Por qué a la derecha no le importa la cultura

Javier Sádaba

Catedrático honorario de filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid

Javier Sádaba
Catedrático honorario de filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid

Por cultura no voy a entender cualquiera de los laberintos que se han dado en sus múltiples definiciones. Ni poner el pie en el debate antropológico sobre las distintas culturas humanas. Me limitaré a lo más cercano y familiar. A lo que se entiende por cultura en nuestro entorno. Así, se dice que una persona es culta, ilustrada o que sabe no solo de lo suyo  si su mirada es amplia  y no limitada a una tarea concreta .Y todos sabemos lo que se quiere decir. Incluso señalamos a individuos que reúnen tales condiciones. Pero en este punto, y remitiéndome a este país, se abren dos posibilidades de ser culto. Avanzo ya que la primera me parece superficial, epidérmica, carente de interés y servidora, más o menos implícita, del sistema dominante. Una cultura, en suma, y a pesar de sus apariencias, que adorna al poder, que es cómplice de este y que funciona como pegamento social para que nada cambie. La segunda, y a la que me referiré después, sería la trasformadora, la dinámica frente a lo estático y rutinario.

Una anécdota hará más claro lo que quiero decir. Hablaba no hace mucho con una señora perteneciente a la burguesía de una provincia española y con una carrera universitaria satisfactoriamente culminada. Me contaba con entusiasmo lo cultos que eran sus amigos. Se reunían con frecuencia y era un placer gozar de esa cultísima amistad. Le pregunté, por ejemplo, si discutían sobre qué podría ser el Derecho de Autodeterminación. No, de eso no. Si leían periódicos alternativos on-line. Ni idea de su existencia. Si tenían alguna noción de qué tipo de lengua era el euskera y si forma parte de las restantes lenguas indoeuropeas. Le sonaba a chino. O si estaban de acuerdo con una monarquía como la existente o con una república que no privilegia a nadie por sus genes. Esto ni se tocaba. Mis preguntas continuaron por ese camino hasta que cambiamos de conversación porque, en caso contrario, deberíamos seguir hablando, solo que en chino. Pero, eso sí, no se perdían exposiciones, visitaban museos y galerías, iban con cierta regularidad al teatro o a algún concierto y leían, muy de vez en cuando, uno de los best-sellers en el mercado. Esa era la cultura.

Pienso que este tipo de cultura posee tres componentes. Y los tres son uno de los soportes del sistema, no incomodan al mercado y son agradecidos por los políticos, del signo que sea, siempre que manden. La primera consiste en llenar de esta manera el vacío cultural sin tocar, ni de refilón, la vida político social. La segunda pensar que su compromiso político quedaba cubierto si votaban cada cuatro años y protestaban, con la cantinela habitual, contra la corrupción o cualquier otro de los males que, por evidente, no es posible dejar de lado. Y la tercera, tal vez la decisiva, porque se veían arropados, justificados y hasta agraciados por toda la corrección política que destila la seudoizquiera. Los medios de comunicación, los diferentes oficiantes de intelectuales y todo un ambiente  en donde llamarse socialdemócrata, o liberal, es como apelar a un inequívoco pedigrí, son el colchón perfecto para esta , así llamada, cultura. El tridente en cuestión es eficaz para mantener lo establecido. Todo está en su sitio. Nada peligra. Y la economía en manos de los que se consideran intocables dictando sus normas a sus cómplices políticos. El circuito cultural se ha cerrado.

Estando así las cosas, a la derecha real le da igual que gestione la cultura la izquierda, solo simbólica, pero tan real como ella. Se reparten las cartas. Dando una conferencia   en Latinoamérica me preguntaron por qué los intelectuales en España eran mayoritariamente de izquierda. Difícil de responder. Porque los que suelen aparecer como intelectuales son los que quienes mueven los hilos eligen como tales aunque su altura intelectual sea mediocre. Basta que los tomen como tales y los fieles aplaudirán hasta con las orejas. Y, lo más grave, habría que repetir a quien me hacía la pregunta lo dicho anteriormente. Lo que implica remover prejuicios, contrastar objetivos políticos y, cómo no, saber de qué política estamos hablando y qué es lo que ha ocurrido en este país en los últimos años. Una tarea titánica en estas tierras y en aquellas. Sea como sea, la derecha puede estar tranquila. El flanco que no ocupa está bien guardado.

Una cultura realmente transformadora es otra cosa. Se mete en los muchos huecos de la sociedad y contempla las injusticias y los lavados de cerebro a los que se somete a la gente. Y no se conforma con pertenecer a una ONG o dar limosna. Critica activamente, sin olvidar nunca la autocrítica, al dinero con poder casi divino, una educación hecha a medida de lo correcto, e incide en todo aquello en lo que hay que comprometerse. Por so estará en la calle, se manifestará  contra lo que le parece pura imposición y articulará pequeñas alternativas que, al final, se acerquen al ideal de una sociedad justa.

Esta segunda forma de ser cultos trabaja teórica y prácticamente. Y, cosa importante, tiene una visión del mundo que no es miope y está en cambio contante en función de lo que sucede a nuestro alrededor. De lo dicho no se desprende, en modo alguno, que no haya que ir a un concierto o al cine. O pertenecer a una ONG. Al culto de verdad todo le importa. Pero lo integra en una imagen determinada y una praxis determinada. La imagen es lo más opuesto a los antes citados medios que dominan el panorama y nos imponen, como a niños, lo que debemos pensar y hacer. Y la praxis hay que buscarla en la vida cotidiana. Ocasiones no faltan para ello. Claro que si uno se pone el chaleco socialdemócrata, y nada digamos el liberal, se creerá a salvo. Solo le recordaría que, como ya está inserto en su etimología, el culto es quien se ha cultivado. Y un cultivo realmente humano pone en marcha todas nuestras capacidades. Una, la que nos hace crecer en humanidad, consiste en conectar con el resto del mundo en todo aquello que es esencial. Y es esencial que no nos engañen, soñar, y en lo posible despertar, con un mundo alternativo. Es esta la cultura que deberíamos empezar a enseñar desde la guardería.