Cuarta ola feminista

Rosa Cobo

Profesora de Sociología y directora del Centro de Estudios de Género y Feministas de la Universidad de A Coruña

Las movilizaciones y las acciones políticas del 8 de marzo son, sin duda, una respuesta contundente a la fuerte reacción patriarcal que ha asolado nuestras sociedades desde hace tres décadas. La magnitud de estas movilizaciones ha convertido al feminismo en un movimiento de masas por tercera vez en su historia. Solo con el movimiento sufragista y con el feminismo radical de los años setenta del siglo XX el feminismo llegó a ser un movimiento de masas. Hasta ahora.

Millones de mujeres se han manifestado en las calles de  ciudades y pueblos españoles tras una jornada pacífica de huelga. Hacía años que no se recordaban manifestaciones tan masivas ni tampoco tan intergeneracionales. Mujeres de todas las edades, con una presencia rotunda de jóvenes, exigieron  el fin del acoso sexual o de la brecha salarial o de la violencia patriarcal. Sin embargo, estas manifestaciones no tuvieron lugar solo en nuestro país. Mujeres de países tan diferentes como Argentina o Turquía, entre otros muchos, protagonizaron diversas acciones políticas y se movilizaron en defensa de sus derechos.

Por primera vez en la historia del feminismo no encontramos un solo país sin presencia de organizaciones feministas o asociaciones que defiendan los derechos de las mujeres. Ahora, por fin, en el siglo XXI, el feminismo es global.

Esta movilización a escala global, alentada por una desigualdad y una violencia contra las mujeres también globales, es un factor de legitimación del feminismo. Cuando un movimiento social tiene tal capacidad de convocatoria es porque recoge simpatía de sectores mayoritarios de la población. Y también porque ha sido capaz de colocar en el centro simbólico de la sociedad un significante, la necesidad de justicia para las mujeres, compartido por amplios sectores sociales. Muchas más mujeres que las que se autodefinen como feministas se han identificado con esta idea e, incluso, lo más sorprendente es que también grupos de varones comparten la justicia de esta vindicación feminista. Esta identificación de sectores ajenos a los intereses feministas es un elemento de legitimación que tendremos que gestionar políticamente y que se puede convertir en una fuente de presión política y electoral hacia el poder político.

Sin embargo, este movimiento que anuncia definitivamente que estamos en la cuarta ola feminista ha sido posible porque se ha producido una transformación ideológica en el interior de nuestro complejo movimiento. El feminismo, en sus tres siglos de historia, puso el foco en los privilegios masculinos –en el patriarcado- hasta los años ochenta del siglo pasado en que un sector del movimiento desplazó el foco desde las estructuras y privilegios patriarcales hacia el interior de las mujeres como genérico subordinado y hacia el interior del propio movimiento feminista. A partir de ese momento el imaginario feminista se verá hegemonizado por la idea de la diversidad y las diferencias entre las mujeres hasta el punto de que se cuestionará la categoría de sujeto político feminista y el propio concepto de ‘mujeres’. Y así, la diferencia entre las mujeres se convertirá en una de las ideas centrales del imaginario feminista. Pues bien, ahora que el feminismo ha asumido la  diversidad de las mujeres y se ha asentado está idea en la configuración ideológica feminista, ya se ha podido desplazar el foco desde el interior de ‘las mujeres’ hasta fuera, hasta los fenómenos sociales patriarcales más opresivos. Sin este lento y aparentemente imperceptible desplazamiento no hubiese sido posible este estallido social.

Hay también otro análisis realizado por feminismo sin el cual, probablemente, no hubiese sido posible la conversión del feminismo en un movimiento de masas y que tiene que ver con la idea anterior. El vuelco de sectores del feminismo hacia la idea de la diversidad de las mujeres a partir de mediados de los años ochenta estuvo acompañado por el abandono del imaginario de la redistribución y la adhesión por parte de esos sectores a las políticas del reconocimiento. Este desplazamiento ideológico, necesario para muchas mujeres marcadas por opresiones  singulares, se mostró insuficiente para transformar la realidad de millones de mujeres marcadas por la pobreza y la violencia. Las políticas del reconocimiento, sin estar convenientemente articuladas con la crítica al capitalismo neoliberal, no pueden acabar con la pobreza y la violencia.

Este movimiento que nos ha desbordado ha sido posible porque la mayoría del movimiento feminista entiende que el capitalismo neoliberal en este momento histórico articula y vehicula algunas demandas patriarcales fundamentales. La capacidad del capitalismo para convertir en un negocio internacional la industria del sexo o los vientres de alquiler explica el interés capitalista en la opresión de las mujeres. La plusvalía sexual es hoy tan imprescindible para el nuevo capitalismo como para los patriarcados contemporáneos. Las feministas hemos sabido identificar la política sexual del capitalismo neoliberal y a través de esa identificación hemos podido construir afinidades y convergencias políticas entre sectores feministas distintos. Este análisis político ha vuelto a poner el foco de nuevo en la distribución, sin abandonar el reconocimiento, y así está volviendo a articularse en torno a lo que Celia Amorós ha definido como vindicación.

Sin volver la mirada hacia las estructuras patriarcales y a los privilegios masculinos, de un lado; y sin apuntar al capitalismo neoliberal como una de las fuentes fundamentales de las que mana la explotación económica y la subordinación sexual para las mujeres, de otro, no hubiésemos leído correctamente la realidad y no hubiésemos logrado la identificación de millones de mujeres con las ideas feministas. Sin ambas operaciones hoy no podríamos estar hablando de la cuarta ola feminista. Y, sin embargo, la estamos protagonizando y con ello haciendo historia.