Opinion · Dominio público

La Europa racista

“Obras hacen linajes, no nombres ni trajes”.

Es extraño que en España se practique la exclusión social y el racismo de un modo tan intenso. Especialmente después de largos siglos de mestizajes, obra de ingeniería racial casi extraterrestre, que provocó auténticos escándalos en la puritana Europa.

Ahí tenemos las “cruzas”. El reino de la pigmentocracia. Criollos, mestizos, mulatos, cuarterones, quinterones, saltapatrás, patizambos, chinos, moriscas, tente en el aire, rechinos, torna atrás, coyotes, y un sinfín de individuos fronterizos y remezclados, que han transgredido las fronteras étnicas, tal y como señalan Gruzinski y Carmen Bernand en su Historia del Nuevo Mundo, los mestizajes (1550-1640). La poligamia recurrente, tanto entre los indios como los europeos recién llegados, contribuyó a ese universo multirracial y estratificado, algo que en absoluto se podían permitir en una Europa que ya ensoñaba con el harén turco de Suleiman.

Pero como se decía con cierta frecuencia en la América española, “fornicar no era pecado”.  “No era pecado estar amancebado con esclava porque era su dinero”, recogen los archivos de la inquisición en San Luis de Potosí, tras el proceso abierto a un comerciante.“En las ciudades los amores prohibidos que vanamente perseguía la justicia eclesiástica eran burlados. …español e india, español y mestiza, mestizo e india, mulato e india, un sastre y una criada, un barbero y una viuda, un mestizo y una vendedora de chocolate, un músico, un carpintero, un hostelero, un fundidor, todos ellos españoles, e indias de origen modesto que solo llevaban un nombre de pila; Lucía, Juana, Ana, María…”.

Los colonos europeos no sentían la presión de la vieja sociedad estamental en el Nuevo Mundo, aunque la sustituyeron por la estratificación racial de castas. Los poderosos encomenderos lo eran todo; señores e incas de esas extrañas indias.

Mientras, la Iglesia luchaba por integrar a esa enorme masa de mestizos en los engranajes del imperio.

Aunque en España estaban prohibidos los matrimonios mixtos con judías y mudéjares, las relaciones sexuales no dejaron de practicarse. No sorprende en esta bisagra de la Europa occidental, agradables hespérides que muchos eligen para acabar sus días bajo los transparentes y despejados cielos peninsulares.

Desde esta perspectiva, los escrúpulos contemporáneos hacia otras etnias o razas son ridículos, pero también muy peligrosos. Aquí nos tomamos muy en serio nuestra identidad. Y nos peleamos con pasión por definir quienes somos, eso sí, en oposición al vecino.

En nuestro país saltamos del alfa al omega en un soplo. Del autoritarismo, al liberalismo de bar. La modernidad fue servida como un bollo recién sacado del horno. Nos lo comimos sin esperar a que enfriase. ¿Y qué sucedió?, que la levadura sigue fermentando en el estómago, y sienta mal.

Se dice; y es cierto, que en España hay racismo. Y llama la atención en un pueblo tan dado a encuentros extravagantes con mujeres y hombres de tres continentes diferentes. Vincular racismo y xenofobia tiene sentido, aunque no es estrictamente lo mismo. Se puede sentir enorme respeto por un japonés y despreciar a un chino. Renegar de un norteafricano y besar la mano de un saudí. Unos son orientales, y otros-se dicen-árabes. ¡Cuánta diferencia!.

Un ejemplo que muestra lo poco en serio que nos tomamos la situación de los descendientes de los inmigrantes está en nuestro parlamento. Los parlamentarios/as de ascendencia forastera no superan el 1%-la más baja de toda Europa- cuando los inmigrantes rondan el 12% de 46 millones de personas. Somos el 43º país en porcentaje de inmigración. Es difícil que nos vayan a cambiar nuestros hábitos, aunque ya no hay costumbres ni claras identidades que nos definan.

¿Hay que pedir limosna para tener una representación más acorde con la realidad?

Es muy difícil imaginar-ni siquiera a medio plazo- un Sadiq Khan (alcalde musulmán de Londres) como concejal de una ciudad como Madrid.

Probablemente una jauría de notables personalidades- que se jactan de ser liberales- se revolverían contra los ideólogos de semejante perversidad. La posibilidad de que personas de origen africano o asiático puedan alcanzar cargos de relevancia, es sencillamente delirante en nuestro país. Y sin embargo ahí tenemos nuestro ejemplo latinoamericano; una fenómeno de mestizaje hasta el mareo. Pero también de exclusión y segregación.

SOS racismo ya nos sacó los colores en el 2017. El rechazo a los inmigrantes está normalizado en España. Un tercio de las trabajadoras domésticas en España no tiene protección social. Racismo institucional. Racismo social. Discriminación laboral. Hace solo unas semanas que Estrasburgo invitó a nuestras autoridades a crear un órgano específico para la lucha contra el racismo. Y aunque al parecer ya existía, su presidente dimitió en el 2014. Dice el Consejo de Europa que el fin de la austeridad debería de impulsar la política anti discriminación. Que horizonte tan estrecho. Son las sociedades integradoras las más prósperas desde una perspectiva social y económica, pero la soberbia, y la inhumanidad más cerril, solo trae pobreza, estulticia, e incapacidad para entender que la dicha está en conocer a aquellos que son un enigma desconocido.

Pero la ignorancia es tan veloz y temeraria como los linajes inventados, muchas veces a costa de evidentes injusticias. Si el positivismo de Compte inventó un sistema de gradación de las naciones, en función de su desarrollo técnico y científico, hoy existe un modo de valorar y asociar la calidad de las personas en función del país de procedencia. Y esto sí que es una barbarie.

Las tensiones siempre se manifiestan en sus polos. Desde una perspectiva histórica, los peninsulares estuvieron bajo la sospecha y el escrutinio de las iglesias de Europa. Durante cierto tiempo, los hispanos fueron los marrani, los impuros, los mezclados. Y esto en un continente donde literalmente se mataba por monopolizar el comercio de esclavos que ofrecía la América española. En términos históricos, antes de ayer.

En un espacio geográfico como el nuestro, la uniformidad de partidos políticos y poderes públicos es casi unánime; queremos a los inmigrantes, pero generalmente en silencio, a ser posible. Mano de obra, asistentas domésticas, y miles presos del paro y la exclusión. Se podrá argumentar que el desempleo es demasiado alto en España, y que no estamos para dádivas, ni mucho menos para repartir el trabajo, un bien escaso que hay que saber administrar, según nos contaban a mediados de los años 90. En realidad, la confianza abre las puertas, y la falta de autoestima las suele cerrar.

Aquí, casi todo el que viene de fuera genera poca atención, salvo si es para preguntar qué piensan de nosotros. Así estamos ensimismados en nuestras pequeñeces. Desde esta perspectiva, es natural que las universidades fracasen en la internacionalización. ¿Hay verdadero interés?. España tiene un 2,8% de estudiantes internacionales que deciden acabar un grado, cinco veces menos que en Reino Unido o Austria. Aunque atrae a un gran número de Erasmus, lo que no deja de ser significativo. Pero para las cosas serias, hay que marchar a septentrión.

Es una muestra clara-y una contradicción más- de la incompetencia en un país del que dicen que cuenta con la infraestructura turística más competitiva del mundo. Probablemente a costa de miles de trabajadores. Y aunque un inmigrante no es turista, ambos vienen de lejos dispuestos a visitarnos o hacer su vida junto a nosotros.

Es posible tomarse en serio el odio al extranjero. No se podrá eliminar con un simple deseo, sino con pedagogía y conocimiento. El sistema silencioso de estratificación social basado en la etnia o la nacionalidad es una de las causas de la pobreza en todas sus vertientes.