Dominio público

Opinión a fondo

La guerra del goce

09 Sep 2017
Compartir: facebook twitter meneame
Comentarios

Claudio Zulian
Cineasta y artista @claudiozulian1

Un hombre armado entra en un cine y mata a doce personas. ¿Un atentado terrorista? No. La policía lo descartó desde el primer momento. Cabe, sin embargo, preguntarnos porqué se pudo dudar de que la matanza perpetrada por un enloquecido fan de Batman en un cine de Denver, el 20 de julio de 2012, fuera un atentado terrorista. Una pregunta que se repite cada vez que hay alguno de esos asesinatos indiscriminados en Estados Unidos (ha habido más de 50 desde el año 2000).

La respuesta es que la manera de actuar (una o más personas dispuestas a matar y a morir que perpetran su acción en un lugar de pacíficas actividades cotidianas) y el resultado (la muerte de inocentes escogidos al azar), es común a las dos formas de violencia. En el caso de Denver, además, se trataba del día del estreno mundial de la película, por lo que la resonancia mediática global del gesto estaba asegurada. Un deseo de notoriedad que es también común a los terroristas.

En el atentado de Barcelona, en los primeros momentos, se dio la situación inversa: no se sabía a ciencia cierta si el atropello masivo era un atentado u obra de un “loco”. Las características eran las mismas: asesinatos indiscriminados en un lugar de ocio mundialmente conocido (asegurando de este modo la repercusión mediática). Si estos actos necesitan, como vemos, una reivindicación o una información posterior para poder ser interpretados, es entonces legítimo preguntarnos sobre lo que tienen en común.

Es lo que ha empezado a sugerir en este mismo diario, Gemma Galdon Clavell, que titulaba sugestivamente su artículo: 17 A: entre Isis y Columbine. En él, la autora constata que la  juventud y la relativa integración social y cultural de los jóvenes terroristas de Barcelona pone sobre la mesa una duda aflorada desde hace un tiempo en los debates sobre la cuestión: quizá no estamos asistiendo a la radicalización del Islam sino a la islamización de la radicalidad. La “radicalidad”  sería entonces el elemento común a todos estos actos que de otro modo parecerían no hallar una justificación cabal desde el punto de vista social (exclusión), utilitario (ganancias) o ideológico.  Contextos, personalidad y discursos justificativos pueden explicar características concretas de cada uno de ellos, pero nada da cuenta del común núcleo mortífero (que afecta por igual a víctimas y victimarios, puesto que también estos últimos, en general, quieren morir).

Considerada de este modo, la radicalidad mortífera no es, sin embargo, específica sólo de las masacres indiscriminadas de Estados Unidos o del terrorismo yihadista. Podemos hallar muestras de su presencia en otros ámbitos y latitudes. Nos baste pensar en las maras y pandillas latinoamericanas y estadounidenses en cuyos rituales de iniciación se incluye a veces el asesinato de personas escogidas al azar. Los propios pandilleros, además,  saben que a su vez pronto morirán asesinados. Tampoco es un asunto limitado al continente americano. Roberto Saviano habla de ello a propósito de los jóvenes delincuentes napolitanos en su libro Gomorra: conscientes de que van a vivir poco, hacen de su corta vida y de la facilidad en dar muerte, timbre de gloria. Aquí también una pulsión letal extiende su dominio sin distinguir entre víctimas y victimarios.

En la manera de actuar de las pandillas y de la Camorra podemos además hallar otro importante ámbito en el que se expresa la radicalidad mortífera: las drogas. Una parte importante de las actividades de maras y mafias gira alrededor del tráfico de drogas. Y en este ámbito también se puede observar que no hay separación sustancial entre víctimas y victimarios: los pandilleros consumen drogas y, eventualmente, mueren de sobredosis al igual que sus clientes.

La conexión con las drogas aparece asimismo en las biografías de muchos terroristas yihadistas europeos. Sin ir más lejos,  el imam de Ripoll, líder supuesto del grupo de terroristas de Barcelona y Cambrils, había sido anteriormente condenado por tráfico de drogas (había pasado, en suma, de captar jóvenes para vender su mercancía a captarlos para cometer actos terroristas). Es quizá en el ámbito de las drogas donde podemos empezar a vislumbrar más fácilmente el sentido de la extensión global y multiforme de la radicalidad  mortífera.

El uso de las drogas con fines “recreativos” se ha vuelto un comportamiento planetario ligado a esa búsqueda del goce que la sociedad de consumo espolea por todos los medios. El “no renuncies a nada”, el “como nunca lo has sentido” y el “más allá de tus propios límites” común a tantos anuncios, encuentra en las drogas su encarnación literal: son un atajo para llegar a la sensación eufórica y extática que predica el consumo ante las mercancías. Pero constituyen sobretodo un desbordamiento: no se puede a la vez invitar a vivir al límite y esperar que ese límite se reduzca a los intereses comerciales de los productos de consumo. Una vez puesto el goce más allá del límite como razón primera de la existencia, no es de extrañar que muchos tomen el camino de su efectiva experimentación (a despecho del frágil intento legal de limitarlo a los objetos de consumo). Nada hay en la ética actual que realmente lo prohíba o lo desaconseje. Pero en el goce sin límite (la abolición de sí mismo en la hoguera de la consciencia) hay un componente letal que hay que manejar con sumo cuidado. Bien lo muestran las muertes por sobredosis.

La relación entre el mundo de las drogas y a los asesinatos indiscriminados a través del común goce mortífero, está perfectamente ilustrada en una película estadounidense sobre la primera guerra de Irak.  Jarhead, basada en la homónima novela de Anthony Swofford, relata las peripecias de un marine – trasunto de las experiencias del propio autor. En una escena de la película, el sargento Siek, sentado encima de los restos de un tanque iraquí, dice al protagonista, joven soldado en busca de aventuras: “¿Sabes porqué estoy aquí? ¡Porque nada puede compararse con estas sensaciones! ¡Es el mejor subidón!” La guerra para el sargento Siek es un “subidón” incomparable. En nuestro listado de victimas del goce sin límites vamos a tener que añadir a los soldados norteamericanos (que ahora luchan contra el ISIS). Naturalmente la guerra del Irak se hizo for the oil. Pero los soldados no mataban y morían por el petróleo, sino por su propio goce. El Estado y los intereses de las corporaciones multinacionales los habían atrapado a través del goce.

En el caso del terrorismo yihadista, el mandato a gozar, propio de la sociedad de consumo, define con claridad el campo en el que actúan los terroristas: lugares de paseo, discotecas, bares, medios de transporte. En Barcelona las víctimas han sido turistas que paseaban por la Rambla. En París han sido los asistentes a un concierto y los parroquianos de unos bares; en Bali y en Estambul, los clientes de una discoteca. Lugares de ocio, donde, a menudo, se consumen drogas recreativas. Los terroristas no son diferentes de sus víctimas. Seguramente, a lo largo de su vida, han paseado por la Rambla, han ido a la discoteca, se han sentado en las terrazas de los bares. Muchos de ellos han consumido (e incluso traficado) drogas recreativas. Pero el “subidón” que les propone el terrorismo es una forma de goce insuperable. Es la definitiva experiencia del goce sin límite, puesto que supone dar muerte y morir. Un goce que se experimenta, además, teatralmente y a la vista de todos: la repercusión mediática de la acción terrorista es un multiplicador narcisista del goce. Inscribir el “subidón” en las pantallas del mundo entero es un acicate importantísimo a la hora de cometer estos actos. No sólo conllevan un subidón incomparable sino además prometen los famosos “quince minutos de fama”.  El intercambio entre acción e imagen es un circuito fundamental del goce actual. Lo sabe Roberto Saviano, por ejemplo, que ha visto como su serie televisiva, también titulada Gomorra, extremadamente crítica con la delincuencia napolitana, ha acabado, sin embargo,  por generar modas de peinados y vestimenta dentro de la propia delincuencia.

No es mi intención considerar que todos los actos analizados hasta aquí son simplemente iguales y equivalentes. Cada suceso tiene causas, contextos y efectos diferentes. Sin embargo, todos tienen en común la radicalidad mortífera, la pulsión letal que actúa como un poderoso carburante que se puede inflamar con facilidad. Las razones son distintas pero la gasolina es la misma y constituye uno de los peligros fundamentales de nuestra civilización. Todos nosotros tenemos una carga de este combustible  y de él nos tenemos que hacer cargo a diario.

Ya lo intuyó Baudelaire en la mitad del siglo XIX, en París, la ciudad donde se prefiguró la sociedad de consumo. Su famoso poema El viaje acaba con una llamada nihilista a la muerte como única puerta hacia lo “nuevo”, lo nunca sentido, el “subidón” del sargento Siek: “¡Oh, Muerte, viejo capitán, ya es tiempo! ¡Levemos el ancla!/ Esta tierra nos aburre…/ …  hundirnos hasta al fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa? / ¡Hasta el fondo de lo Desconocido, para encontrar lo nuevo!”. Una llamada –casi una profecía – que a todos aún nos interpela. Y si alguien duda en sentirse concernido, el propio Baudelaire le aclara en otro poema: “¡Hipócrita lector, mi semejante, mi hermano!”

Así, cabría considerar al terrorismo yihadista como el aspecto que toma la forma extrema del mandato  a gozar propio de la sociedad de consumo globalizada en ciertos ámbitos culturales musulmanes. Un aspecto análogo, aunque no equivalente,  al de los perpetradores de masacres indiscriminadas y de los soldados rasos norteamericanos o de las pandillas latinoamericanas y de los jóvenes delincuentes napolitanos,  entre otros. Con razón muchos de los conocedores profundos del Islam, afirman que este terrorismo no tiene nada que ver con su religión. Abdelwahab Meddeb, en su  estupendo “La enfermedad del Islam” lo considera un síntoma de “la americanización del Islam”. Una expresión que quiere marcar a la vez la contemporaneidad del fenómeno y su exterioridad respecto de la tradición y la cultura islámica.

Mientras nuestra civilización globalizada siga fundándose en la misma ética del goce ilimitado el problema de la radicalidad mortífera tiene muy difícil solución. La conciencia de ello se presiente en los discursos sobre la inexistencia de la seguridad total  o sobre la necesidad de ir acostumbrándonos (si no lo estamos ya) a que hechos como estos vayan sucediendo. Incluso la opción del Estado y de la policía a favor de la eliminación física de los terroristas parece indicar la imposibilidad de hallar una solución. Se diría que no hay nada que explicar y poco que investigar. Sólo eliminar el síntoma anómalo de una situación normal. Discursos y maneras de actuar que, en suma, nos hacen saber que los atentados indiscriminados forman parte de nuestra cultura. Son su aspecto letal e inevitable. Sólo una profunda revisión de la cotidiana invitación al goce ilimitado nos puede abrir un camino de pacificación.


comments powered by Disqus