El modelo Amazón: regreso al pasado para pensar el futuro

Jorge Moruno

Sociólogo y escritor

El peso de la economía de plataformas en el conjunto de la población ocupada es todavía marginal, sin embargo, aventura una tendencia que se expande rápidamente en el imaginario socio laboral. Tal y como apunta la Comisión Europea en su informe What makes a fair society? “con el aumento de la economía colaborativa, las personas pueden ser cada vez más ‘proveedores de servicios independientes’ o ‘contratistas independientes’, en lugar de empleados.” Finalmente, la fuerza de trabajo se convierte  en su propia mercancía, o dicho en palabras de un directivo de Amazon, finalmente se concibe a “las personas como servicios.” El conjunto de los informes que publican las distintas instituciones y organismos (OCDE, CE, Eurofound, OIT, Parlamento europeo), coinciden en que la economía colaborativa representa una oportunidad de trabajo para los sectores sociales excluidos del circuito del empleo estable y con ingresos suficientes, pero al mismo tiempo puede generar inseguridad, falta de voz, precariedad y ausencia de prestaciones sociales. Según el informe de la OIT, Job quality in the platform economy, el  89% de los “crowdworkers” entrevistados respondían que les gustaría poder trabajar más de lo que trabajan, incluso cuando el 44% de ellos tiene acceso a más de una plataforma: “no hay suficiente trabajo”, afirman.  La tasa de empleo ha logrado en los países de la OCDE un nuevo récord alcanzando en 2017 el 68% (61% en España). Este incremento parece que vendría a evidenciar que no existe tal cosa como una “crisis de la sociedad del empleo”, puesto que se han recuperado tasas de empleo y de paro (5,5%) previas a la crisis. Sin embargo, bajo los datos está la miseria y más tasa de “empleo” no es sinónimo de más “sociedad del empleo”. Cada vez más esferas de la vida quedan enroladas bajo la relación del dinero y el trabajo, cada vez más cosas y tareas son mercantilizadas, lo cual significa que aumenta todavía más nuestra dependencia al dinero y al trabajo que lo proporciona. La paradoja reside cuando en la sociedad de trabajadores el acceso al dinero suficiente y estable ya no se garantiza a través del trabajo pero no se proporciona otra forma de acceso. Un cepo en donde queda encerrada la fuerza de trabajo, porque está obligada a venderse para conseguir un ingreso que no se garantiza y a tener que vivir con el miedo de convertirse en una mercancía obsoleta que ya no se vende. Si la mercancía llamada fuerza de trabajo no es capaz de venderse no es nada y cuanto más hegemónica es la relación del trabajo y el dinero, más población se ve privada de un ingreso estable y suficiente. La frontera entre ser una mercancía vendible y una no vendible es cada vez más difusa, el riesgo de exclusión aumenta, especialmente en la economía intermitente de plataformas. El privilegio del explotado frente al excluido, aunque el explotado también puede verse excluido o en riesgo de expulsión permanente del circuito del dinero.   Según un informe de la Fundación Adecco, en España el 30% de la población en edad de trabajar se encuentra en riesgo de exclusión y el informe The Digital Economy and Society Index (DESI) advierte de que casi la mitad (el 44,5%) de la población de la UE no tiene las capacidades suficientes para participar en la economía y la sociedad digitales. No tener trabajo en una sociedad de trabajadores implica la exclusión, pero tener un trabajo precario afecta todavía más a la salud mental y física, tal y como expone un reciente estudio de la London School of Economics. Para observar los contornos del trabajo contemporáneo es más útil girar la cabeza hacia el siglo XIX: intermitente, sin derechos, en donde la burguesía estaba convencida del éxito como fruto del mérito personal y es espíritu de trabajo. Una de las empresas que abanderan esta nueva épica empresarial es Amazon, cuyo floreciente negocio no parece que vaya a frenarse en el corto plazo. Amazon, que recordemos ya ha vivido varios escándalos, – baste de ejemplo el caso de los “campos de trabajo” en Alemania.- representa una nueva vuelta de tuerca en lo que respecta al uso y abuso de dinero público para aumentar los beneficios privados. En nuestro país, Amazon le paga a los repartidores 5,38 euros la hora y teniendo en cuenta que España se ubica entre los puestos más bajos de la OCDE en lo que a calidad del empleo se refiere, no es muy difícil imaginar las condiciones draconianas a las que se someten sus trabajadores y compartir los motivos que les llevaron a una huelga por la que ya han despedido a más de 100 trabajadores temporales.

Básicamente, el modelo funciona porque paga pocos impuestos, pocos salarios y recibe dinero público: negocio redondo. Es una redistribución más desde el trabajo hacia el beneficio empresarial (a través de impuestos) que además no es muy proclive a pagar impuestos (doble coste). Así pues, no existe tal cosa como la «desregulación económica», sino que existen varias formas de regular, incentivar y legislar desde las instituciones; la cuestión es en beneficio de quién. Pero todavía puede ser más retorcido. En Arizona, Estados Unidos, pero sucede de forma similar en muchos otros estados, uno de cada tres empleados que trabaja en Amazon depende para poder comer del programa de asistencia nutricional suplementaria, los llamados SNAP, es decir, la cartilla de racionamiento. Primero, las instituciones públicas subvencionan la construcción de almacenes con la promesa de que Amazon va a crear empleos a tiempo completo, luego, segunda subvención, se les ofrece una fiscalidad laxa donde paguen pocos impuestos, después, como pagan salarios muy bajos, parte de sus trabajadores tienen que acudir a los servicios sociales para comer, tercera subvención, y finalmente la cuarta subvención: Amazon empieza a aceptar como válidos los cupones de alimentos para canjearlos por comida.

Sus acciones han subido un 35% en 2018, y un aumento adicional podría hacer que Amazon le pase a Apple en valor de mercado. Se estima que Amazon controlará para el año 2021, el 50% de todo el comercio electrónico en EEUU, así, de este modo, el erario público y la precariedad de los trabajadores, que también terminan afectando a los ingresos públicos, acaban financiando el monopolio privado de Amazon. Esta deriva no solo debe rechazarse por motivos económicos, – aunque es lo mismo-, también por motivos democráticos: en esas condiciones desparece el ejercicio de la libertad y nos devuelve a los oscuros pasajes propios del siglo XIX, con aquellos trabajos de “temporada” que proliferaban a la par que el desarrollo del ferrocarril, donde los trabajadores estaban obligados a tener que estar disponibles “a toda hora”. Una sociedad donde solo pagas por lo que usas es también una sociedad donde solo se te paga por lo que se te usa y al contrario, una sociedad donde se puede usar sin pagar es también una sociedad donde se te paga aunque no se te use. Toca imaginar lo que se puede ser y no solo lo que se llegó a ser.