Opinion · Dominio público

‘Un sol interior’: Juliette Binoche y las trampas del amor

Octavio Salazar Benítez

Catedrático de Derecho Constitucional. Miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional Universidad De Córdoba http://lashoras-octavio.blogspot.com/

Hay muchas razones por las que ver la última película de la directora Claire Denis. Debo confesar que yo acudí al cine llamado por el poderío de su protagonista, la inmensa  Juliette Binoche, una actriz que es capaz de dotar de carne y credibilidad a cualquier personaje que interprete, por más que en el guion esté desdibujado o por muchas fallas que pueda tener el relato. Su rostro y su presencia son sin duda los más luminosos que hace décadas se pueden ver en la pantalla. Pocas miradas como las suyas nos pueden transmitir tan humanamente estados de ánimo, dudas, interrogantes, miserias o alegrías. Pocos cuerpos como el de la protagonista de Un sol interior pueden ser seductores sin necesidad de mostrarse como un objeto, sino como parte inseparable de un sujeto que nos mira desde la equivalencia.

Un hermoso sol interior, que es el título original completo de la película, es toda una demostración de los talentos de Binoche, pero no es solo eso. De entrada, es otro buen ejemplo de cómo las mujeres de más de 50 pueden y deben ser protagonistas de historias, superando su tradicional lugar como personajes secundarios y en todo caso dependientes de los masculinos heroicos. Tal y como hemos visto recientemente en el cine francés – por ejemplo, la Isabelle Huppert de El porvenir (2016)-, la pantalla nos atreve a mostrarnos a una mujer “madura”, que es sujeto por sí misma, que tiene vida propia y profesión, y de la que su cuerpo no es un pretexto para la mirada masculina sino, en todo caso, parte de su empoderamiento como ser autónomo. El periplo de esa madre separada y cincuentona, espléndidamente cincuentona, que busca el amor, es además un inteligente relato sobre cómo la necesidad de amar y de sentirse amado acaba generando tantas y reiteradas trampas a todos, pero muy especialmente a las mujeres, y de lo especialmente complicado que es para una como Isabelle, la protagonista, encontrar a un hombre con el que pueda sentir no solo deseo, excitación, sino también ansia de generar un proyecto común. En este sentido, la película de Denis bien podría ser la antítesis de cualquiera de esas películas tan taquilleras que continúan insistiendo en perpetuar los mitos del amor romántico. Unos mitos que a la misma Isabelle la tienen de alguna manera prisionera, de tal forma que a ella tan bien las vemos como una mujer extremadamente vulnerable, con miedo a la soledad y al menos aparentemente tan necesitada de tener un hombre a su lado para que su vida finalmente tenga sentido. Es decir, a primera vista pudiera parecer que en ella hay mucho de una “heroína almodovariana” – La flor de mi secreto, Julieta –, si bien la directora se encarga de llevarla por otros derroteros.

Uno de los mayores aciertos de la película es cómo nos muestra a una galería de personajes masculinos que representan a la perfección mucho de los vicios de las masculinidades hegemónicas. Son hombres ensimismados, poderosos en lo público (un banquero, un actor de éxito), pero absolutamente discapacitados desde el punto de vista emocional y, por lo tanto, incapaces de construir una relación afectiva (y sexual) con una mujer que incluso pueda ser más poderosa que ellos.  Hombres que necesitan su traducción particular del contrato sexual – están casados con mujeres supuestamente aburridas, pero con las que se sienten seguros, al tiempo que se van de putas o tienen amantes – y que difícilmente pueden aportar a Juliette la magia que supone amar desde la igualdad. Sin jerarquías, sin dependencias, sin controles, sin cláusulas de por medio. En este sentido, esta película es un buen ejemplo de cómo las mujeres esperan a un hombre que todavía no existe y los hombres a una mujer que ya no existe.

Pero no solo por la magnífica Binoche, o por ese retrato tan agudo de las trampas del amor, o por esos hombres mediocres y hasta tóxicos con los que se encuentra la protagonista, merece la pena dejarse llevar por esta singular y atípica película. Bastaría para aplaudirla con disfrutar del hermoso diálogo que mantienen en la escena final un sorprendente Gerard Depardieu y una desubicada Juliette Binoche. Del prodigioso cruce de preguntas, consejos y miradas, con el que esos dos monstruos interpretativos nos dejan boquiabiertos, no cabe extraer otra conclusión que lo tremendamente perjudicial que es para nuestra salud, y por tanto para nuestra felicidad, obsesionarnos con la búsqueda de un amor que dé sentido a nuestras vidas. Y que el secreto reside en dejarse llevar, en jugar, en permitir que la vida nos sorprenda y, al fin, en dejarnos iluminar por el hermoso sol interior que brilla en nuestro interior. El que toda mujer debe descubrir dentro de ella sin necesidad de un hombre que le indique el camino.