Somos Europa

Marián López Fernández Cao

Profesora Universitaria de Educación Visual y master en Intervención Psicoterapéutica. Investigadora principal del proyecto I+D ALETHEIA, Arte, trauma y memoria emocional.

Medusa era una hermosa doncella. Era «la celosa aspiración de muchos pretendientes», sacerdotisa del templo de Atenea. Fue violada por Poseidón, en el mismo templo.  Atenea, enfurecida – no con Poseidón, sino con Medusa- transformó el hermoso cabello de la joven en serpientes. Cuando fue decapitada mientras dormía por el héroe Perseo, Medusa estaba embarazada de su violador.

La imagen de Medusa, retratada por Caravaggio, pone hoy rostro a las mujeres españolas. Medusa, también violada, también asesinada, como muchas mujeres.

Primera reflexión. Según las y los expertos en experiencias límite (Bessel van del Kolk, Judith Hermann, James W. Hopper y tantos otros, entre ellos la declaración de casi 2000 psiquiatras españoles), el ser humano afronta una situación límite a través de tres mecanismos básicos: desde la lucha, desde la huida o desde la congelación  (las tres F: fight/flight/freeze).  Según Hopper (2015), durante una violación –un hecho límite- se activa el circuito de miedo del cerebro, que domina sobre otras capacidades y emociones. La corteza prefrontal -que domina las acciones más racionales- puede verse gravemente afectada, y todo lo que queda son los reflejos y hábitos preexistentes. La congelación es una de las reacciones más  habituales. Como Hopper señala “la congelación es una respuesta basada en el cerebro para detectar el peligro, especialmente el ataque de un depredador. Piensen en los ciervos inmóviles frente a los faros de un coche”. (Hopper, 2015).

Cuando el circuito del miedo toma el mando de nuestro cerebro, los hábitos y los reflejos pueden ser todo lo que tenemos para salvarnos. Por ello, para paliar esta congelación, los entrenamientos militares de combate son rigurosos y repetitivos: para automatizar hábitos de disparar con eficacia, ejecutar formaciones de combate, etc. Es decir, para construir hábitos específicos incorporados cuando nuestro cerebro sólo puede acudir a lo aprendido en estado de congelación.  Pero, ¿qué pasa si no hay un hábito efectivo al que recurrir? En un estudio realizado por Van del Kolk en la Universidad de Harvard, aunque los hombres no están libres de ésta, sea congelación o disociación, las mujeres tienden más a la congelación, mientras los hombres tienden más a la lucha o a la huida. Aunque no siempre. En los escáneres de tomografía de positrones puede comprobarse cómo, en estado de congelación, el cerebro no presenta casi ninguna actividad. Solo se “congela” para que acabe de pasar lo peor.

Probablemente esto suceda porque la socialización de las mujeres se ha dirigido hacia la ayuda, la colaboración, la empatía y la no confrontación; tal vez por una educación relacional en la que se ha definido a las mujeres por sus vínculos y contexto; quizá por una educación en el mantenimiento de la paz, la evitación de conflictos, menos confrontadora. Y por el contrario, la socialización de los hombres se ha realizado desde la más temprana infancia a través de juegos de competencia, de lucha y huida; tal vez porque a los niños se les sigue pidiendo asociar masculinidad y actividad, riesgo y competitividad.  Sin embargo, de ahí a señalar la confrontación como conducta normativa ante el peligro, como lo que “debe ser”, hay un largo espacio. A no ser que pensemos en la norma desde ese “genéricamente humano” que es sólo el hombre pero se define como referente universal.

Creo que el conocimiento de la naturaleza humana cuando se juzga la naturaleza humana es lo mínimo que debemos pedir a los que se dedican a ello. Cuando trato de comprender por qué la denunciante no ha sido creída en el juicio de la manada, por qué la inacción y la pasividad ha sido prueba inequívoca de cooperación en el “jolgorio” por parte del voto individual del juez que absuelve a cinco personas que penetraron once veces a una adolescente, más pequeña, frágil y menor que ellos, durante dieciocho minutos, creo que este aspecto, la naturaleza humana y sus emociones frente a situaciones límite, ya conocido por los y las expertas en psicología no ha sido tenido en cuenta.

Segunda reflexión. Johan Galtung, especialista en violencia y educación para la paz y el conflicto, señala cómo la violencia efectiva se apoya en la violencia estructural y en la violencia cultural, simbólica. La cultura visual nos acostumbra a niños y niñas, adolescentes y adultos  no a ponernos del lado de la mujer violada, humillada, asesinada. Medusa no nos transmite pena o empatía, sino miedo –siquiera conocemos que ha sido violada, que se queda en la historia como mera anécdota-, porque hemos sido socializados, hombres y mujeres, desde el punto del vista masculino. Nuestro repertorio iconográfico está poblado de sexo ejercido por los hombres –sean héroes, dioses, guerreros o personajes de “Juego de tronos”-  unido a violencia, y a placer: de quien perpetra y de quien lo contempla. La unión sexo con dominio masculino, violencia y placer es una constante en el imaginario occidental. Desde los albores hasta la actualidad donde hasta la palabra “joder” es sinónimo de fastidiar o dominar y “follar” se convierte en un verbo transitivo, donde hay que “follarse” a una mujer o ésta es una “mal follada”. Y donde la imagen femenina de la sumisión, del masoquismo incluso, es alimentada por el arte occidental y las series y producciones audiovisuales.

Cuando las mujeres se enfrentan a los cánones subyacentes y latentes de la justicia ordinaria, tienen, tenemos, las de perder. Porque la justicia que aplica el juez que absuelve a cinco personas que penetraron once veces a una adolescente, más pequeña, frágil y menor que ellos, durante dieciocho minutos, no es más que la lógica de una violencia asociada al placer del sexo prescriptivo, a la masculinidad dominadora  definida como “normal”, hasta el punto de llamarle “jolgorio”, sancionando la normalización de la cultura del sexo violento, de sometimiento y fuerza. Y donde la figura femenina encarna la sumisión no por inacción o congelación, sino porque asume el deber ser de la mujeres en el sexo “comme il faut”.

Tercera reflexión. Cuando voy comprendiendo por qué la inacción y la pasividad es prueba inequívoca para el juez que absuelve a cinco personas que penetraron once veces a una adolescente, más pequeña, frágil y menor que ellos, durante dieciocho minutos, toda la cultura visual occidental aprendida y venerada me viene a la cabeza: la violación de las sabinas, las troyanas, las hijas de Leucipo,… mujeres que no luchan, sino que se someten bajo la mirada sexualizada del visitante.

Nuestra cabeza está llena de imágenes que construyen de modo estético y hermoso lecciones que aprendemos desde pequeños, desde pequeñas. Lecciones como Nastagio degli Onesti (en el Decameron de Giovanni Boccaccio y pintado por Botticelli) que advierte a las mujeres que si se niegan al sexo, les arrancarán eternamente el corazón y se lo darán a comer a los perros. Imágenes de cuerpos de mujeres troceadas por el surrealismo, que despliegan las fantasías sexuales masculinas convirtiéndolas en cultura, legitimándolas a través de la cultura, negando no sólo el deseo femenino, sino apuntalando su sometimiento sexual. Entiendo por ello que el juez que absuelve a cinco personas que penetraron once veces a una adolescente, más pequeña, frágil y menor que ellos, absolutamente sometida, viera una escena de sexo “comme il fault”.

Cuarta reflexión. Las mujeres carecemos de voz de autoridad. No se nos concede más que un discurso inmanente que desaparece una vez pronunciado, nunca trasciende si no es ratificado por el discurso normativo masculino. Como Filomele, quedamos sin voz,  el violador le corta la  lengua, para que no pueda contarlo.  Esa es la metáfora de las mujeres. En cuestiones de genealogía, como bien señalaba la premio nacional de ensayo, Celia Amorós, la mujer sólo aporta la carne, no el discurso. Por eso hasta hace muy poco tiempo y salvo excepciones, el apellido que incorporamos a nuestro nombre de pila es siempre en primer lugar el del varón, que imprime pertenencia y logos, cultura. No hacía falta cortarle la lengua a Filomele. Aunque hablara, pocos la creerían. Toda una cultura que desconfía de la palabra de las mujeres construye una cultura de la volubilidad, falta de rigor e incoherencia en el discurso de las mujeres. Máxime, si han pasado una experiencia traumática. Porque la memoria del trauma no se constituye como una historia coherente donde los aspectos de la experiencia están fusionados en una narrativa y de forma integrada en la dimensión vital e íntima del tiempo subjetivo, sino que las recolecciones del trauma se constituyen en fragmentos separados de la conciencia que no han podido ser integrados y permanecen desconectados de la historia global de la vida de la persona. No se cree a las victimas traumatizadas, tampoco a los niños. Sus recuerdos son fragmentarios, incoherentes a veces, desconectados. A la denunciante también le arrancaron la lengua.

En estos últimos años hemos oído hablar de los cuidados, de la responsabilidad por los y las otras. Hace más de treinta años Carol Gilligan (1982) desarrolló una teoría de los cuidados y la moral por la cual las interpretaciones que las mujeres dan a los dilemas morales, privilegian aspectos como las relaciones, el contexto, los vínculos con los demás y las responsabilidades en el cuidado. Elaboró un cuadro del desarrollo moral en el ámbito de la ética del cuidado que pone el acento en el respeto y en la importancia de las necesidades del otro. Los seres de la ética  del cuidado son diferentes, singulares e irreductibles y no deben ser dañados. La idea de justicia en la sociedad, según Gilligan, debe ir unido a la compasión y la responsabilidad para con el resto de personas, aspectos socialmente asociados a las mujeres y desatendidos por la sociedad en general.

En estas premisas estábamos, en la feminización de la sociedad,  cuando la realidad nos abofetea la cara. ¿cuidados? ¿Desde cuando el sexo tiene que ver con los cuidados?

Hoy, más que nunca pero como siempre, somos Europa, el emblema de una mujer violada por un Zeus masculino en forma de animal salvaje, el toro. Un toro que a veces va también en manada.

Quiero pensar que el sexo como dominación es un sexo enfermo. Que el sexo como violencia es propio de personas enfermas. Que el sexo como sometimiento también. Nuestra sociedad está enferma. Y nuestra legalidad está lejos, muy lejos, de ser justa.