Opinion · Dominio público

El tsunami de Feijóo sobre el sistema sanitario

Pedro Soler

Médico y miembro fundador de la Asociación Batas Blancas. Fue gerente de Atención Primaria en Palma de Mallorca, director médico del Complejo Hospitalario de A Coruña y gerente de los hospitales de Burgos, Pontevedra, Ourense y O Salnés.

Nadie duda de que un hospital, además de ser un centro que ofrece servicios de salud, es una entidad de enorme impacto social y económico en las comunidades donde se implanta. Y que uno de los principios básicos del Sistema Nacional de Salud es la equidad, referida a prestar servicios de salud de igual calidad independientemente del volumen mínimo, el lugar geográfico, el género, nivel de renta, edad o cualquier otra circunstancia o condición. Toda la patología básica y que afecta a un mayor número de personas debe ser tratada con las máximas garantías y en igualdad de condiciones con independencia de su lugar de residencia.

Bajo estos principios, junto a los de calidad, eficiencia y eficacia, se desarrolló en Galicia, atendiendo a su distribución demográfica, una infraestructura de atención sanitaria pública compuesta por centros de salud, puntos de atención continuada (PACs), hospitales comarcales y hospitales de referencia para las patologías más complejas y que afectan a un menor número de población.

El impacto de los hospitales comarcales supuso, aparte de su contribución a la salud de la población, la creación de entre 300 y 500 puestos de trabajo directos, con enorme repercusión en la población joven y en el empleo femenino, en los proveedores y empresas locales, en el mercado inmobiliario y en la disminución del gasto y de los trastornos familiares al evitar numerosos desplazamientos a otras áreas sanitarias. Sin hablar de aspectos más intangibles, como su contribución al valor añadido de las marcas respectivas de cada comarca donde se implantaron: Burela, Monforte, O Barco de Valdeorras, Verín, Salnés, Barbanza y Cee.

Las nuevas Estructuras Organizativas de Gestión Integrada (EOXIs) se implementaron en Galicia entre el 2010 y el 2013, unificando la gestión de todos los recursos sanitarios en 7 estructuras directivas que coincidían con los grandes hospitales de referencia: A Coruña. Santiago, Vigo, Ourense, Lugo, Pontevedra y Ferrol.

Supusieron la pérdida total de la autonomía de los Hospitales Comarcales y de la Atención Primaria. Se les privó del presupuesto económico y de la capacidad de gasto, así como de toda su estructura directiva, administrativa y de gestión y, lo más importante, de su capacidad de decisión.

Las EOXIs son una macroestructura dirigida por un gerente/político acompañado de más de 20 directivos nombrados por libre designación, con numerosos servicios externalizados (prestados por empresas privadas), con un claro sometimiento de toda la asistencia al gran hospital de cada área y con una toma de decisiones centralizada y alejada de los pacientes y de los trabajadores de los centros periféricos (atención primaria y hospitales comarcales).

Este hospitalcentrismo y concentración de poder ha supuesto que se haya primado la eficiencia (costes) frente a la eficacia, la efectividad (nivel de salud de la población) y la equidad (accesibilidad) de todos los habitantes de las comarcas y áreas rurales frente a las grandes urbes.

Esta lejanía de los gestores, su desvinculación de los centros y de sus empleados, su falta de sensibilidad, la pérdida de la autonomía presupuestaria y otros muchos motivos ha llevado a que, en estos últimos años los centros hayan perdido, cuantitativa y cualitativamente, muchos servicios de enorme repercusión en ambos sentidos sobre la población.

El paradigma de lo que ha pasado con las EOXIs puede ser perfectamente lo que ha ocurrido con O Salnés desde la creación de la EOXI Pontevedra-Salnés en el 2011. Pero pasa lo mismo, en mayor o menor grado, según el gerente responsable, en el resto de las áreas sanitarias.

Se han cerrado servicios y especialidades obligando a traslados costosos, económica y socialmente, a la población. Se disminuyó la calidad que se prestaba y se eliminó la autonomía y personal. Los recursos disminuyeron y se paralizaron los proyectos de nuevas unidades y prestaciones.

Los especialistas de los hospitales comarcales son considerados de segunda categoría, porque, para derivar a pacientes al hospital grande, sus decisiones deben de ser revisadas por otro facultativo de la misma especialidad.

El desplazamiento de especialistas desde el hospital de referencia a los comarcales no es ninguna mejora, es recuperar la sanidad de los años 70 y 80 con la ambulatorización de la asistencia especializada. Los hospitales son mucho más que unos especialistas que pasan consulta. La convivencia y las relaciones formales e informales entre las distintas especialidades es lo que aporta verdadero valor añadido y lo que configura un buen hospital. Un hospital no es bueno por ser grande, es bueno por la calidad de sus servicios y de sus profesionales y una cartera de servicios adecuada a las necesidades de su población.

Si hablamos de atención primaria, la situación es todavía más grave: No se ha mejorado la coordinación entre los dos niveles y persisten las barreras de siempre, siendo la principal el acceso a pruebas diagnósticas y complementarias. En algunas especialidades se les ha prohibido derivar pacientes sin antes realizar consulta telemática. Han disminuido los recursos humanos, sobre todo médicos de familia y pediatras, lo que ha provocado una sobrecarga inasumible y unas demoras para acceder al médico de cabecera impensables hasta hace unos años.

La reforma de la ley de salud de Galicia va precisamente en la consolidación y el agravamiento de todo este tsunami que hemos intentado exponer. Consolida y refuerza las EOXIs y da legalidad a este personal directivo nombrado “a dedo” para trasladar, a su antojo, al personal.

Pero, siendo todo lo señalado de la máxima importancia considero que lo fundamental ha sido, y será aún mas grave, la pérdida/fuga de grandes profesionales, la nula sensación de pertenencia e identificación con los objetivos, la pérdida de la motivación, ilusión, orgullo, prestigio,  visión de futuro y la satisfacción del trabajo bien hecho con el reconocimiento de la sociedad a la que servimos y, cada vez más, la politización de nuestro sistema sanitario.