Dominio público

Opinión a fondo

En este 12 de octubre aún tengo la vida

12 Oct 2017
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Martín Granovsky
Periodista argentino. Columnista del diario Página/12 y coordinador del Instituto Futuro ‘Marco Aurélio García’ de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo. @granovskymartin

Un mito argentino dice que los argentinos venimos de los barcos. Y no fue una oleada de buques. Fueron dos. La primera en el siglo XVI, cuando los españoles llegaron al Río de la Plata y, aparentemente, no había nadie por allí. La segunda oleada sucedió a finales del siglo XIX, cuando españoles, italianos, alemanes y judíos huyeron del hambre o la persecución y se instalaron en Buenos Aires o en el interior. Ellos, los europeos desarrapados, supieron desde el primer día que otros desarrapados vivían desde antes en el territorio argentino. Los vieron. Convivieron con criollos de rostro a veces achinado, a veces anguloso, mestizos que descendían de indígenas y españoles o descendientes solo de indígenas

Pero los nietos de los inmigrantes pobres, sobre todo los que habían logrado hacer fortuna, luego inventaron el mito de que los abuelos habían arribado a una tierra yerma y despoblada. Algo de cierto había, porque en 1879 un general, Julio Argentino Roca, despobló la Patagonia matando indios a puro Winchester. Los que no murieron fueron reducidos. El historiador Felipe Pigna recuerda que otro general, Benjamín Victorica, lo describió así: “Privados del recurso de la pesca por la ocupación de los ríos, dificultada la caza de la forma en que lo hacen, que denuncia a la fuerza su presencia, sus miembros dispersos se apresuraron a acogerse a la benevolencia de las autoridades, acudiendo a las reducciones o a los obrajes donde ya existen muchos de ellos disfrutando de los beneficios de la civilización”. Agregaba el general: “No dudo que estas tribus proporcionarán brazos baratos a la industria azucarera y a los obrajes de madera, como lo hacen algunos de ellos en las haciendas de Salta y Jujuy”.

El problema era que, en las primeras décadas del XX, también los inmigrantes eran brazos baratos, y para colmo muchas veces brazos guiados por una cabeza anarquista, socialista o bolchevique. Entonces el mito de la nada previa a la llegada de los barcos debía construirse de manera abstracta. El 12 de octubre fue convirtiéndose en distintos países de América en Día de la Raza (Argentina) o Día del Descubrimiento (Honduras). Los norteamericanos fueron más prácticos: Día de Colón y sanseacabó.

Tras décadas de discusión, muchos Estados empezaron a revisar el mito recién en el siglo XXI. Cada uno lo hizo a su modo. En el 2000 el socialista moderado Ricardo Lagos estableció en Chile el “Día del encuentro de dos mundos”. Una transición. Hugo Chávez comenzó la presidencia en 1999 y ya en 2002 transformó el 12 de octubre en “Día de la resistencia indígena”. Un giro brusco. En 2010 Cristina Fernández de Kirchner decretó la fecha como “Día del respeto a la diversidad cultural” y explicó que buscaba el diálogo y la reflexión histórica

En rigor a comienzos del siglo XXI la clave de las cuestiones externas no era la relación con España sino el vínculo con los Estados Unidos. Gobiernos de distinto tipo como los de Hugo Chávez en Venezuela, Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, Néstor Kirchner en la Argentina, Tabaré Vázquez en Uruguay y Nicanor Duarte Frutos en Paraguay obturaron en 2005 la formación de un Área de Libre Comercio de las Américas impulsada por Washington. Con sus diferencias, los cinco presidentes optaron por el soberanismo, un nacionalismo defensivo distinto del viejo nacionalcatolicismo de 1930. En 2006 se les sumó el boliviano Evo Morales, que sintetizó en su propia persona la exigencia de reparación indígena y la búsqueda de la autonomía nacional.

Sin embargo la cuestión indígena era todavía más compleja. En países como Guatemala tenía que ver con genocidios recientes: la dictadura militar de Efraín Ríos Montt practicó en solo dos años, 1982 y 1983, una de las mayores masacres de la historia mundial. En la Argentina o Brasil la aparición de gobiernos inclusivos y reformistas mejoró la autoestima popular y despejó el camino para que, en los censos, cada vez más gente se definiese a sí misma como “indígena”. La autoestima también elevó la exigencia de derechos y terminó chocando con una nueva realidad: la gula de las empresas mineras y los proyectos turísticos seis estrellas en parajes desolados. Donde antes las comunidades de pueblos originarios discutían cuántas hectáreas necesita una cabra para pastar, en medio de la escasez de matas y la abundancia de piedras, el debate pasó a ser quién tiene derechos reales de propiedad sobre terrenos aptos para la explotación petrolera, la extracción de oro, la búsqueda de litio o la crianza de ovejas a gran escala, como Benetton en la Patagonia argentina, con 100 mil animales en un millón de hectáreas. A menudo, además, las grandes empresas cuidaron su derecho al saqueo con grupos de choque propios. Y en los últimos años, con el cambio de régimen en la Argentina (por elecciones, en 2015) y en Brasil (por golpe parlamentario, en 2016) el Estado no solo amplió su tolerancia hacia los ejércitos privados sino que endureció las prácticas de las fuerzas de seguridad. Ése es el trasfondo de la desaparición forzada del joven tatuador Santiago Maldonado, el pibe de 28 años que se unió a una protesta de los mapuches, los pueblos indígenas mayoritarios en la Patagonia, y después de un operativo de represión de la Gendarmería (la guardia de fronteras) lleva sin aparecer desde el 1° de agosto

El gobierno de Mauricio Macri apeló al Manual del Perfecto Conservador e inventó un peligro. Igual que Chile, la Argentina estaría acosada por un movimiento secesionista mapuche que supuestamente quiere formar un Estado propio bajo la dirección de RAM, Resistencia Ancestral Mapuche, una organización que sería alentada por la ETA, el IRA y los kurdos. La versión tiene algunos inconvenientes. El primero, que delirantes puede haber en cualquier sitio pero hasta ahora no apareció ningún dirigente de RAM, si es que tal organización existe y si es que tiene algún peso real. El segundo, que ningún líder del millón de personas que se autopercibe como indígena ha salido a imitar ni siquiera las vacilaciones de Carles Puigdemont. Cuando hablan, no piden un Estado distinto sino escuelas bilingües, salud y títulos de propiedad que debe brindarles el Estado argentino

Del mito de los barcos a la diversidad cultural, y de la diversidad cultural a la pelea por disfrutar de derechos exigibles según la Constitución y los tratados internacionales: así pasarán la Argentina y otros países de América su 12 de octubre de 2017. Como si dijeran, con el entrañable Miguel Hernández, “aún tengo la vida”.


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