Opinion · Dominio público

Lo que la ‘reconstrucción’ en Siria esconde

Laura Ruiz de Elvira Carrascal
Politóloga, investigadora en el Institut de Recherche pour le Développement (IRD), especializada en Siria

Naomí Ramírez Díaz
Doctora en Estudios Árabes e Islámicos especializada en Siria

Atrás queda la época de la omnipresencia mediática del ISIS / Estado Islámico. En los últimos meses los artículos de prensa, conferencias académicas y debates sobre la reconstrucción en Siria se han multiplicado, del mismo modo que han comenzado a ver la luz planes de reconstrucción y rehabilitación auspiciados por las autoridades sirias y apoyados, entre otros organismos, por el PNUD o ACNUR.

El retorno controlado de civiles a ciudades devastadas, como Alepo –escenario hace apenas un año del desplazamiento forzoso de miles de combatientes y civiles procedentes de las zonas asediadas y bombardeadas por el ejército del régimen y la aviación rusa–, se ha ido produciendo según iban cesando los combates. La maquinaria propagandística de Bachar al-Assad se esfuerza en dar una imagen de normalidad que se propaga hoy con profusión en los medios internacionales: reapertura de tiendas en las zonas comerciales y nuevos proyectos de inversión, celebraciones de bodas entre escombros, imágenes de civiles paseando por las calles… Especialmente simbólico es el colorido mensaje I love Aleppo que desde hace poco tiempo se puede ver en la conocida plaza de Saadallah al-Jabiri de la que fuera la capital económica del país.

Dichos planes, mensajes e imágenes no dejan de provocar cierta sorpresa dado que la guerra en Siria no ha acabado aún y que quien los diseña es el principal responsable de la destrucción del país y del exilio de más de cinco millones de sirios.

La reconstrucción de las ciudades y las infraestructuras es frecuentemente presentada y descrita como un proceso técnico, neutral y positivo para el futuro del país. Este proceso, sin embargo, implica, por un lado, la normalización de un régimen que sigue asediando y bombardeando a su población y, por otro, la distribución de fondos internacionales, pagados con nuestros impuestos, a través de redes clientelares cómplices a menudo de la represión. En este sentido, la reconstrucción no es más que un nuevo instrumento en manos del régimen para seguir manipulando a la comunidad internacional y dar forma a una Siria dócil y leal, amputada de más de un cuarto de su población, que no sabemos si podrá volver a su país natal.

En efecto, los planes de reconstrucción que han salido a la luz conciernen en muchas ocasiones barrios habitados por población fiel al régimen y que, al no haberse levantado en su contra, no han sufrido bombardeos por parte de la aviación y la artillería. En Alepo, por ejemplo, el Ministerio de Administración Local y Medio Ambiente, en colaboración con las Naciones Unidas, ha identificado ocho barrios como áreas prioritarias para la reconstrucción, varios de los cuales no se encuentran en la zona oriental de la ciudad, destruida y despoblada, sino en la occidental, feudo del régimen.

En cuanto a Damasco, el gobierno ha hecho públicos recientemente algunos proyectos urbanísticos de alto standing, como el de Basatin al-Razi, impagables para el 90% de la población, que devendrán en pingües beneficios para las iniciativas privadas que componen la red clientelar del régimen y que se beneficiarán de hábiles movimientos legislativos, explicados con precisión por Yihad Yazigi. Proyectos como este permitirán a ciertas iniciativas conjuntas públicas y privadas encargarse de la reconstrucción o del denominado nuevo desarrollo de las zonas de viviendas ilegales, muchas de las cuales han sido previamente borradas del mapa por la artillería del régimen so pretexto de aplastar a los insurrectos. Frente a ello, zonas que aún permanecen bajo asedio, como la castigada Al-Ghouta oriental, sufren una enorme escasez de productos básicos, cuya entrada se autoriza desde la capital con cuentagotas.

De la misma manera, el Ayuntamiento de la ciudad de Homs, uno de los bastiones del movimiento revolucionario sirio, aprobó en el 2015 un plan para la reconstrucción del barrio rebelde de Baba Amr, predominantemente suní y cuya población fue expulsada ese mismo año. Dicho plan será gestionado por una sociedad privada establecida en marzo del 2017 por el consistorio.

El analista Joseph Daher califica esta forma de “reconstrucción” como una estrategia de “aplastamiento, reconstrucción y reemplazamiento”; una estrategia que consiste en provocar un cambio demográfico mediante la expulsión de las poblaciones contestatarias y el reasentamiento de quienes no constituyen ninguna amenaza, incluyendo a ciudadanos extranjeros procedentes de Irán o Líbano. Este reemplazamiento viene facilitado por la frecuente pérdida de los títulos de propiedad por parte de las poblaciones disidentes que tuvieron que huir de sus casas a causa de las amenazas, los bombardeos o el asedio, o por la mera expropiación en el caso de los opositores que han abandonado el país.

Otro punto a tener en cuenta en lo relativo a la reconstrucción, que suele pasarse por alto, es quiénes van a costear este proceso y qué coste político acarreará. Tanto Moscú como Teherán, principales aliados de Damasco, han centrado sus esfuerzos bélicos y económicos en asegurar sus intereses y en obtener réditos a largo plazo de las inversiones realizadas, que pocas ganancias les han reportado hasta el momento. Por ello es poco probable pensar que estén dispuestos a desembolsar las grandes sumas necesarias para poner en marcha los proyectos más urgentes. EEUU y la UE, que se posicionaron verbalmente contra los abusos de Asad, no parecen partidarios de financiar la reconstrucción sin haber alcanzado un acuerdo político previo, como tampoco sería lógico proponer a las monarquías del Golfo como donantes en un país donde la influencia de Irán es innegable. Solo China podría postularse a ocupar el puesto de donante principal, y es cierto que la restauración y mejora de las telecomunicaciones ha sido asignada a empresas del gigante asiático; sin embargo, su interés en enfangarse en el lodazal sirio más de lo necesario parece descartable.

Por todo ello, los nuevos planes de “reconstrucción” dirigidos por el régimen en colaboración con las Naciones Unidas, lejos de favorecer la estabilidad y el retorno a la normalidad, solo servirán para perpetuar los graves problemas sistémicos socio-económicos previos a 2011, provocar nuevos conflictos y beneficiar a los círculos de poder y señores de la guerra fieles al régimen, que son quienes realmente controlan el territorio. En realidad, cualquier proyecto de reconstrucción global y sostenible es inviable sin una solución previa al conflicto que ponga fin a los enfrentamientos y bombardeos.

Para ello, son necesarios, como mínimo, dos elementos: la voluntad política internacional de alcanzar un consenso (que, necesariamente, conlleve consecuencias legales para los responsables de la represión y las masacres) y la voluntad de las partes negociadoras (y sus aliados) de dejar de lado sus intereses particulares en favor de una Siria viable, plural y soberana. Solo un gobierno elegido mediante un proceso político de transición, apoyado internacionalmente y que permita el retorno de los millones de refugiados y desplazados internos, podrá encargarse de colocar la piedra fundacional para una nueva Siria. Todo lo demás son espejismos que se esconden tras una aparente normalidad o, lo que es más grave aún, falacias conscientemente propagadas.