Visegrado: el viento del Este que enfría Europa

Ana González-Páramo

Fundación porCausa

En los últimos años, y con más fuerza desde 2017, el Grupo de Visegrado o V4, formado por Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia, se ha transformado en un grupo de presión contra la política de integración europea.

Compensar esa tensión es un reto para Bruselas y el tradicional eje franco-alemán. Con la salida del Reino Unido de la UE, los equilibrios de poder en la Unión se van a recomponer y al proyecto de integración europeo se le abren varios frentes. Uno de ellos es frío y viene del Este. Se trata de una visión revisionista que apuesta por un modelo antiintegrador y fuertemente nacionalista. El Grupo de Visegrado no está solo en esta batalla y su apuesta desafía no solamente a Bruselas sino al sistema de gobernanza liberal y democrático en el que se fundamenta la construcción europea. Sus líderes han salido reforzados en comicios recientes: Orbán en Hungría, Babiš y Zeman en la República Checa, y el partido Ley y Justicia de Jaros?aw Kaczy?ski en Polonia.

Con el previsible empuje de la próxima presidencia austriaca del Consejo Europeo y la renovación del Parlamento Europeo (y la nueva Comisión) en 2019, que sin duda plasmará en escaños el auge de los populismos antinmigración, el V4 disfruta de un momento de gloria en su cruzada nacionalista. Más allá del ámbito regional, el envite afecta al concepto ideológico mismo de Europa. La epidemia xenófoba está calando en las instituciones y Visegrado es una de fuentes que alimentan el descontento.

La construcción del V4 se asienta sobre una narrativa de base identitaria regional e histórica, que no se sale del marco de los intereses estatales y sus circunstancias geopolíticas, y de la cual se apropian los partidos en el poder. Sus miembros representan a 64 millones de habitantes (12.5 por ciento del total de la UE) y aunque su peso económico conjunto no es tan relevante (5,3 por ciento del PIB total de la UE), sí lo es en cuanto a su capacidad de arrastre de otros actores europeos que podrían ahondar en la fractura este-oeste.

Más que un bloque ideológico homogéneo, Visegrado es una alianza de intereses particulares. Todos sus miembros, salvo Eslovaquia que pertenece a la zona euro, promueven un enfoque intergubernamental en la UE y reivindican la soberanía estatal contra la integración europea. Rechazan el concepto de la Europa a distintas velocidades o el núcleo duro propuesto por Macron y, por supuesto, cualquier política solidaria e integrada respecto a la gestión de los flujos migratorios. A pesar de ello, son ardientes defensores del mercado único y de las cuatro libertades de circulación, oponiéndose furibundamente a la reforma de la directiva de trabajadores desplazados que trataría de combatir el dumping social dentro de la Unión. También están a favor de una Unión Europea de defensa, la creación de un ejército europeo y el blindaje de las fronteras exteriores de la UE. Su idea de Europa se parece más a una confederación donde se refuerza el poder del Consejo en detrimento de los de la Comisión y el Parlamento.

El moderno grupo de Visegrado se creó en un recodo húngaro del Danubio en 1991. Entre sus padres fundadores estaban algunos prohombres de las primaveras centroeuropeas como Václav Havel, Lech Wa??sa o József Antall. Su objetivo inicial era la cooperación para acelerar el proceso de integración euro-atlántica, desmantelar definitivamente los restos del comunismo, promover los valores democráticos y la mejora económica sobre la base de una identidad y una historia compartidas. El muro acababa de caer y una nueva generación de dirigentes demócratas y carismáticos se aliaban para inaugurar una época de reconciliación y cooperación en una región duramente castigada por guerras y dictaduras. En 1993, Checoslovaquia se escindió pacíficamente en dos Estados. En 1999, entraron los cuatro de Visegrado en la OTAN, y en 2004 se convirtieron todos en Estados miembros de la Unión Europea. El grupo había sido un éxito.

La llegada al poder en Polonia del Partido Ley y Justicia (PiS) de los hermanos Kaczy?ski en 2005, podría considerarse el inicio de la deriva ultranacionalista del Grupo de Visegrado. En 2010, el Fidesz de Viktor Orbán retoma el poder en Hungría después de unos años de metamorfosis ideológica en la oposición, alumbrando en 2014 lo que él mismo denominaría “democracia iliberal”. Con la crisis económica y para evitar el descontento popular, ambos Gobiernos abrieron la espita de la retórica nacionalista y xenófoba que les ha permitido perpetuarse en el poder. Se vieron propulsados por los escándalos de corrupción de las élites políticas y empresariales postcomunistas, agitando el victimismo periférico y aprovechando la marea de los refugiados de 2015. Con esas lanzas presionaron y desafiaron a una desconcertada Bruselas.

La cruzada contra el cumplimiento de las obligaciones de reasentamiento y ubicación de refugiados ha hecho de la retórica antinmigración la excusa perfecta para tapar las vergüenzas de los de Visegrado: en Hungría y Polonia, para acometer el control estatal de los medios de comunicación, la desarticulación del estado de derecho y de la independencia judicial y las restricciones a la libertad de expresión. En Eslovaquia, para tapar la presunta corrupción y connivencia de sus altas esferas políticas con la mafia calabresa que han hecho caer a un primer ministro y su Gobierno tras las protestas nacionales por el asesinato en febrero de 2018 del periodista Ján Kuciak, que investigaba esos vínculos. En la República Checa, para mantener en el poder al abiertamente islamófobo y prorruso presidente Milos Zeman, en tándem con el primer ministro, Andrej Babiš, un magnate pragmático y desideologizado, que se deja llevar por el populismo economicista en la senda de Donald Trump. Todos han explotado la inmigración presentando un fenómeno que afecta de manera muy limitada a esa región de Europa como una amenaza para la seguridad y para la identidad cultural de sus pueblos. La complejidad de la política migratoria europea, política intergubernamental con mecanismos integrados como el control de fronteras exteriores o la lucha contra el crimen organizado a través de Frontex o Europol, refuerza la identificación entre seguridad, migraciones y terrorismo que tan bien han sabido explotar los Cuatro de Visegrado y otros muchos, desde Theresa May a Manuel Valls.

En la Europa Central y del Este, los ataques a los partidos de oposición, a la prensa y a las organizaciones de la sociedad civil se están convirtiendo en la norma, según recoge el informe de la oenegé Freedom House. Su director, Abramowitz, señala que “lo que está ocurriendo en Europa Central y Oriental no puede separarse de lo que está sucediendo en Europa en su conjunto”. El informe es especialmente crítico con los dos últimos años del Gobierno polaco, que camina hacia un sistema de partido único, y con Viktor Orbán como líder e inspirador de esta corriente antiliberal. En cuanto a Eslovaquia, la más moderada del bloque, el informe también recuerda que el ya ex primer ministro, Robert Fico, no dudó en recurrir a los mensajes populistas de sus vecinos y culpar a George Soros de la presión política a raíz del asesinato del periodista Ján Kuciak, en lugar de abordar las implicaciones del asesinato. Las limitaciones reales a la libertad de expresión y de información, mediante el control de los medios por parte del poder, como por las medidas destructoras de medios independientes, deberían ser particularmente preocupantes para una UE cuyos estándares democráticos se ven seriamente erosionados.

Solo cuatro días después de la reelección de Orbán en Hungría, y un día después de que el mayor medio de comunicación de la oposición anunciara su cierre, el Comité de Libertades Civiles del Parlamento Europeo exigió el lanzamiento de infracción contra Hungría por violación grave y persistente de los valores fundamentales del Tratado de la Unión Europea, solicitando la activación del artículo 7.2 del Tratado, que podría derivar en la suspensión del derecho a voto de Hungría en el Consejo. En cualquier caso, el botón nuclear del artículo 7 no va a prosperar, ya que el Fidesz de Orbán comparte partido en Europa con la CDU de Merkel, el PP español o el propio Juncker, y requiere un consenso que nunca se alcanzará por el previsible veto de sus aliados regionales e ideológicos en el Consejo.

El periodista húngaro Miklós Haraszti, exrepresentante de la OSCE para la Libertad de los Medios (2004-2010) y hoy activista y profesor universitario, se refería en su discurso en la ceremonia de entrega del premio European Press Prize en marzo de 2018, a los que anteriormente Hanna Arendt había denominado estados de propaganda, y que hoy “a pesar de su camuflaje de democracia electiva, pueden lograr un efecto de censura y propaganda profundamente arraigado, comparable a lo que habían logrado los antiguos Estados totalitarios”.

Catherine Woollard, del Consejo Europeo de Refugiados y Exiliados advierte sobre la insaciabilidad de los extremismos, que aun sellando las fronteras no impedirán que “el miedo y el odio puedan dirigirse contra aquellos que ya están en Europa, contra las minorías, contra los liberales”, contra los defensores de derechos, contra el periodismo independiente, contra los académicos… la búsqueda del “otro”, del enemigo, cambia fácilmente de identidad en el discurso populista y se adapta para sobrevivir a cualquier precio.