Opinion · Dominio público

La amenaza de la mina de litio a cielo abierto en Cáceres

Antonio Tomás Cortés Rodríguez

Cacereño, Licenciado en Derecho y escritor.

Antonio Tomás Cortés Rodríguez
Cacereño, Licenciado en Derecho y escritor.

El 21 de enero de 2018 ha sido el día en el que, participando en una ruta senderista, el pueblo ha atendido a la llamada de dolor de la Sierra de la Mosca. Una fecha que en Cáceres recordaremos dentro de unos años con el regusto de los grandes acontecimientos históricos.

Habrá quien recuerde el ambiente de expectación y alegría percibido en la Plaza Mayor según se iban congregando los cacereños, o cómo a su discurrir se iban añadiendo gentes venidas de otros lugares, como Valencia de Alcántara o Mérida. Habrá quien recuerde esos ríos de ciudadanos, de todas las edades, perfiles políticos y credos, trepando a las faldas del Santuario de la Virgen de la Montaña para abarcarlo y así rodear también en un abrazo de respeto y protección a ese otro santuario natural que peligra bajo la amenaza de un mina de litio a cielo abierto, cuyo corte quedaría a poco más de seiscientos metros del lugar en el que pacíficamente reposa la imagen de la patrona cacereña, hasta ahora despreocupada de lo que se viene tramando a sus espaldas. Habrá quien recuerde con una sonrisa la ternura con la que unas niñas iban recogiendo en bolsas diversas basuras, que días antes habrán sido abandonadas en la cuneta del camino por personas quizá mayores que ellas, aunque solo en edad, y no en responsabilidad. Habrá quien recuerde con espanto y rabia el mástil de la máquina de sondear que sobresalía por encima de la vegetación de la ladera de enfrente, como un dardo amarillo clavado sobre la superficie de la tierra para violentar y desentrañar todos los secretos aún guardados a quinientos metros de profundidad. Habrá quien recuerde las proclamas reivindicativas junto al solar del antiguo hospital de tuberculosos, el lugar en el que aún se puede sembrar una semilla de progreso para el entorno del valle de Valdeflórez, un campo virgen para la prometedora economía verde circular. Habrá quien recuerde el dron sobrevolando una entregada muchedumbre que coreaba con convicción la consigna grupal: «¡Salvemos la Montaña! ¡No a la mina!». Habrá quien recuerde la profesionalidad con la que unos voluntarios para nada profesionales culminaron el reparto de las raciones de comida, dispuestas para los centenares de personas allí presentes. Habrá quien recuerde la placidez de los rayos de sol y la templanza del aire acariciando la piel, o los instantes entregados placenteramente a compartir viandas entre estimulantes conversaciones con conocidos y también con desconocidos…

Habrá quien recuerde el día de hoy por todo eso, pero yo lo recordaré como el día en el que la ciudadanía de Cáceres se sacudió su indolencia y dio un golpe sobre la mesa del conformismo. Con suavidad, pero con firmeza, ha expresado alto y claro lo que sí desea para su ciudad y su futuro, y aún más alto y más claro lo que no está dispuesta a tolerar bajo ningún concepto, por mucha persuasión que utilicen los mercachifles vendedores de humo, los cuales a cara destapada sirven por dinero a quienes prefieren ocultar sus rostros.

Es paradójico que el pasado de la ciudad de Cáceres haya estado profundamente vinculado con la minería. La fosforita descubierta en Aldea Moret en 1864 y la posterior implicación personal del influyente político Segismundo Moret consiguieron para la villa de Cáceres no solo el tren, inaugurado en 1881, sino el propio título de ciudad. Indiscutiblemente, aquella explotación minera en galerías subterráneas trajo prosperidad y desarrollo durante casi un siglo a la población y a sus alrededores.

Hoy, siglo y medio después de aquellos tiempos tan olvidados, el futuro de la ciudad de Cáceres está de nuevo vinculado a la minería. Pero esta vez no subterránea, sino a cielo abierto. Y ahora el litio, que para las cuentas de resultados de las multinacionales es una bendición, se convierte en una pesadilla, en una condena, en una espada de Damocles que pende sobre la vida. Sin embargo, poder generar empleo local en la proyectada mina, en todo caso reducido y de baja calidad, no compensaría el mayor número de empleos que sin duda perderíamos si dejara de visitar Cáceres el turismo amante de la belleza, de la calma y de los enclaves Patrimonio de la Humanidad; como no compensaría los perjuicios en el ambiente atmosférico, en la salud humana o en la pervivencia no contaminada y recarga de los acuíferos, en particular del Calerizo, esa escondida y solícita masa de agua cuya surgencia en la Charca del Marco fue el origen del asentamiento prehistórico de los primeros pobladores de estas tierras.

Hoy, ante el riesgo de que la pasividad de la Junta de Extremadura y la Alcaldía de Cáceres no pongan coto a estos desmanes promovidos por la codicia humana, la ciudadanía se ha plantado y ha dicho: «¡Basta!», para dejar bien claro que desea suscribir un nuevo contrato social, en el que tengan un lugar primordial el respeto y el cuidado de la comunidad de vida, en el que el principio de precaución sea la guía para cualquier acto que pueda ser dañino, en el que la ética obligue a que cualquier actuación de los poderes públicos esté basada en priorizar a las personas reales, las de carne y hueso, las que tienen tripas y corazón, por encima de la ficción de las empresas multinacionales mineras, sean españolas o australianas. Porque las personas deben estar siempre por encima de las cosas. Federico Mayor Zaragoza afirma que «el poder ciudadano es tan inmenso como inexplotado».

Y hoy, ante esta desaforada, salvaje e inhumana explotación que pretenden realizar Valoriza Minería, S.L. y Plymouth Minerals Limited (a través de su empresa mixta Tecnología Extremeña del Litio, S.L.), las gentes de Cáceres han decidido que es urgente explotar otro recurso. Va siendo hora de que la Unión Europea se entere de que, para la propia supervivencia de la ciudad como la conocemos, el recurso verdaderamente estratégico no es el litio, sino el poder ciudadano consciente de sí mismo. Ese poder ciudadano que hoy ha marchado pacíficamente hacia el valle de Valdeflórez, auténtico santuario para la vida, con la consigna de salvar Valdeflórez de la depredación de los capitales internacionales; un poder ciudadano consciente, como nunca en la Historia, de que salvar la Montaña equivale a salvar Cáceres. Si por indolencia, apatía o exceso de confianza permitimos que la Montaña se nuble con detonaciones de llanto y sea arrasada a dentelladas de dolor, habremos firmado una condena de muerte, lenta pero inexorable, para nuestro «pequeño Monfragüe», para la ciudad y para nosotros mismos, las personas que aquí vivimos o trabajamos.

Decía Óscar Wilde: «Nada es imposible para la humildad, y todo le es fácil al amor». La marcha de hoy ha demostrado con humildad que hay gente pequeña haciendo cosas pequeñas, movida únicamente por amor: amor a su montaña, amor a su ciudad, amor a la propia vida palpitante en ambas. Y esta es la gente para la que nada es imposible, como no lo fue para David deshacerse de Goliat. Esta es la gente que está cambiando el mundo con su pasión, su convicción, sus valores y su compromiso ético. Esta es la gente que hoy en Valdeflórez ha empezado a suscribir un nuevo contrato social para crear una nueva sociedad, en la que por encima de todo se promuevan de verdad el bienestar y la felicidad de las personas. Ningún otro sentido puede tener las creaciones humanas. Una mina convirtió a Cáceres en la ciudad del pasado. Y otra mina nos ha convertido hoy en la ciudadanía del futuro, un futuro que hoy es más esperanzador que nunca.