Dominio público

Opinión a fondo

Identidades neoliberales

07 Nov 2017
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Claudio Zulian
Cineasta y artista

“El fin del neoliberalismo progresista”, así titulaba, a comienzos de este año, la conocida intelectual feminista Nancy Frazer un artículo donde analizaba las razones de la derrota de Hillary Clinton en las elecciones presidenciales norteamericanas.  El “neoliberalismo progresista” es allí definido como “una alianza de las corrientes principales de los nuevos movimientos sociales (feminismo, antirracismo, multiculturalismo y derechos de los LGBTQ), por un lado y, por el otro, sectores de negocios de gama alta “simbólica” y sectores de servicios (Wall Street, Silicon Valley y Hollywood).” Esta alianza “da lustre a políticas que han resultado devastadoras para la industria manufacturera y para las vidas de lo que otrora era la clase media.” Según la autora, las políticas de reconocimiento promovidas por los nuevos movimientos sociales formaban parte del proyecto radical de los años sesenta, que incluía también a las políticas de redistribución. Sin embargo, con el ocaso del proyecto izquierdista después de la caída del muro de Berlín, las políticas de redistribución fueron perdiendo importancia.  Las políticas de reconocimiento quedaron como las únicas políticas defendidas por unos progresistas que acabaron finalmente en brazos del neoliberalismo.

Este desplazamiento hacia posiciones neoliberales, que Nancy Frazer indica con tanta precisión, no fue fruto sólo de un determinado contexto social y político. El fin del proyecto izquierdista de los años sesenta consistió sobretodo en la desaparición del proyecto revolucionario. Más allá de los diferentes contenidos mesiánicos, las ideas de revolución suponían todas la fundación de un nuevo orden capaz de legitimar la acción política. Las políticas de reconocimiento y de redistribución eran una parte fundamental de este nuevo orden.  Al desaparecer el ideal revolucionario, los requerimientos de redistribución y reconocimiento quedaron sin fundamento propio. Su única posibilidad de desplegarse  fue entonces apelar al poder existente. En la negociación con el neoliberalismo, que en esos años asentó su poder,  quedaron por el camino todas las políticas de redistribución. En cuanto a las políticas de reconocimiento, fueron transformadas en políticas identitarias esencialistas – hecho que Nancy Frazer deplora explícitamente en su artículo. El neoliberalismo no obligó a la mutación, sino que fue sacando a la luz y aprovechando los elementos comunes a sus propios ideales y a las políticas de reconocimiento. En este sentido, no se ha tratado tanto de una traición de los progresistas, sino más bien de una revelación de cuanto individualismo consumista y neoliberal (considero el neoliberalismo la expresión política del consumismo) estaba potencialmente implícito en las aspiraciones de las políticas de reconocimiento.

Charles Taylor, por ejemplo, en su clásico “Multiculturalismo. Democracia y diferencia”  afirma: “Ser fiel a mí mismo significa ser fiel a mi propia originalidad que es algo que sólo yo puedo enunciar y descubrir. ». Más allá del optimismo ontológico de honda raíz norteamericana que aquí se expresa, es irremediable que oigamos también un eco de los eslóganes publicitarios: “Sé tú mismo”, “Eres único”…  No es todo. Aunque Taylor reconoce que la personalidad no se forma de manera autónoma sino a través de la relación con los discursos de los demás, también piensa que el objetivo del crecimiento personal es huir de las relaciones de dependencia: “Necesitamos a los demás para llevarnos a cumplimiento, no para definirnos”. Es difícil no reconocer en esta afirmación  al individuo neoliberal ideal, uno de cuyos rasgos principales es justamente evitar toda dependencia para mantenerse disponible a las mutaciones sus propios deseos. En suma, en su intento de replantear el concepto político de “justicia” para fundamentar las políticas de reconocimiento, Taylor acaba por considerar necesarios unos rasgos individuales que resumen también en buena medida el individualismo consumista y neoliberal.

La coincidencia de algunos postulados fundamentales de la filosofía de Charles Taylor y  las concepciones consumistas y neoliberales no es un caso aislado entre los pensadores cuyas ideas alimentaron a los “nuevos movimientos sociales”.  Pensemos, para citar otro ejemplo muy significativo, en algunas obras de Deleuze y Guattari. Varias de las ideas expuestas  en su conocido “Mil mesetas”  se nos pueden asemejar ahora, de manera inquietante,  a la descripción del mundo del consumo. La reivindicación de una  inmanencia en la que el libre devenir de la persona genera intensidades y líneas de fuga, podría ser fácilmente confundida con una proclama consumista y neoliberal: el consumista vive también en un mundo inmanente – nada hay más allá del mundo de los estímulos continuos al consumo; también se imagina en un libre devenir – la continua renovación del deseo de diferentes objetos ; parecida es la búsqueda de intensidades y líneas de fuga – literales en el mundo del consumo: “Lo que nunca has sentido”, “Olvida las reglas”. Por no hablar de cómo el famosísimo “rizoma”, concepto fundamental del libro, se nos puede antojar ahora como la perfecta descripción de la organización empresarial y financiera neoliberal, más que como una invitación a una reorganización crítica.

En las obras de Deleuze y Guattari de ese período (años 70 -80)  se abordan además otras cuestiones que, quizá, nos pueden ayudar a entender mejor porqué se dan estas coincidencias entre ideas que se quieren liberadoras  y concepciones neoliberales. Un libro anterior al citado “Mil mesetas”, también muy conocido  y que, junto con este, constituye la obra “Capitalismo y Esquizofrenia”, se titula “Anti Edipo”. En él Deleuze da cuerpo teórico al antiautoritarismo propio de los movimientos de protesta de los años sesenta. Tal y como el título anuncia, se trata de un intento extremadamente coherente de desenmascarar  lo que en la teoría de Freud se llama el corte edípico, la herida que nos inflige la sociedad al comienzo de nuestra vida consciente y que funda la ley a través de la figura del padre – raíz de toda autoridad.  Se intenta contrarrestar así la concepción pesimista y trágica de la vida que subyace al psicoanálisis freudiano, para afirmar esa posibilidad de un libre devenir  a la que hemos aludido más arriba.  Sin embargo, el mundo del consumo también niega el corte edípico y la figura del padre que impone la ley. La exaltación del mundo infantil y juvenil, la ridiculización de cualquier límite (de cualquier ley) a los deseos del consumidor, la inmediatez en la realización de los deseos que se propone a través, por ejemplo, de las cartas de crédito, todo habla de un ideal antiedípico. El mundo del consumidor se asemeja al mundo narcisista del niño antes del corte edípico, que Freud describe con precisión: no hay diferencia entre los deseos y su realización – no hay diferencia entre el yo y el mundo exterior.  De este modo, aunque los propósitos de Deleuze y Guattari son sin duda críticos y liberadores, los fundamentos de sus concepciones tienen elementos clave en común con los ideales consumistas y neoliberales. Podría parecer exagerado y demasiado simplista dar tanta importancia a estas coincidencias. La seriedad y la profundidad del pensamiento deleuziano le hacen merecedor de análisis y críticas mucho más cuidadosos y detallados  – no adecuados para un artículo de opinión como este. Sin embargo, esas coincidencias son de tal importancia que una crítica más articulada sólo demostraría el fundamento de esta sintética opinión – al menos en lo que se refiere a esta parte de su pensamiento. Y, en todo caso, nuestro problema son precisamente estas coincidencias que están a la raíz de la transformación de las políticas de reconocimiento en políticas de identidad. Estas últimas son fruto de la carga narcisista implícita desde el comienzo en las primeras. La progresiva deriva neoliberal de las políticas de reconocimiento no es, en suma, fruto solamente de una situación política externa, sino de una disposición interna y fundamental.

Nancy Frazer, como casi todos los críticos de las políticas de identidad y de reconocimiento, plantea volver a las políticas de redistribución – las políticas económicas orientadas a la redistribución – como elemento central de toda política. Aunque en términos de estricta actualidad es un discurso atinado, cabe temer que las profundas mutaciones que afectan tanto a las dimensiones públicas como las privadas de nuestra sociedad puedan suponer un serio obstáculo también en este caso.

He tenido ocasión de hablar con educadores sociales de varios países en varios continentes.  Todos coinciden en que el problema más grave que tienen que afrontar es que los jóvenes más pobres de sus respectivas ciudades tienen la misma cultura consumista que los jóvenes más ricos: piensan que tienen derecho, al igual que todos, a los mejores productos de consumo. En Centroamérica, sólo para poner un ejemplo, los IPhone son una de las presas más preciadas de los atracadores callejeros. La rabia, el resentimiento y el deseo de revancha de los excluidos está ahora mucho más ligado al consumo que a una efectiva mejora de la renta. Como para el resto de la sociedad, esta última no es más que un mero instrumento de su derecho a poseer bienes de consumo.

La cuestión es por lo tanto compleja. Por una parte las políticas de reconocimiento son difícilmente distinguibles de la política neoliberal. Pero por otra, las políticas de redistribución tienen pocas chances de tener el apoyo incluso de aquellos a los que deberían beneficiar, si no se dan en el modo del acceso a los bienes de consumo. En un caso como en el otro las políticas neoliberales tienen la ventaja de fundamentarse en la experiencia diaria. Casi podríamos decir que  la “utopía” neoliberal misma no sería pensable sin un concreto horizonte de experiencia donde a modo de “neoliberalismo real” – como se decía del socialismo -, el ciudadano experimenta las concretas posibilidades de esa visión política: poder “elegir”, poder ser “uno mismo”, etc. Siguiendo la intuición de Pasolini, que habló de revolución antropológica al respecto, habría que considerar  el consumo como el campo político por excelencia. Pero el consumo, por su aspecto de satisfacción de las necesidades humanas – aunque sean artificiales – no es directamente politizable.  Después de la experiencia consumista, un intento forzado de vuelta a esquemas anteriores de dominación o de austeridad – o incluso de revolución – sería visto como una insoportable intromisión en la vida privada de las personas. La experiencia de esta etapa cultural de intenso narcisismo consumista, expresado políticamente por el neoliberalismo, no es ya abolible ni olvidable. Pero sí puede ser superable – como superables son las pérdidas a través de los duelos. Tendríamos quizá que empezar a imaginar no sólo como acabar con el consumismo y el neoliberalismo, sino sobre todo de qué manera hacer el duelo por ambos. Es la condición para estar en disposición de reorganizar nuestro deseo de estar juntos, nuestra “philia”, como llamó Aristóteles al afecto que une a los ciudadanos.


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