Opinion · Dominio público

La amenaza feminista según Vargas Llosa

Patricia Merino

Ensayista y feminista

Mario Vargas Llosa publicó el pasado domingo en El País un artículo, Nuevas inquisiciones, en el que expone su preocupación por una inminente desaparición de la literatura (la buena). Teme que los escribidores que “desafíen la moral y la ortodoxia” sean quemados en las hogueras de la censura. Las artífices de esta nueva inquisición son las feministas y las víctimas de esta represión de nuevo cuño serían varones geniales (como Pablo Neruda, Javier Marías y Arturo Pérez Reverte) al parecer indefensos frente a una nueva moral que a estos señores les resulta castradora. Esta moral feminista ha osado hacer algo terrible y amenazante: en vez de regodearse en el morbo y jalear calladamente las conquistas y abusos machunos artísticamente descritos en la literatura, se ha atrevido a visibilizar lo que realmente son: actos de poder, violencia y explotación; eso sí, genial y admirablemente relatados.

En primer lugar, Vargas Llosa es falaz al sugerir que las feministas demandemos una “quema de libros”. En absoluto, los textos machunos son imprescindibles y valiosísimos para documentar de qué manera funciona el sistema patriarcal.  Sin textos machunos no se podría haber escrito una joya de la crítica literaria como es Sexual Politics de Kate Millet, que recomiendo encarecidamente a Vargas Llosa para que comprenda hasta qué punto las feministas valoramos la literatura machuna como recurso cultural. Las razones “buenistas y arcangélicas” que mueven a las sufragistas del pasado y a las actuales, a Laura Freixas y a una servidora a analizar de manera subversiva las producciones culturales que normalizan y banalizan el ejercicio de la violencia sobre las mujeres no tiene como meta prohibir nada, sino tan solo desvelar el modo en que la cultura es tan frecuentemente una apología de ideologías y practicas machistas.

Y es que Vargas Llosa lo ha entendido todo al revés: No son Javier Marías o Arturo Pérez Reverte los antisistema amenazados por la censura, no son ellos, ni Nabokov, ni Faulkner, ni Henry Miller o él mismo quienes desafían el orden establecido, sino todo lo contrario.  Ellos son quienes defienden con palabras y dientes el Orden Patriarcal que se ha visto amenazado en este último siglo, y que por eso mismo, produce “manuales de machismo” con regularidad. Dice Vargas Llosa que la literatura vehicula los instintos destructivos (“el mal”) y hace posible la vida plácida de la que hoy, según él, disfrutamos. Este razonamiento extraído de Bataille recoge ideas freudianas trasnochadas que ya han sido hace tiempo rebatidas por las feministas (ver por ejemplo el Speculum de Luce Irigaray).  Hoy ya sabemos que Freud se hizo un lio con Edipo, el deseo, las mujeres y el falo.

Según Vargas Llosa ese “fondo torcido y retorcido” que hace que los varones produzcan literatura en la que la humillación y violencia sobre las mujeres es convertida en obra de arte, es inherente y característico de lo humano.  De lo humano masculino, obviamente;  y por lo mismo deberíamos asumir que soportarlo, aceptarlo, y quizá hasta gozarlo, debiera ser inherente a lo humano femenino, ya que según él, comprender ese “fondo torcido” nos permite “comprender la vida de manera más profunda y vivirla en su plenitud”.  Vargas Llosa, como otros tantos genios machunos, cree firmemente que la superioridad jerárquica de los varones es un rasgo natural de la especie. La violencia, la rabia y el deseo de dominación serían esos “fondos malditos que llevamos dentro” que necesitarían imperiosamente salir a la luz de una o u otra manera y,  ¡que mejor manera que la cultura!  No queda claro si las mujeres también tenemos esos “fondos malditos” dentro  (Vargas Llosa, como todos los machunos no ha salido del paradigma de lo universal masculino, y escribe solo para ellos),  pero eso aquí es irrelevante puesto que lo fundamental en las obras literarias mencionadas es que ellas, las mujeres, sirvan como víctimas, como receptáculos intercambiables de esos “fondos torcidos” de Humbert Humbert, Don Juan o Henry Miller.

Cae también en otro supuesto falso y tramposo típico de los defensores del patriarcado: asumir que “en la prehistoria de los ancestros” la vida era “un manicomio”.  Lo que conocemos sobre las sociedades sin escritura no sugiere nada por el estilo, no parece que estas sociedades estuvieran más cercanas al infierno que las nuestras, y algunas parecieran estar incluso algo más cercanas al paraíso. De lo que no cabe duda es que es la intensificación de la guerra, y la emergencia de crueles aparatos represores estatales lo que más nos ha aproximado a humanas y a humanos a las llamas del infierno. Si tuviéramos que retroceder aún más, a estadios de lo prehumano veríamos que entre los primates no existen los crímenes de género. Solo los varones humanos asesinan a sus hembras, por lo tanto, para nosotras no está nada claro que “esa prehistoria de los ancestros, cuando todavía lo humano estaba en ciernes” fuera un manicomio, sino que quizá el manicomio sea lo que hemos construido al fundar la civilización en la idea de que la mitad de la humanidad debe ser ineludiblemente explotada por la otra mitad, y que además esa explotación debe ser aceptada y reverenciada.

Dice Vargas Llosa que “gracias a las ferocidades de los libros la vida es menos truculenta y terrible, más sosegada”.  Aquí sosiego significa que las cosas sigan como están, que el orden patriarcal se acepte como inamovible y por lo tanto, que las voces feministas que cuestionan los privilegios masculinos y la posición subordinada de las mujeres sean acalladas.

La cultura sirve para muchas cosas, y una de sus funciones básicas ha sido siempre la de validar y perpetuar el poder establecido. Es esta función la que literatura falsamente transgresora de obras como Lolita, Trópico de Capricornio o El amante de Lady Chaterley[1] cumplen. Tras su efecto epatante,  tan solo rompen la capa más superficial de la moral religiosa burguesa, pero no llegan siquiera a tocar el gran fondo normativo patriarcal, sino que lo refuerzan y lo reproducen, adaptándolo a los nuevos tiempos en una época en la que el feminismo está eclosionando.  Es cierto que en los últimos dos siglos la cultura ha facilitado la posibilidad de una vida burguesa placida, y esa placidez debe mucho a la labor de la literatura como generadora de manuales de instrucciones de dominación y sumisión para los sexos, a diferencia de lo que ocurría anteriormente cuando la dominación patriarcal debía imponerse a sangre y fuego. Lo que ya no está tan claro es que en nuestras sociedades los humanos convivan “con menos traumas y con más libertad”. La literatura tiene abundantes y poderosos testimonios de que hoy los humanos vivimos con tantos traumas como antes o quizá más, y en cuanto a la libertad, una vez más Vargas Llosa piensa en universal masculino y no tiene en cuenta si las mujeres hemos accedido a la libertad en la misma medida que ellos.

Dice finalmente el premio Nobel, que quienes pretenden que la literatura desaparezca como válvula de escape para los instintos destructivos de los machunos “trabajan por volver la vida invivible”, y citando de nuevo a Bataille, aventura que si se diera tal escenario “los demonios terminarían exterminado a los ángeles“.  ¿Significa eso que las mujeres somos ángeles y los hombres demonios, y que en ausencia de válvulas de escape, los hombres, rabiosos por no poder sublimar sus ansias de dominación y su misoginia ancestral, nos exterminarían? Suena a desagradable amenaza.

[1] Trópico de Capricornio y El amante de Lady Chaterley  son dos de las obras que Kate Millet analiza en Política sexual