Opinion · Dominio público

Nuevos pasados

Claudio Zulian

Cineasta y artista @claudiozulian1

“Pero Amos, ¡nosotros tenemos pies y no raíces!”. Así contestó el gran novelista judío-estadounidense Saúl Bellow al realizador israelí Amos Gitai, un día que éste último se quejaba de que sentía sus raíces inseguras, poco definidas. La ironía de Bellow trae magistralmente a la luz un primer sentido profundo de esta metáfora vegetal-cultural: es un intento de inmovilización. Quién la usa,  no sólo está afirmando que él mismo no se mueve – o que le gustaría no moverse -, sino que tampoco le parece legítimo que los otros se desplacen. Se trataría, a la postre, de un destino casi biológico: si alguien tiene raíces en un determinado lugar, no puede más que crecer allí  y ser, además, un árbol de tal tipo.

Este rasgo biológico, implícito en la metáfora de las “raíces”, nos revela otro trasfondo mucho más inquietante – peligrosamente cercano a las teorías de la determinación biológica de la cultura que estuvieron en boga en el siglo XIX. El racismo moderno se quiso entonces fundamentar en el rápido progreso científico de la medicina y la biología. Así, cada supuesta “raza”, cuya definición se intentaba a partir de mediciones de varias características corporales, tenía unos correspondientes  rasgos culturales, también supuestamente debidos a la herencia genética: los blancos eran emprendedores, los negros perezosos, los amarillos sumisos… Sólo para recordar algunas de las imaginarias diferencias cultural-raciales basadas en el color de la piel. Desde este punto de vista, la expresión “raíces culturales” parece una versión más aceptable y menos agresiva de la “cultura de la raza”.  La sensación de turbadora cercanía entre estas dos expresiones es reforzada además por la historia de las propias palabras: raza y raíz tienen el mismo origen etimológico. En suma, es mejor evitar las dos.

¿”Herencia cultural” entonces? Esta locución aparenta ser más inocua. La herencia son los bienes que una generación lega a la siguiente: en la herencia no hay ninguna metáfora biológica, ni implícita ni explicita. Sin embargo, encontramos otra idea que sí anida en “raza” y “raíz”: nosotros no somos responsables de los contenidos que nos son legados. No pudimos tener intervención alguna. En el momento de recibir la una herencia, ni siquiera pudimos elegir o reordenar sus partes: era un todo ya formado el que nos era entregado.

A todas las palabras que acabamos de analizar, subyace un mismo intento de objetivación: ciertos rasgos culturales estaban allí, ya configurados, antes de que nosotros naciéramos. Pueden depender de nuestros genes, del carácter o del trabajo de las generaciones anteriores, pero son reales, completos e incontrovertibles. Es justamente este carácter objetivo que hace de ellos los pilares de la identidad. Se les considera rasgos que se perpetúan más allá del paso de las generaciones. La identidad – la permanencia de lo idéntico a sí mismo – no puede sostenerse de ninguna manera si no se supone que algunos de sus elementos son independientes de la persona o del grupo. Éstos, por lo tanto, tienen que existir más allá de las intenciones y los intereses de quien los reivindica. Así, por ejemplo, una identidad nacional se basará en “objetivas” raíces histórico-culturales, encarnadas en una serie de hechos y personas del pasado.

Sin embargo, no sólo hemos visto como la irónica observación de Saúl Bellow arruinaba fácilmente la metáfora de las “raíces culturales”. O como la idea de “raza” ha caído en descrédito por sus trágicas consecuencias – y por la refutación de estudios como los de Cavalli-Sforza, quien mapeó la herencia genética de los humanos modernos y demostró lo irrelevante de las diferencias morfológicas visibles (los colores de la piel, por ejemplo). Toda idea de permanencia de un núcleo identitario invariable, no aguanta, además, el análisis de su propia historia: lo que en cierto momento es considerado fundamental para la identidad – cierta batalla, cierta declaración – resulta ser un hecho antes olvidado y magnificado sólo en los últimos decenios. La historia como explicación de las raíces y las herencias, es continuamente reescrita para servir al proyecto identitario. Y es justamente esta continua puesta al día, la que nos permite, de pronto, entender que estamos esencialmente ante un intento de legitimación. De todos los hechos que nos ofrece el pasado, el proyecto identitario selecciona unos cuantos, los ordena, otorga a  ese orden un sello de objetividad y afirma nacer de ello. Como dice Flavio Cassinari: “A menudo, a través, por ejemplo, de un típico acento sobre el culto de los muertos, el pasado se vuelve proyección de un presente que, imbuido de resentimiento y reivindicación, no sabe reconocer cuánto de sí mismo hay en la representación de ese pasado. Un presente que carga el pasado con el peso con su propia identidad, puesto que se siente inseguro de ella”.

Aparece entonces una pregunta muy fértil desde el punto de vista político: ¿Quién o quienes quieren legitimarse? ¿De qué trata la historia que han construido? ¿Quiénes son los protagonistas, quiénes los secundarios? ¿Quiénes los ausentes? ¿Será una historia de batallas y grandes nombres? ¿Será una historia de los “nativos”? ¿Será una historia de los que acaban de llegar? ¿De los pobres o de los ricos?

No cabe ninguna duda, por ejemplo, que cuando el gobierno polaco de los hermanos Kaczy?ski, apoyado también por Berlusconi y otros, quería que en la constitución europea figuraran las “raíces cristianas” del continente, estaba intentando excluir de la compleja reconfiguración de nuestra sociedad a los recién llegados de otros continentes – sobretodo asiáticos y africanos – e intentando asegurar que ni Turquía, ni Bosnia formaran parte de Europa, como en cambio históricamente se podría sostener. O que pretender inscribir ahora el inglés en la constitución como lengua oficial de  Estados Unidos, porque era la lengua de los “padres”, es un intento de exclusión de los latinos – entre otros.

Sin embargo, considerar los proyectos identitarios como formas de legitimación política en el presente, no nos permite solamente articular con mayor precisión una crítica a las narraciones históricas hegemónicas. También – y sobretodo – nos abre un campo de acción. Cuando Walter Benjamin habla de la “débil fuerza mesiánica” que tiene cada generación, está indicando justamente el poder de este proceso de construcción de la historia.  Es débil porque los enemigos son poderosos. Se identifican a sí mismos construyendo un pasado que legitima su poder en el presente. Construir otro pasado es luchar en el presente para romper hegemonías opresoras y afirmar nuevas políticas más justas. No hay activismo realmente eficaz que no suponga un trabajo histórico-cultural profundo y, sobretodo, creativo.

No se trata, no obstante, de echar simplemente mano de otras narrativas, como si de una caja de herramientas se tratara. No hay “significantes vacíos” neutros, disponibles e intercambiables, ni nosotros mismos estamos en condición de elegir, como si nos halláramos delante de un menú. Ni tampoco podemos imaginar una historia completamente nueva. Como nos recuerda Cassinari mismo: “Allí donde vale sólo lo que es nuevo, allá las cosas envejecen demasiado rápidamente y allá no puede haber ni transformación ni revolución. Las cosas envejecen demasiado rápidamente donde el presente no entiende que tiene un pasado propio y específico…”  Re-construir el pasado es re-producirnos a nosotros mismos desde dentro de las historias e identidades que nos produjeron. No hay un afuera desde el que crear una historia u otra. Nuestra posibilidad consiste, más bien, en explorar los límites del contexto actual, forzarlos y desde allí ensayar nuevos pasados. Con ello nos ensayaremos a nosotros mismos como personas no nuevas sino renovadas.