Opinion · Dominio público

Una profesión de riesgo

Lorena Ruiz-Huerta

Portavoz de Podemos en la Asamblea de Madrid

Lorena Ruiz-Huerta
Portavoz de Podemos en la Asamblea de Madrid

Muchos años después me pregunté por qué se jugaban la vida defendiendo la democracia y la libertad, si los comunistas eran tan “malos” como decían los abuelos de mi familia. Y, sobre todo, porqué les asesinaron quienes supuestamente eran “los buenos”.

Había sucedido algo terrible y nosotras, las niñas, lo intuíamos a medida que fuimos creciendo. Porque de aquella tragedia no se hablaba en nuestra presencia. Mi tío Alejandro Ruiz-Huerta siempre fue un tipo muy cordial. Muy querido en la familia, a pesar de sus “extravagantes ideas sociales”. Pero, a raíz del atentado, su militancia comunista había quedado a la vista de todos: una deshonra para una familia burguesa, católica y “de  derechas de toda la vida”.

-¿Qué pasó con el tío Jandro?- me atreví, por fin, a preguntarle a mi padre. Me dijo que había abierto un despacho con sus amigos para defender a los trabajadores y a las personas perseguidas por la represión franquista. En aquel despacho colectivo todos ganaban lo mismo, abogados y administrativos, y el local se compartía con sindicalistas para celebrar reuniones y asambleas políticas. A los trabajadores que acudían allí buscando justicia se les cobraba lo menos posible, porque el objetivo del despacho no era el beneficio sino luchar por la democracia y los derechos sociales: una actividad considerada peligrosa por los fascistas. La supuesta “maldad” de aquellos comunistas era su compromiso inquebrantable con la justicia, la democracia y la libertad.

Aquel 24 de Enero de 1977, unos pistoleros entraron en el despacho de Atocha y encañonaron a los abogados contra la pared. “Las manitas…. esas manitas, bien arriba… esas manitas”. Les dispararon a bocajarro. Una y otra vez. Y otra vez más. Y otra. A sangre fría. Asesinaron a cinco personas e hirieron gravemente a cuatro. Mi tío Alejandro recuerda que fue el primero en caer. Salvó la vida gracias a que la bala, directa al pecho, impactó contra la pluma estilográfica que llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Un regalo que acababa de hacerle su entonces compañera. Luego cayeron sobre él cuerpos y más cuerpos, inertes, cubiertos de sangre. Y los remataron en el suelo. Uno a uno: Luis Javier, Enrique, Francisco Javier, Serafín… Que no quedara nadie vivo, era la consigna.

Aquel atentado y la reacción de repulsa, silenciosa y masiva, de miles y miles de personas, comunistas del PCE, sindicalistas de CCOO, el Colegio de Abogados, y la gente de la calle, fueron decisivos para la historia de nuestro país. En el  impresionante silencio que acompañó aquél entierro germinó la democracia española.

Años más tarde, cuando acabé el colegio, conocí muy de cerca a dos abogados que tuvieron que salir huyendo de El Salvador, tras haber acusado al Ejército de ser responsable del asesinato de Ellacuría y los demás jesuitas españoles. Huyeron con lo puesto, amenazados de muerte y tachados de “comunistas”. Mis padres, amigos del sacerdote Ignacio Ellacuría, los acogieron varios meses en nuestra casa hasta que el Gobierno de España les buscó otro alojamiento. La historia de aquellos dos hombres valientes, héroes anónimos que se jugaron la vida por la verdad y la justicia, me impresionó tanto que decidí matricularme en la Facultad de Derecho.

Pero, al acabar mis estudios, me sentía desilusionada: la carrera de Derecho me había resultado algo aburrida, y aquellos tomos de jurisprudencia estaban alejados de mis inquietudes y de mis primeras experiencias militantes y activistas. Me sentía perdida, sin saber cuál era el paso siguiente. Entonces conocí a las abogadas de la Coordinadora de Barrios y de la Asociación Libre de Abogados (ALA). Gente que llevaba años defendiendo a las personas excluidas: a los yonkis, a los presos, a los chavales pobres que robaban, a las mujeres, a los inmigrantes. Habían protagonizado luchas que acabaron en importantísimas conquistas sociales: introdujeron en el Código penal de 1995 las circunstancias atenuantes por drogodependencia, y la posibilidad de suspender la pena a cambio de participar en programas de deshabituación, en una España que, en los años 80 y 90, tenía las cárceles pobladas de drogodependientes. Y consiguieron que el Tribunal Supremo declarara ilegal el régimen FÍES para los presos, y que los menores extranjeros (MENAS) no pudieran ser expulsados de nuestro país. El compromiso social de aquella gente me enamoró, y con mis escasos ahorros me colegié y me hice abogada.

Trabajé tres años en el poblado de las Barranquillas, como abogada de los usuarios de un programa de Metadona. Aprendí el oficio y adquirí una mirada de la profesión que ya nunca me abandonaría. Por eso después vino el SOJ penitenciario, y el Turno de Oficio, y las clases de derecho penitenciario en la Universidad Carlos III, en las que nunca faltó el testimonio de alguno de mis defendidos, con relatos sobrecogedores sobre el sufrimiento humano en los circuitos de la represión penal del Estado, que recae con todo su peso sobre los más desfavorecidos de la sociedad. Aquellas historias cambiaron muchas vocaciones de mis alumnas, que abandonaron sus aspiraciones de hacer prestigiosas oposiciones, y empezaron a defender a gente marginada.

Esta maravillosa carrera, a la que dediqué casi doce años, no estuvo exenta de dificultades: la dureza de la asistencia a las personas detenidas durante las guardias; la prepotencia de ciertos jueces y funcionarios que no entienden el principio de igualdad de armas, o las querellas a las que tuve que hacer frente cuando denuncié malos tratos en el sistema de detención… No es fácil ejercer la abogacía, cuando se defiende a los parias de la tierra. Todavía lo es menos en otros países, como Egipto o Colombia, donde los abogados arriesgan su libertad o su vida cuando defienden los derechos más esenciales, como hicieron los abogados de Atocha.

Por eso es tan importante mantener vivo su recuerdo, cuarenta y un años después. Porque en su memoria está la dignidad de todos los abogados y abogadas que hoy continúan defendiendo las causas más justas, muchas veces perdidas de antemano. Lo dijo el poeta Paul Éluard, con mejores palabras que las mías: “Si el eco de su voz se debilita, pereceremos…”

Ser abogado de causas justas es una profesión de riesgo, pero también la más hermosa del mundo. Mi pequeño y modesto homenaje a los que ejercéis la abogacía de forma alternativa, en un día como hoy, tan especial en el corazón de los abogados y abogadas.