Auschwitz, infamia contra la humanidad

Rosa Toran

Historiadora. Miembro Amical de Mauthausen 

Rosa Toran
Historiadora. Miembro Amical de Mauthausen 

A las puertas de la conmemoración del Día del Holocausto y de Prevención de Crímenes contra la Humanidad, es indispensable volver a activar nuestra memoria para hacer del recuerdo y el homenaje un compromiso de presente.

El día 27 de enero de 1945, las tropas soviéticas liberaron el complejo concentracionario de  Auschwitz, donde si bien encontraron pocos rastros de sus instalaciones de muerte, derruidas para ocultar las huellas de los crímenes, la visión de los cadáveres y enfermos abandonados testificaron la más grande infamia cometida contra la Humanidad. A  Auschwitz, desde los meses de abril y mayo, siguió la liberación de los otros campos ubicados en el Reich, momentos a partir de los cuales las imágenes del horror se divulgaron por todo el mundo, mientras que los vecinos colindantes contemplaban atónitos aquello que les había acompañado en su vivir cotidiano, sin que hubieran dado muestras de rechazo ni de curiosidad ante las evidencias de lo que sucedía.  Preguntas inquietantes ante la pasividad frente al exterminio que también practicaron los países aliados, una vez tuvieron conocimiento de lo que allí sucedía, incluso con las fotografías aéreas tomadas por los servicios aéreos estadounidenses.

La conmemoración coincide con la exposición “Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos”, inaugurada en Madrid el pasado 1 de diciembre, primera etapa de un largo itinerario por 14 países europeos, muestra que permitirá al público la reflexión sobre la gestación de los asesinatos en masas, diseñados por el régimen nazi desde su subida al poder, hasta su ejecución. Durante los casi cinco años de su existencia, Auschwitz anotó en su escalofriante haber la cifra más de 1.100.000 de muertes, entre ellas un millón de judíos asesinados en las cámaras de gas desde el mes de enero de 1942 hasta el mes de noviembre de 1944, unos 20.000 sinti i roma gaseados tras la liquidación del “campo de los gitanos”, sin olvidar a otros colectivos, los prisioneros políticos polacos, los prisioneros de guerra soviéticos, antisociales, Testigos de Jehová, homosexuales. ., de los cuales los SS sólo registraron y dieron número a más de 400.000, aquellos que no iban destinados directamente a la muerte.

Entre estas cifras de tan difícil asimilación desde una óptica humana, cabe citar a los españoles. Sí, en Auschwitz y su dilatada red de subcampos hubo compatriotas nuestros, integrantes de los casi 10.000 republicanos deportados a los campos del Reich, por su condición de enemigos de Franco y de Hitler o por su contribución a la lucha contra el ocupante alemán en Francia. Mauthausen se ha convertido en emblema de la deportación de los antifascistas españoles, por los más de 7.000 que acabaron en él, por la duración de su internamiento y por la alta mortalidad, un 65% frente al 45% de la media de los 200.000 internados en este campo austríaco, desde su erección en 1938 a su liberación, el 5 de mayo de 1945.

El número de 66 españoles deportados a Auschwitz puede parecer una cifra menor al lado de las víctimas de otros colectivos, pero cada uno de ellos acarreaba un bagaje personal y una trayectoria frustrada por la muerte o las secuelas del internamiento. La mayoría de ellos eran judíos nacidos en España y capturados en Francia o en el este de Europa, siguiendo el itinerario de los campos de tránsito hasta el campo polaco. Entre ellos cabe citar a la luchadora Violeta Friedman, que desde su Transilvania natal acabó por instalarse en España, donde consiguió vencer a la ignominia y al desprecio encarnados en las frases del criminal belga León Degrelle, y que el Tribunal Constitucional en el año 1991 reconociera su derecho al honor y la verdad, sentencia que sirvió para que  el Código Penal recogiera este atentado como delito. No cesará nuestro reconocimiento por su implicación al lado de la Amical de Mauthausen y otros campos en la lucha contra el negacionismo y el racismo. No puede faltar el recordatorio de Sigfried Mier, el niño que desde Auschwitz llegó a Mauthausen, donde pudo sobrevivir merced a la protección de algunos republicanos, hasta el punto que uno de ellos le adoptó, para que pudiera rehacer su vida en Francia y después en Ibiza. Sin espacio para singularizar cada uno de los casos, no puede faltar la mención a los 29 prisioneros que con condición de políticos recalaron en el siniestro lugar, algunos trasladados desde Mauthausen, otros desde Francia, por sus acciones antinazis, sobre todo en la organización TODT. Entre ellas Maria Alonso y Lucía Martos, muertas en Auschwitz, y Feliciana Pintos, cuya trayectoria es digna de reseñar. De familia originaria de la provincia de Avila y emigrante a Francia en  la década de los 20, su compromiso la llevó a hacer de su domicilio refugio de los guerrilleros combatientes hasta que la Gestapo acabó con la vida de su marido y con su deportación a Auschwitz, donde penó 17 meses hasta su traslado a Ravensbrück y finalmente a Mauthausen, como integrante de las criminales “marchas de la muerte” que preludiaban el fin del Reich.

Bajo el título Prisioneros de nacionalidad u origen español en Auschwitz, un plafón que culmina la exposición referida al principio, recoge el nombre de algunas de estas 66 personas españolas, junto a las fotografías de Feliciana Pintos, pequeña pero significativa aportación que se ha llevado a cabo con la colaboración de Amical de Mauthausen y otros campos. Algunas voces han insistido en el olvido de los miles de republicanos que sufrieron deportación, quizás con el objetivo de remarcar una vez más el desconocimiento de tan singular hecho por parte de la sociedad y la falta de asunción de responsabilidades   por parte de la Dictadura franquista que les llevó a caer en las garras de Hitler. Ciertamente la deportación de los republicanos antifascistas no está todavía integrada en nuestra historia ni en la historia europea, con el agravante de olvidar que ellos fueron, desde 1936, los primeros que con las armas lucharon contra el nazifascismo en Europa.

Desearíamos una magna exposición sobre los republicanos deportados, que prosiguiera con la modesta labor que desde 1962 se lleva a cabo en la Amical de Mauthausen y otros campos, que organizó desde 1978 pequeñas exposiciones y que el paso de los años permitió culminar la labor con la exposición “Imágenes y memoria de Mauthausen”, realizada en el marco de los 60 años de la liberación del campo gracias al trabajo coordinado del Ministerio del Interior austríaco, la Amicale de Francia y la Amical de España, y que sigue permitiendo una extensa itinerancia que empezó en Valencia, siguió en Sevilla, Madrid, Barcelona y muchas otras ciudades. No faltó tampoco, en la misma fecha de 2005, la realización de “Resistentes y deportadas”, cuya concreción en cuatro lenguas, alemán, francés, castellano y catalán, sigue su rumbo a lo largo de diversas geografías; ni, entre otras cuatro exposiciones, la más reciente, “Francesc Boix, fotògraf. Més enllà de Mauthausen”.

Sin duda, la extraordinaria muestra “Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos” ha de servir para poner en primer plano la ignominia de la esclavitud y el asesinato, encarnada en el campo emblema de Auschwitz, y para enfatizar el internacionalismo en los campos de concentración y exterminio, tanto por los centenares de nacionalidades deportadas como por la amplitud y diversidad de las motivaciones del odio y la persecución. En Auschwitz, Mauthausen, Dachau, Buchenwald, Ravensbrück… coincidieron nuestros antepasados con hombres y mujeres de todas las nacionalidades y condiciones, y si bien las razones de su internamiento y muerte fueron diversas, todas ellas quedaban encarnadas en una concepción de una sociedad desigual, con el derecho de unos a decidir sobre la vida de los otros. Y esta es la lección de Auschwitz: la internacionalización del dolor, el de todas las víctimas de las cuales hemos recibido su legado para convertirlo en advertencia y compromiso, tal como ellas mismas plasmaron en los juramentos pronunciados en los días posteriores a la liberación de los campos.

Parecen pertinentes las palabras del escritor y activista Carl Amery en el epílogo de su obra Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor: “Necesitamos una cultura enteramente nueva para ofrecerle una resistencia coherente, y ésta tendrá que apoyarse en una fórmula enteramente distinta (…) Si todavía se trata de encontrar una fórmula global, entonces ésta rezaría: El ser humano puede seguir siendo la corona de la creación si comprende que no lo es