Opinion · Dominio público

Siria: inagotable horror de la guerra

Federico Mayor Zaragoza

Presidente de la Fundación Cultura de Paz y ex Director General de la UNESCO (1987-1999)

Intolerable acción militar antes de que los inspectores designados por las Naciones Unidas dictaminen sobre el uso de las armas químicas en uno de los últimos reductos rebeldes. Como en Irak, antes de que los inspectores liderados por Hans Blix indicaran que no habían armas de destrucción masiva, se produjo la invasión… ¡Lo más trágico de los presentes sucesos es que el Presidente Trump ha dicho que los misiles que iba a emplear eran “nuevos, bonitos y elegantes”! ¡Es demencial e intolerable! Se arguye con razón contra las armas químicas al tiempo que se afirma la sinrazón de las atómicas….

El poder del “gran dominio” (financiero, energético, militar, mediático) está debilitando uno tras otro los que eran baluartes de la democracia genuina. Y la situación es tal que el Papa Francisco exclamó el pasado Viernes Santo –sin que haya tenido el eco que estas palabras merecían- lo que refleja nítidamente la indignación generalizada de muchos seres humanos: “¡Vergüenza de no haber tenido vergüenza!”.

Es apremiante, y todos debemos alzar la voz, reforzar el multilateralismo democrático. No podemos seguir permitiendo la marginación del Sistema de las Naciones Unidas que inició el tándem Reagan-Thatcher y que ha conducido, a través de la detestable gobernanza de los grupos plutocráticos (G6, G7, G8, G20) a la invasión de Irak basada en la mentira, interminables enfrentamientos en Siria, Yemen… y a la discrecionalidad dictatorial en países que la “primavera árabe” soñó mejorar.

Hay que escuchar bien el hondo sentido de esta síntesis reflexiva y reconducir con firmeza los rumbos actuales, empezando por Siria, donde en medio de una gran confusión entre “insurgentes”, terroristas, adictos y discrepantes, ya han transcurrido siete años sin que las Naciones Unidas hayan podido jugar el papel que les corresponde, actuando de vez en cuando las “potencias extranjeras” con acciones bélicas puntuales que nada resuelven, infringen al pueblo sirio un horroroso e inmerecido calvario y alimentan el sufrimiento y víctimas, incluyendo a muchos niños y jóvenes. Es atroz. Es horrible pero aleccionador detenerse un instante y mirar a los ojos de estos niños atrapados en el inmenso remolino de esta locura guerrera que no sabe controlar la gobernanza oligárquica, dedicada más bien a  los asuntos financieros y económicos.

En febrero de 2012 escribí:

“Fue                                                                  

la mirada                                                   

de aquel niño                                                

de aquella guerra                                                      

la que cambió                                            

de golpe                                                              

el rumbo                                                          

de mi vida.                                                          

Ruego                                                                 

a todos

que miren

los ojos

de los niños

hambrientos, 

afligidos,

en medio de cualquier

guerra.

Estoy seguro

de que habría

ya para siempre paz

en la tierra”.

 Es preciso y urgente que un gran clamor popular a escala mundial exija el reconocimiento por parte de todos los países de la Tierra de la autoridad de las Naciones Unidas debidamente refundadas. Sólo el multilateralismo democrático podría, todavía, esclarecer los sombríos horizontes actuales.

Ha llegado el momento de “Nosotros, los pueblos…” que –prematuramente entonces, porque no podían expresarse- figura en la primera frase de la Carta de las Naciones Unidas. “Nosotros, los pueblos… hemos resuelto evitar a las generaciones venideras el horror de la guerra”.

La voz de los pueblos deviene imprescindible porque los plutócratas y sus acólitos (entre los que se encuentra España, lamentablemente) se  preocupan mucho del uso de la fuerza y no de la palabra.

La voz de la gente, que ahora se puede expresar sin cortapisas: ha llegado el momento.