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Opinión a fondo

Wilebaldo Solano y el POUM

08 Sep 2010
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PELAI PAGÉS

Cuando el 29 de septiembre de 1935 se fundó el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) –pronto hará 75 años–, a través de la fusión del Bloque Obrero y Campesino, que dirigía Joaquín Maurín, y de la Izquierda Comunista, dirigida por Andreu Nin, Wilebaldo Solano era un joven de 19 años harto conocido entre la juventud revolucionaria barcelonesa. Desde 1932 militaba en el Bloque y enseguida se dio a conocer por sus dotes periodísticas: su firma empezó muy pronto a aparecer en los periódicos del partido, en La Batalla, en Adelante, y en otros, defendiendo lo que en los años treinta –años de una profunda crisis capitalista– a muchos hombres y mujeres de España les parecía una necesidad inevitable, la revolución socialista.

Es cierto que Solano, como su propio partido, defendía una concepción específica del socialismo. Tras las renuncias de la socialdemocracia, y en plena experiencia estalinista en la Unión Soviética –donde hasta esos momentos había triunfado la única revolución socialista existente en el mundo–, estaba claro que era preciso encontrar una tercera vía en la construcción del socialismo. Un socialismo que debía ser, por una parte, revolucionario, por tanto transformador e igualitario, pero al mismo tiempo debía ser democrático y plural, que aceptase e incorporase las distintas opciones presentes en el movimiento obrero y permitiese el desarrollo de las diversas ideologías existentes. El modelo soviético-stalinista había puesto fin ya en los años treinta a todo tipo de pensamiento libre y tanto dentro como fuera del partido comunista se había impuesto un pensamiento único que negaba la posibilidad de cualquier tipo de crítica y disidencia.

El POUM, desde sus inicios, tuvo muy claro cuáles eran las posiciones que debía defender. Y cuando estalló la Guerra Civil, en julio de 1936, que propició un proceso de transformaciones revolucionarias sin precedentes en la historia de España, tuvo también muy claro cuál tenía que ser su papel. Codo con codo junto a la CNT y el movimiento libertario, el POUM defendió las conquistas revolucionarias como condición para ganar la guerra. Si los obreros y los trabajadores estaban muriendo en el frente, luchando contra el fascismo, era porque defendían unos derechos por los cuales llevaban muchos años combatiendo.

Fue en esta tesitura que Solano pasó a ser secretario general de la Juventud Comunista Ibérica y desarrolló una tarea ingente no sólo en la Catalunya revolucionaria, sino también representó al comité ejecutivo del POUM en Valencia –donde fundó el periódico El Comunista– e incluso a nivel internacional, cuando en noviembre de 1936 fue nombrado en una conferencia celebrada en Bruselas secretario general del Buró Internacional de las Juventudes Socialistas Revolucionarias.

La política intransigente que desarrolló el POUM de defensa de la revolución no fue, sin embargo, del agrado de todos los sectores políticos y muy pronto se inició un proceso involucionista en la España republicana que no sólo frenaba el proceso revolucionario, sino que amenazaba conquistas que parecían muy consolidadas.

En este marco, el Partido Comunista, y en Catalunya el PSUC, tuvieron un papel muy importante y pronto consiguieron echar al POUM del Gobierno de la Generalitat e iniciar una campaña contra él acusándolo de ser un partido al servicio del fascismo internacional. El PCE, el PSUC y la Unión Soviética no soportaron que el POUM fuera el único partido español que salió a defender la honorabilidad de la vieja guardia bolchevique, que estaba siendo procesada por Stalin en los primeros juicios que, coincidiendo con la Guerra Civil española, se estaban produciendo en la URSS.

Estos procesos explican que Solano, en febrero de 1937, contribuyese a construir el Frente de la Juventud Revolucionaria, junto a las Juventudes Libertarias, con el objetivo de defender la revolución. Sin embargo, las contradicciones en la retaguardia republicana, y más en concreto en Catalunya, acabaron estallando los primeros días de mayo de 1937, cuando se produjeron las luchas callejeras que enfrentaron, de una parte, al POUM y la CNT, y de la otra, Esquerra Republicana, al PSUC y la Generalitat.

El resultado es harto conocido: el POUM fue presentado por los “comunistas” oficiales como el responsable de los acontecimientos y, tras el cambio de Gobierno, con la forzada dimisión de Largo Caballero y el nombramiento de Juan Negrín, se inició una ardua represión contra el POUM, ahora ya presentado abiertamente por los comunistas como un agente de Franco. La mayoría de miembros del comité ejecutivo del POUM fueron detenidos, y su secretario político, Andreu Nin, fue secuestrado por la policía política soviética y poco después asesinado sin haberse confesado “enemigo del pueblo”, como pretendían sus verdugos.

En plena represión contra el POUM, y hasta que fue detenido en abril de 1938, Solano formó parte del comité ejecutivo del partido que se había constituido en la clandestinidad y dirigió el portavoz, también clandestino, de las juventudes “Juventud Obrera”. Tras su detención, fue incluido en un segundo proceso contra el POUM que no llegó a celebrarse jamás.

Esta experiencia sufrida por los hombres y mujeres del POUM durante la guerra, lejos de apartar su fe del socialismo, hasta cierto punto la acrecentó. Hubo muy pocos abandonos de las ideas fundamentales. Y Solano, que en 1947 fue nombrado secretario general del POUM, se mantuvo fiel, hasta su muerte, a unas ideas y a un socialismo libertador, a los que había dedicado toda su vida.

Pelai Pagés es doctor en historia y profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Barcelona

Ilustración de Mikel Casal


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