Opinion · Dominio público

¿Es la UE un actor global?

ENRIQUE GUERRERO

La UE y China celebran hoy una cumbre de singular importancia. De aquí a fin de año se encadenarán la cumbre UE-EEUU (20 noviembre, Lisboa) y la de UE-África (29-30 noviembre, Trípoli). El G-20 se reunirá en Seúl, y tendrá lugar la cumbre de Cancún sobre el cambio climático. Una agenda de gran relevancia para la Unión.
China es ya la segunda o tercera economía mundial, y la mayor exportadora. Segundo socio comercial de la UE, tenemos con ella un déficit anual superior al PIB de
España. Es, cada vez más, banquera de nuestra deuda. Hay mucho que negociar en el campo comercial, industrial y tecnológico. Pero China es actor determinante en seguridad, por su ubicación respecto de India, Pakistán o Corea del Norte, o su influencia en Irán para frenar la proliferación nuclear; o respecto del cambio climático, como gran emisor de gases; o por su influencia en África, con acceso a materias primas y territorio, con intensas políticas de cooperación exentas de escrúpulos ideológicos; o por lo que concierne a derechos humanos.
El G-20 agrupa dos tercios de la población del planeta, el 80% del comercio y el 90% del PIB mundial. Hasta ahora no ha conseguido articular una coordinación real de las políticas macroeconómicas, ni avanzar en las reformas financieras, ni concretar acciones decisivas contra paraísos, evasión fiscal y movimientos especulativos, ni avanzar en la tasa sobre transacciones financieras, etc.). Y, a medida que la crisis se aleje, se debilitarán los impulsos reformistas.
Con EEUU sumamos el 50% de la economía mundial. Pero la cumbre, que aprovecha una reunión de la OTAN, viene tras el desencuentro durante la Presidencia española, y después de que EEUU haya mostrado un interés descriptible por la Unión asumiendo que el eje del mundo gira hacia Asia. Nos arriesgamos a que se configure un G-2 que nos salte por encima,
dejándonos como una potencia sin presencia.
La cumbre UE-África reunirá a 80 países, y entre los 53 africanos están la mayoría de los más pobres del mundo, especialmente castigados por la crisis. Con crecimiento débil, menos inversión externa, peor acceso al crédito internacional y más deuda, caída del precio de materias primas, menos remesas de los emigrantes y recortes de la Ayuda al Desarrollo, gran parte del continente –en el que proliferan conflictos, arraiga el fundamentalismo y operan organizaciones terroristas– vive una muy difícil situación. Este escenario está descrito en mi Informe sobre los efectos de la crisis financiera y económica mundial en los países en desarrollo y en la cooperación al desarrollo, aprobado en marzo por el Parlamento Europeo.
Hoy parece haber peores perspectivas para Cancún de las que había hace un año para Copenhague, pero las evidencias del cambio climático se han reforzado. Tenemos un problema mayor y menos tiempo para resolverlo. Nos jugamos no sólo el futuro, sino el hecho mismo de que haya futuro. La UE plantea la mayor reducción de gases, pero corremos el riesgo de ser ignorados, como pasó en Copenhague con la formación del G-5 (EEUU, China, India, Suráfrica y Brasil), que nos apartó de las negociaciones reales.
Al acabar este periplo de cumbres se habrá cumplido un año de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, cuyo objetivo era hacer de la Unión un auténtico actor global, factor de paz y seguridad, con una influencia política acorde a su dimensión económica y modelo social. Es, pues, un momento decisivo para contrastar si hemos avanzado lo suficiente, si somos más fuertes en un mundo cada vez con más protagonistas. Pero, sobre todo, si lo hemos hecho como tal Unión. El balance no es muy satisfactorio. Tiene luces, la UE ha hecho avances en el terreno del gobierno económico, la coordinación de las políticas económicas o la supervisión financiera. Pero predominan las sombras, y los problemas que teníamos antes de Lisboa los tenemos ahora, con el agravante de que nadie nos esperará si seguimos a marcha lenta o nos quedamos parados.
El problema fundamental es que estamos muy lejos de ser E Pluribus Unum (“De muchos, uno”); hemos dado pasos adelante pero también muchos hacia atrás. No somos uno, sino 27, muchas veces con intereses, estrategias y comportamientos nacionales diferentes. Veintisiete actores no pueden aspirar a ser tenidos en cuenta en las reuniones en las que siempre hablan y deciden menos de diez. Tenemos varios discursos en el Consejo de Seguridad, en las instituciones financieras internacionales, en el G-20. No tuvimos mano en Copenhague, fuimos demasiadas voces en la Cumbre sobre los Objetivos del Milenio (en Nueva York intervinieron 16 primeros ministros de la Unión, otros representantes de los restantes 11 países, más el presidente de la Comisión Europea), y hemos enmudecido en las negociaciones abiertas sobre Oriente Medio, a pesar de ser parte del Cuarteto, de tener a Tony Blair como enviado especial y de ser el principal donante a los palestinos. Hay demasiados escenarios relevantes en los que no estamos ninguno y otros muchos a los que vamos demasiados de nosotros.
Por eso, luego de casi un año de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, constatamos que no ocupamos en el mundo la posición que nos corresponde, pero tenemos que preguntarnos honestamente si no estamos exactamente donde nos merecemos. En las próximas semanas tenemos oportunidades para dar un salto real. O nos arriesgamos a volar tan bajo que pasen por encima de nosotros los otros actores, cada vez más, que miran alto y a lo lejos. Y que tienen una sola voz. La que nos sigue faltando a nosotros.

Enrique Guerrero es eurodiputado socialista

Ilustración de Jordi Duró