Solidaridad

Jorge Moruno Danzi

Sociólogo y escritor

Nuestra revolución ha de ser española.
(Solidaridad Obrera, 1937) 

Ante determinadas situaciones suele aparecer con fuerza una apelación a la solidaridad. Una idea según la cual, si algo impensable sucede, la gente no lo permitirá o si algo nos indigna, entonces tomaremos conciencia para ponerle remedio. Una creencia que confía en la llegada de la revelación, o una suerte de cristología cuyo sacrificio provocará el despertar del resto. Suele combinarse con el Día del juicio final donde finalmente “todo estalla” de una vez para todas. Cuando no se produce el efecto deseado se genera un desencanto con la humanidad y un rechazo al resto porque no fueron capaces de ser solidarios. Lo cierto es que no existe tal cosa como la solidaridad en abstracto en ausencia de incentivos compartidos y/o cosmovisiones que conforman una misma pertenencia o finalidad: definir ante todo qué tipo de vida es más deseable (Aristóteles) Así pues, el ser humano es un ser de deseo y el deseo es una forma de tener interés. Ese interés no es contrario al altruismo, sino que el altruismo es una de sus declinaciones. El interés no tiene que ser necesariamente el interés económico. Pero si el ser humano es un ser de interés, un ser de deseo, ¿de qué forma puede interesarse por algo? ¿de qué forma puede sentir deseo por algo?

Cuando se utiliza el conocido poema del pastor luterano Martin Niemöller, que comienza diciendo eso de “primero vinieron a…”, se suele dejar de lado la lección que nos ofrece dicho poema: la creencia en advertir sobre algo no evita que vaya a suceder, precisamente porque  advertir no sirve absolutamente de nada. El caso personal de Niemöller lo ilustra a la perfección, pues él mismo tenía filiaciones nazis y era un ferviente anticomunista. Solo cuando el nazismo decide intervenir en su campo de actuación, la Iglesia protestante, para delimitar quién puede o no puede profesar la creencia, el pastor se rebela, no antes. Su caso es el ejemplo de que la solidaridad, para existir a lo grande, necesita de incentivos e imágenes compartidas. Sin generar un interés común nadie se solidariza ni piensa que mañana le puede tocar; esa es la lección que podemos extraer de su conocido poema, no la contraria que confía en una solidaridad abstracta. Este es el motivo por el cual las cosas que son impensables pueden acabar siendo pensables si se generan las condiciones para que lo sean. Intentar impedir lo impensable pasa por construir alianzas multilaterales entre distintos actores y distintas cosmovisiones. Así es como tuvo lugar la experiencia de las Brigadas internacionales y así se explica también, por qué no se genera entre el pueblo español una sinergia positiva con el independentismo. Los brigadistas  atraviesan medio mundo para combatir en otro país por la misma cosmovisión, mientras el pueblo español observa como algo ajeno a ellos e incluso molesto al independentismo. En el 15M, el Barcelona no estás sola, cobraba sentido porque todos estaban involucrados en una misma trama histórica, una en donde yo soy parte activa.

Se argumenta que la izquierda española está perdiendo una oportunidad histórica porque lo que está sucediendo en Catalunya puede servir de palanca para sus reivindicaciones. Se acusa al conjunto de los españoles y especialmente a la izquierda, de su falta de solidaridad y se exige a quienes buscan diálogo y solución política frente a la judicialización de la política, que actúen.  Aquí se mezclan varias cosas. Por un lado se apuesta por la vía unilateral para un proyecto de independencia. Es legítimo, pues las estrategias políticas tienen el derecho de servirse a sí mismas y no tienen que esperar a nadie, pero eso no significa que todas las estrategias y todos los proyectos sean coincidentes. El relato según el cual una hipotética República catalana ayuda a generar sinergias positivas que fortalecen a las fuerzas democráticas españolas, se revela como lo contrario. No todas las movilizaciones ni todos los proyectos se retroalimentan.

Como decíamos, no existe la solidaridad abstracta en ausencia de pasiones comunes, tampoco “tomas de conciencia”, dado que solo existen imágenes que mueven los cuerpos. Si no tenemos en cuenta la procelosa condición humana dejamos de lado la pregunta incómoda, ¿solidaridad en base a qué? El pueblo español, salvo que se vea impactado por una masacre y/o un desborde que diluya la centralidad independentista, no va a salir a defender a quienes querían «romper España», o por lo menos eso no le hace vibrar. Una manifestación que grita independencia difícilmente va a generar una sinergia positiva con el pueblo español. Pero no porque el pueblo español sufra de algún atraso especial o sea especialmente insensible, sino porque no existen los mimbres que generen un sentir común, salvo en sectores muy politizados o que se han socializado con imaginarios cercanos a la sensibilidad de las naciones sin Estado.

Por otro lado, una de los fundamentos que han engordado las filas del independentismo ha sido la creencia de que España es irreformable. Una suerte de determinismo histórico donde el conjunto de países pueden cambiar pero España está condenada a tener que ser solo un tipo de España. Pero si España es irreformable, ¿por y para qué se pide ayuda a la izquierda española, a la que al mismo tiempo se la acusa de inexistente pero por otro lado se le exige que salga a la calle? ¿se puede apelar a alguien al mismo tiempo que se le recuerda que uno es mejor y el otro es lo peor? Por otro lado, si España es irreformable, ¿no será esa la principal razón, que si bien hace crecer al independentismo también marca sus límites? Como digo las estrategias son legítimas, todas lo son, también la apuesta de querer cambiar España, estrategia que tampoco puede quedar subordinada a otras estrategias porque cuenta con una agenda propia. Aquí está el meollo. Sin Catalunya, España no puede cambiar, pero sin que cambie España, Catalunya no puede decidir. Puede argumentarse, de hecho se hace normalmente, que “nosotros nos vamos” porque “España no se puede cambiar”, “suerte”. Aquí entramos en la dimensión política del régimen, es decir, la dimensión de fuerza del ley de una forma política dada; la del Estado español en el caso que nos atañe. La única verdad política es la fundada sobre la correlación de fuerzas y la capacidad de hacerse efectiva. El artículo de Tardà aventuraba la necesidad de jugar en un equilibrio. Sin cambiar España no cambia Catalunya, pero si España cambiase el independentismo podría caer, dado que sube porque España no cambia. Ciudadanos, desde una óptica distinta –que no equivalente- teme lo mismo, pues ellos viven del independentismo y encuentra su espacio a caballo entre Macron y Le Pen: ultraliberal en lo económico, reaccionario en lo social y guerracivilista en lo terriotorial.

Cambiar España no es solo el proyecto de algunos, es la condición para cualquier proyecto, incluso para quienes quieren marcharse, aunque eso implique que se reduzcan las razones para querer marcharse. La dimensión del régimen político no es lo que uno se siente, sino la fuerza y consenso que imprime. Solo yendo al corazón del régimen para hacerlo implosionar desde su matriz, puede frenarse el cierre erdogánico y la involución democrática que estamos viviendo. El independentismo es sobre todo un efecto de una causa: la manera en la que las élites conciben a España y el modo en el que se entiende lo que significa ser español. Lo complejo se observa en las manifestaciones más simples, como cuando se usa la bandera para increpar y se le grita a otro “viva España”, como si no fuera español –esto pasa en Madrid- porque no lo es como dicta su nacionalismo excluyente. Lo observamos cuando quienes quieren cambiar España, se les responde de forma iracunda y se advierte que “España es así y si no te gusta pues te vas.” Es la apropiación del país contra los derechos sociales, sexuales, de las mujeres, contra la diversidad de los pueblos y su vinculación con los que mandan. Hasta que no se resuelva la cuestión nacional española y España deje de pensarse como la enemiga de su propio pueblo y la esclava de los poderosos, no habrá solución alguna. Vivimos encerrados en el mismo cepo, o empujamos juntos, o no hay manera.