Opinion · Dominio público

La desleal oposición

JOSÉ ANTONIO GONZÁLEZ CASANOVA

06-28.jpgUna teoría idílica de la democracia liberal imagina la política como un sistema armónico de poderes que se contraponen y contrapesan como un mecanismo de relojería. Las fuerzas impulsoras del péndulo político serían básicamente la conservadora-reaccionaria y la progresista-revolucionaria, partes contratantes de un gran pacto social de convivencia civilizada entre intereses, grupos e ideologías, consistente en comprometerse lealmente a colaborar por el bien común de toda la población, por encima de intereses particulares, y a zanjar sus posibles conflictos de una forma pacífica bajo el imperio de la ley.
Supuesta una deseable alternancia en el gobierno de la comunidad política, la fuerza que no obtiene el mandato electoral mayoritario para gobernar durante un periodo prefijado recibe el nombre, según la tradición británica, de oposición. Tal término ha marcado de forma indeleble (y errónea) su comprensión por la clase política y ha confundido a la ciudadanía. ¿Oposición significa oponerse, como su nombre indica?
Gran Bretaña, inventora de tantos deportes, ideó una forma de fair play (juego limpio) en política y la bautizó Leal Oposición de Su Majestad. Pero, fiel a la Monarquía, llamó Corona (Crown) a lo que en el continente europeo se llama Estado. La minoría parlamentaria que no pudo formar Gobierno no es una fuerza enemiga de este, porque se entiende que ser oposición de la Corona y no a la Corona implica una actividad al servicio del Estado, el cual sólo puede ejercerse cabalmente con lealtad. Esta consiste, pues, en servir a la nación de ciudadanos, no al propio partido opositor, el cual no se opone por sistema al que gobierna, sino que colabora con él vigilando su gobernación como un autocontrol que se impone el Estado para su mejor funcionamiento y respeto a las normas que rigen la democracia.
No obstante, la palabra oposición, en la práctica, significa todo lo contrario de lo que pretendieron unos deportivos ingleses. El pueblo tal vez no lo sabe, pero su sentido común le dice que la oposición está para eso: para colaborar, vigilar (ven más cuatro ojos que dos) y para poder continuar la tarea gobernante con propuestas alternativas en lo que convenga. Bien conservando el progreso de la izquierda o bien progresando respecto a la conservación de la derecha. ¿Por qué la práctica opositora desmiente la teoría, y en países como España se convierte en una esperpéntica burla cuando se trata de nuestra derechona?
La visión idílica de la democracia es un truco para ingenuos que ya no engaña a nadie. La realidad es que existen unas fuerzas sociales con intereses económicos opuestos e irreconciliables. Ninguna tiene poder para eliminar a la opuesta (reacciones fascistas, revoluciones comunistas) y, por tanto, hay que pactar una tregua de pactos sociales que no satisfacen a nadie, pero que son inevitables en razón de que, en la balanza de poderes, sigue pesando más, por sistema, la conservación derechista, dueña del poder económico. El presuntuoso calificativo que se ha autoasignado el Estado actual (social y democrático de Derecho) no es más que el interregno histórico de la agonía de un capitalismo que morirá matando, si no muere antes por apoplejía, dada su febril voracidad suicida crisis tras crisis. Los países donde ese pacto forzoso se produjo antes y goza de una cierta tradición y estabilidad se han ido acostumbrando a sus contradicciones, mientras que la población se ha contentado con un “Estado del bienestar” a costa del malvivir de africanos y sudacas. La crisis actual les ha desconcertado y quizás les avive la conciencia. Pero en España, que cuenta, en siglo y medio, con dos intentos democráticos que apenas suman juntos una década, y sólo seis lustros de democracia formal tras ocho de dictadura, no podemos esperar ni siquiera ese civilizado “juego limpio” de una oposición de derechas, propio de los países europeos.
Dados los rasgos psicológicos y éticos de nuestra derecha, que llenan las hemerotecas de noticias tan impresentables como pintorescas, se corre el riesgo de caer en la cuchufleta y en la vergüenza ajena ante tanta desfachatez, mendacidad y cinismo. Pero eso sería ser tan superficial, frívolo e irresponsable como parece ser esa derecha, más o menos ultra.
La oposición del PP ha demostrado con creces, hace seis años como mínimo, que no es la leal oposición de origen británico, sino la oposición, inevitablemente desleal, que practica el franquismo cuando por fin le aprieta la tenaza democrática y ya no puede recurrir a las armas. Se engañaría, pues, quien frivolizara con el esperpento pepero y en su día se abstuviera de votar porque “Zapatero no nos saca de la crisis y Rajoy no me gusta”, o votara a Rajoy “a ver si este nos saca de ella”. Nos guste o nos disguste, abstenerse es votar a la derecha. Y votar a la derecha es votar a los autores de la crisis, que aquí se llama aznarismo, burbuja inmobiliaria y corrupción. La socialdemocracia no es la causante de la crisis, pero no puede resolverla porque sufre el chantaje derechista de disparar contra el pueblo-rehén si ella no le azota con medidas antipopulares, beneficiosas para los verdaderos causantes de la crisis. El franquismo supérstite cuenta con numerosos y fieles seguidores. No necesita aumentar de caudal mientras siga bajando el de la izquierda. Por pura lógica, y pese a todo, hay que verter más gasolina en el depósito de la izquierda si no queremos ahogarnos en un pertinaz diluvio.

José Antonio González Casanova es catedrático de Derecho Constitucional y escritor

Ilustración de Enric Jardí