Opinion · Dominio público

El 12 de octubre y el nacionalismo español

Javier Segura 

Profesor de Historia javisegura.es

Javier Segura 
Profesor de Historia javisegura.es

El pasado desfile militar del 12 de Octubre en Madrid, Día de la Fiesta Nacional, contó con un millar de soldados más que en 2016, efectivos de la Policía Nacional, que participaba por primera vez en 30 años y un aumento sustancial en el despliegue de vehículos y aeronaves. El rey Felipe VI quiso además rodearse para el evento de todos los referentes “constitucionalistas” del Régimen del 78. Sin duda, una representación de unidad institucional frente al desarrollo alcanzado por el procés de autodeterminación en Cataluña.

La fecha tiene su periplo histórico. Formó parte del calendario festivo de la dictadura, primero como Fiesta de la Raza y, a partir de 1958, como Fiesta de la Hispanidad y se mantuvo en democracia, primero como Fiesta Nacional y Día de la Hispanidad (1981) y luego como ‘Fiesta Nacional de España’. Se impuso su permanencia, con maquillaje retórico, frente a quienes defendían para le celebración el 6 de Diciembre de 1978, día de la aprobación la Constitución española en referéndum. Algo que parecía más lógico.

Como en tantas otras ocasiones en la política española, se impuso el nacionalismo español, el que no se deja ver, pero está, y muy arraigado, además. Cierto, el nacionalismo español jamás se ha reconocido como tal y ha reservado el término “nacionalismo” al soberanismo reivindicativo interno frente al Estado central, de naturaleza totalmente diferente. Sin embargo, es plenamente reconocible en la ideología que identifica la nación española con una realidad “única e indivisible”, heredada de tiempos remotos, previa a la soberanía popular, y, por tanto, inalterable, que tiene en el ejército el aval de su integridad territorial. Algo muy propio en la historia de las ideologías dominantes: vaciar de significado un concepto, en este caso el de “nacionalismo”, para, así, estigmatizarlo y utilizarlo como arma arrojadiza. Lo hizo Vargas Llosa en el manifiesto leído el pasado 8 de Octubre en la multitudinaria manifestación de Barcelona por la “unidad de España”, ignorando el claro carácter nacionalista de la movilización y acusando a lo que nombró como   nacionalismo, es decir, al independentismo catalán, de lo propio del nacionalismo expansionista de las grandes potencias: en sus palabras, sembrar la historia de “guerras, sangre y cadáveres”. Con semejante afirmación, es evidente que el escritor y premio Nóbel de Literatura, del que no cabe suponer una ignorancia supina pero sí capacidad para ser sibilino, quiso aprovechar su condición de “vaca sagrada” para relacionar, de manera subliminal, el procés catalán con el nazismo. ¡Flipante!

De ahí, que no esté de más acudir a la historia, como ciencia social aclaratoria y no como construcción ideológica del poder establecido.

El 12 de Octubre se conmemora el día en que la flota de tres carabelas al mando de Cristóbal Colón llegó a la isla de Guanahaní, en Las Bahamas. El viaje formaba parte del proyecto colombino, avalado por los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, de abrir una nueva ruta para el comercio de especias navegando hacia el Oeste, por el Océano Atlántico. El patrocinio monárquico, sin embargo, no autoriza, históricamente hablando, a considerar la empresa como una empresa española. El matrimonio de los Reyes Católicos sólo fue la unión dinástica de dos coronas, dictada por los intereses geopolíticos del momento (rivalidad imperialista Castilla-Portugal), en absoluto una unión de pueblos. Tanto el reino de Castilla como los territorios integrantes de la Corona de Aragón continuaron manteniendo sus propias instituciones de gobierno, esencialmente distintas e independientes entre sí. En este contexto, la expansión atlántica inaugurada por Cristóbal Colón fue una empresa sólo de la Corona de Castilla, que, de esta forma, culminaba un período político expansionista. El expansionismo de la Corona de Aragón miraba al Mediterráneo. Por tanto, pretender remontar la unidad de España a la unión política de dos casas reales es, cuando menos, una tergiversación, que, en realidad, expresa una idea de España: aquella en la que la invocación a la unidad actúa como poder simbólico para legitimar la imposición de la unión política de los territorios por encima de la convivencia democrática de quienes los habitan.  ¿Qué es, por tanto, lo que quiere mostrarse, es-ce-ni-fi-car-se, haciendo del 12 de Octubre la Fiesta Nacional? Muy sencillo: asociar la idea de España como “gran nación” al recordatorio de una “gesta imperial”, testimonio de un pasado supuestamente heroico, para que sirva de fundamento al orgullo nacional. De ahí, la reducción de la festividad a la exhibición militar y a la recepción real. Muy democrática…, la teatralización.

Por otra parte, la fecha elegida, no solo se asienta en la falsedad histórica de situar el origen de la nación española en el reinado de los Reyes Católicos (el mantra de los 500 años de historia) sino que, además, colisiona con principios básicos de inclusión social y solidaridad entre los pueblos, algo que debería regir este tipo de celebraciones. La empresa comercial del “descubrimiento” dio origen a uno de los grandes genocidios (exterminio directo) y etnocidios (aniquilación cultural) de la historia universal, fruto del dominio colonial sobre poblaciones indígenas y africanas, explotadas, despojadas, esclavizadas, asesinadas. Sin duda, no es una fecha que pueda ser celebrada desde la solidaridad, el reencuentro y el compromiso con los derechos humanos. En este caso, el nacionalismo español está claramente alineado con el propio de las grandes potencias, asentado en la creencia de la superioridad de los valores étnicos o culturales asociados a la propia nación frente a “los otros”, los subordinados. Y es que, el nacionalismo esencialista, conservador, de derechas es, por naturaleza, excluyente. Que se oculte, por inconfesable, como ocurre en el caso español, refuerza su capacidad de dominio. Un grave problema político.

PD.- Noticia  de la cadena SER en el momento de redactar estas líneas (12-13-Octubre-2017)

El alcalde de Valladolid, Óscar Puente, ha retirado su propuesta de incluir el nombre de Rigoberta Menchú, defensora de los derechos humanos y Premio Nobel de la Paz, en el callejero de la ciudad en sustitución de Fernández Ladreda, ministro de Obras Públicas con la dictadura franquista. La razón esgrimida por el alcalde ha sido la controversia generada por un tweet en el que la líder indígena guatemalteca condenaba la represión policial del 1 se Octubre en Barcelona.

Desde luego, una muestra del arraigo cultural del nacionalismo español.