Opinion · Dominio público

El extraño caso de un santo matamoros

El poder hipnótico de sus piedras alternas blancas y rojas provoca un estado de placidez extraña y sedante. Los arcos forman galerías de mil años. No parece que se dirijan a ningún lugar en especial. En el sureste está el nicho que sostiene la concha del mihrab, pero en realidad carece de importancia, pues la estancia parece recreada para envolverte en una matriz cóncava. Es como pasear por un bosque de hojas perennes, donde los árboles siempre dan sombra. Algunos de los millones de turistas que acuden al templo, saben que penetrar en el interior de ese edificio, es como hacerlo en el sancta sanctórum de una civilización.

La mezquita de Córdoba también es el lugar que añoran algunos musulmanes, aunque es difícil entender el porqué de esa aspiración maximalista, cuando es tan notoria la precariedad de los miles de oratorios y frías naves industriales apartadas en tristes polígonos.

Luego, esa torre-campanario de 54 metros de altura, insignia de los dueños del cabildo catedralicio, desde donde se gestiona-al parecer con gran acierto- el peaje al que religiosamente contribuye el homo turisticus.

Es evidente que toda conquista impone su programa de aculturación. Es inevitable. Lo que resulta doloroso es observar al santo Santiago (matamoros) pisoteando con los cascos de su caballo las sarracenas testas. Es una imagen cruel, un golpe en el corazón. No hay dudas sobre la propiedad del templo.

Los derechos de explotación corresponden a esa fe triunfante, perpetuando así una victoria simbólica, transmutada por obra alquímica contemporánea en una jugosa fuente de opaca riqueza.

Los hitos que quedan impresos en la identidad colectiva son mucho más difíciles de cuestionar, y es innegable que el mauro encarna todo tipo de errores y catástrofes, las plagas que un día los españoles decidieron sortear con eso que llaman democracia.

Sin embargo, sería fácil vincular-desde una perspectiva histórica- el norte de África con Europa. Dinastías romanas y padres de la Iglesia fueron de origen norteafricano. La continuidad espacial y política a ambos lados del estrecho ha sido una constante en numerosos periodos, al menos hasta la aberrante cosa de la limpieza de sangre.

Finalmente-tal vez más pronto que tarde- retirarán al santo, u ocultarán las morunas cabezas –tal y como ha sucedido en Santiago de Compostela.

Pero la más poderosa valla de espino es la que levantan las mentes. Y es muy difícil cortar esas concertinas tendidas por los prejuicios. En nuestro imaginario, el mauro ha sido el enemigo número uno. En definitiva, son los derrotados por la eficacia de la modernidad. Refractarios ideológicos al binomio y canon de la civilización judeocristiana, un auténtico despropósito para el tercero en discordia. Reivindicar Sefarad-y dar la nacionalidad a los descendientes de aquellos hispanis- es tan atractivo como loable, pero tendríamos que reconocer también a los antepasados de los moriscos expulsados de la península.

 Probablemente toda esa escenografía guerrera es rechazada por la mayoría de los españoles, aunque persiste un atavismo capaz de despertar los instintos más bajos hacia nuestro (supuesto) gran enemigo histórico.

Tantas identificaciones erróneas con valores alimentados por la mal llamada reconquista generan incomprensibles cepas de animadversión, como aquellos dos ultras que patearon en Barcelona a una mujer embarazada que vestía un niqab. Desde el año 2015 se han multiplicado por 11 los casos de odio contra los mauros en nuestro país.

Pero el odio- o el amor- no se pueden cuantificar. Se sienten, con más o menos intensidad. Los últimos acontecimientos nos indican una situación preocupante. ¿Estamos en la antesala de un pogromo silencioso que conduce a una situación irreversible para las próximas generaciones?.

Exorcizar la cultura de sus peores manifestaciones no es fácil. Hay que bajar al santo del caballo conquistador, pobre hombre.

Esos gestos importan.