la atención se concentra en las inclemencias de un presente que se pretende sin salida. Pero lo cierto, pese a la impostura, es que las urnas se llenaron mientras una gran parte del país estaba paralizada por un temor profundo a la repetición de la barbarie a manos del Estado. Las urnas se llenaron y la historia se vacío mientras el corazón de las víctimas, las de ayer, hoy y mañana, deja de latir durante segundos eternos en los que se evoca con espanto un pasado atroz. Las urnas se llenaron mientras la dignidad de las víctimas se mancillaba de nuevo.

Así como el Coronel Aureliano Buendía recordó frente al pelotón de fusilamiento aquella remota tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo, frente a la ausencia de Santiago los argentinos no podrán olvidar nunca la frustración inconmensurable de sentir que sus seres queridos son “desaparecidos”. Imagínense que los suyos, de la noche a la mañana, dejan de existir sin dejar rastro y el Estado que en teoría los ampara se lava las manos llenas de sangre. No hay un cuerpo que llorar, no hay una causa que iniciar, no hay verdugos con nombres y apellidos. El Estado reprime y escarmienta a su voluntad. Se le niega a la víctima la dignidad de una muerte con propósito, se les arrebatan los hijos, que se educarán bajo la égida del verdugo. Mucha lucha, infinita sangre derramada, pero será cuando los “tiempos modernos” y la geopolítica así lo determinen que llegarán los acuerdos diplomáticos para entrar en democracia, que escribirán con tinta traicionera los nuevos libros de historia. Después, los medios de desinformación masiva rematarán la faena. Imagínense que de 1939 y las cunetas no hubieran pasado casi ochenta años, una dictadura de cuarenta y una transición de paños calientes que convirtió a fascistas en demócratas de la noche a la mañana, sino apenas tres décadas. Es decir: si los desaparecidos fueran nuestros padres, hermanas, amigas, primos e hijas.

Nunca más. Aparición con vida de Santiago Maldonado ya.


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