Dominio público

Opinión a fondo

Una política para después de los hooligans

12 Ene 2018
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Claudio Zulian
Cineasta y artista. @claudiozulian1

La gran revolución antropológica ha sucedido. Ya es un hecho. Se ha ido gestando a lo largo de los últimos dos siglos y ha estallado después de la segunda guerra mundial.  Los individuos que ahora pueblan la tierra ya no se parecen a los anteriores: tienen otro fondo psíquico, otra manera de concebir la vida y su destino. Son, ahora, consumistas.  Hasta la mitad del siglo veinte todavía se podían encontrar personas cuyos comportamientos y cuya ética tenían orígenes diversos (por las diferentes religiones o por las particularidades de los ambientes naturales). El individuo “cristiano”, por ejemplo, cuya íntima personalidad se articulaba alrededor del sacrificio, del pecado y de una aguda conciencia de sí (gracias a la confesión). Al igual que otros tipos de individuos, este tipo de individuo ha desaparecido y ha sido suplantado por el consumista, cuya personalidad se articula alrededor del goce (centro, raíz y razón de su vida).

El imperio del goce supone la culminación de esa transformación mundial que ya describieron Marx y Engels en el Manifiesto Comunista: “Todas las relaciones sociales tradicionales y consolidadas, con su cortejo de creencias y de ideas admitidas y veneradas, quedan rotas: las que las reemplazan caducan antes de haber podido cristalizar. Todo lo que era sólido y estable es destruido…” El consumista es el hombre nuevo forjado por el trabajo de demolición del capitalismo. De la genial síntesis marxiana cabría quizá solamente corregir el final de la frase anterior : “… y los hombres se ven forzados a considerar sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas con desilusión”. El consumista no está desilusionado, está muy contento consigo mismo.

Marx, imbuido por la idea decimonónica de progreso, no consideraba la tabula rasa del capitalismo como una catástrofe sino como la preparación necesaria de la revolución comunista y del advenimiento de una sociedad mejor. La revolución finalmente ha sido la del propio capitalismo y ha sido consumista y no comunista. Como me resumió admirablemente un obrero jubilado de la Seat: “Nosotros ya hicimos la revolución cuando nos compramos el 600”. Aunque ahora seamos mucho más desconfiados respecto a la idea de progreso, podríamos seguir a Marx al menos en la percepción de la complejidad de los procesos históricos y de sus posibilidades futuras.  En este sentido, cabe considerar que hay varios aspectos de la revolución consumista que son portadores de elementos positivos. Uno de los más destacados es que, en una sociedad que cuenta los individuos estrictamente uno a uno, no tiene ningún sentido que constructos éticos y políticos anteriores, minusvaloren a alguien. Es el caso del patriarcado – que el propio Marx incluye explícitamente en el Manifiesto entre las instituciones barridas por el capitalismo-: mujeres, homosexuales, niños, todos son igualmente potenciales consumidores. De la misma manera que las personas de las diferentes de razas o religiones, todos tienen derecho a su libertad en el consumo. Desde este punto de vista, pues, el consumismo es liberador.

Es esta la razón por la que en el desarrollo del llamado “estado del bienestar”, derechos sociales y consumo están estrictamente imbricados. De hecho, una parte importante de estos derechos se acaba concretando en consumo, como, por ejemplo, las vacaciones respecto al derecho al descanso. Un círculo virtuoso en el cual la inversión del estado tutela y azuza una actividad económica que permite a los ciudadanos tener dinero para consumir (coches, electrodomésticos, viajes), considerando justamente que con ello se da un contenido creciente al derecho a una mejor calidad de vida; al mismo tiempo la expansión del consumo enriquece a los capitalistas y los impuestos de todos permiten al estado mantener la inversión. El estado del bienestar (cuya expresión política ha sido la socialdemocracia) consiste, en suma, en el proyecto de una sociedad pacificada en cuyo seno el individuo consumista puede desarrollar sus goces trabajando para poder seguir aumentando su propio consumo y, con ello, las ganancias de los capitalistas.

Sin embargo, cuando la sociedad individualista consumista madura, este proyecto entra en crisis. El goce es una suspensión del tiempo, un olvido de sí en la ola del placer y es por lo tanto ajeno a todo proyecto (que, en cambio, supone un tiempo para su realización). El goce es instantáneo, el proyecto se despliega en meses, años. Proyectar significa lanzar hacia adelante: en el goce no hay después. Así, a partir de los años setenta, los capitalistas van abandonando los proyectos y empiezan a volcarse en las ganancias inmediatas. La inversión industrial se hace para ellos cada vez menos atractiva (es un proyecto) y la financiarización toma el relevo. Empieza así el declive de la socialdemocracia: los capitalistas no están dispuestos a esperar que el consumo vaya creciendo poco a poco.  Quieren gozar de sus beneficios mucho más rápidamente y encuentran la vía en la especulación financiera.   No se trata una novedad: la financiarización ha sido siempre una tentación del capitalismo (y ha dejado una historia de desastrosas “burbujas”, empezando por la de los tulipanes en Holanda, en 1637). Lo que es particular es cómo, esta vez, la financiarización rompe el intento de una cierta convergencia entre los intereses de los capitalistas y los del grueso de la población.

El proyecto socialdemócrata, sin embargo, ha entrado en crisis también entre los ciudadanos. El individuo consumista es constitutivamente egoísta: el goce es sólo suyo y a cazarlo se dedica. La renuncia a una parte de ese goce en aras del bien común se vuelve a la larga inaceptable. El asentarse de la personalidad y los hábitos consumistas generan un cambio de perspectiva: los impuestos que se percibían como un seguro para el consumo, se perciben ahora como un menoscabo del goce individual.  El primero que, en Europa,  intuyó exitosamente esta transformación de fondo fue Berlusconi, en los años 90. Habló certeramente de revolución (refiriéndose, para ensalzarla, a la misma rápida transformación que Pasolini execraba); puso su propio goce de hombre más rico del país como ejemplo a seguir; y fundó un partido clientelar con un eslogan futbolístico: Forza Italia. De pronto la sociedad consumista encontró una de las maneras específicas de su política. Los ciudadanos se transformaron en hooligans, que coreaban gritos extáticos y gozosos: desde “America first” hasta el “A por ellos”.

La conjunción de la financiarización de la economía y de la pérdida de credibilidad del proyecto socialdemócrata, ha dejado, sin embargo, al grueso de la población a la intemperie y sin proyecto. La revolución consumista es un hecho y no tiene vuelta atrás: el individuo tiene su ética y su moral centradas en el goce (incluso cuando afirma volver a raíces culturales anteriores). No solamente los proyectos se vuelven imposibles, sino también el debate y el análisis, sustituidos por los gritos y las gesticulaciones de los hooligans que cantan su placer o su rabia instantáneas (en la calle y en las redes). El individualismo radical lleva al consumista a no poder considerar las crisis y los problemas más que como consecuencias de los actos de otros individuos malintencionados, tan concretos en sus goces como él mismo.

Que el tema del robo del goce fuera uno de los temas políticos fundamentales de la nueva política, lo detectó con precisión Zizek, también en los años 90, durante la guerra de los Balcanes: todos los bandos en conflicto se acusaban de haber “robado” a los otros bandos. A partir de entonces, el robo del goce ha sido uno de los argumentos políticos más repetidos del mundo: los estados del sur de Europa “roban” a los estados del norte; las capitales (Roma, Madrid, París), roban a las regiones; los inmigrantes “roban” a la seguridad social y a la educación de los autóctonos; etc. El robo del goce es un tema político de primera importancia porque  aúna la percepción personal del individuo consumista, en cuanto a su falta de goce, con una explicación que le cuadra: si mi goce mengua es porque alguien me lo está quitando.

La política de los hooligans no es sin embargo el destino irremediable de una sociedad cuya moral sea la búsqueda del goce. Casi todas las culturas antiguas concibieron mitos de un período antiquísimo en el cual la humanidad gozaba libremente: la edad de oro, de jade o el paraíso terrenal. Son, todos ellos, mitos positivos.  Se trata, por lo tanto, de una aspiración bien asentada en los humanos. La cuestión es más bien como imaginar una política del goce (por así decirlo) alternativa al hooliganismo que nos invade.

Como era de esperar, la izquierda que ha querido seguir apelando al sacrificio o a la austeridad ha acabado en la irrelevancia. En España y en Italia, otros partidos-movimientos más modernos como Podemos o 5 Stelle, han intentado con más éxito una política de la mediación: dado el individualismo radical de nuestra sociedad, crear, sobre todo a través de las redes, los medios para fundar la política en la negociación constante de los intereses de cada uno. No hay proyecto o es poco definido, pero, al menos, se emprende el camino de una posible pacificación. Sin embargo, como han mostrado las recientes elecciones catalanas, basta que la cuestión del robo del goce ocupe el centro del debate político, para que todo proyecto de mediación muestre sus límites.

La cuestión clave parece situarse, entonces, en la relación entre el goce y la economía. El capitalismo ha creado el individuo consumista aunando los dos elementos. Sin embargo, no son homogéneos: el dinero puede sin duda ser una forma de goce (tanto por lo que se puede poseer con él, como en sí mismo, como potencialidad de posesión).  Sin embargo, no todo goce tiene que ver con el dinero. De hecho, en las mitologías antiguas de las edades de oro, cuando la humanidad estaba entregada al goce, la economía y el dinero no tenían ningún papel. O eran, incluso, considerados los culpables del fin de esas edades míticas (como sugiere el clásico texto de Tchuan Tzu). Lo que cabría pensar entonces como el objetivo de una política liberadora en la época del consumo (y sobre todo después), es cómo emancipar el goce de la economía. No tratar de llegar a un acuerdo, como lo intentó la socialdemocracia, sino proponer con claridad una sumisión de la economía al goce. No se trata de una utopía. Los goces no-económicos son los que, en la mayoría de los casos, de verdad pueblan nuestras horas (desde el goce sexual hasta la sublimidad de un paisaje; desde los gestos precisos de un buen montador de cine hasta las horas dedicadas a la reflexión de un filósofo; y, porque no, desde el juego exquisito de un futbolista hasta las copas con los amigos). Es más bien al revés: lo verdaderamente utópico es pensar que todo puede ser sometido a la economía.  Aprovechemos pues que el goce está en el centro de la moral actual para liberarle y poder, por fin, ir más allá del capitalismo.


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