Opinion · Dominio público

¿Pueden las gitanas hablar?

Antoni Aguiló

Filósofo político del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra

La reciente huida de dos jóvenes gitanas de Palma para evitar una boda forzada exhorta a recuperar la pregunta que la teórica feminista Gayatri Spivak se formulaba en su célebre artículo de 1983 titulado “¿Puede el subalterno hablar?”, sobre todo después de la celebración de un 8M que ha marcado un punto de inflexión en la agenda feminista y que ha vuelto a dejar patente que el feminismo es un movimiento vibrante que desafía al patriarcado desde la base hasta la cúspide.

En su artículo, Spivak reflexionaba sobre las condiciones de los sujetos oprimidos para hacerse visibles y hacer oír su voz en el contexto del capitalismo global, patriarcal, excluyente y autoritario. Para Spivak, subalterno es una palabra que tiene que ver fundamentalmente con la imposibilidad de hablar de los oprimidos dentro de la narrativa capitalista y patriarcal hegemónica. Hablar no en el sentido de producir una emisión fonética, sino como la capacidad de producir un discurso político y de ocupar una posición legítima propia que les brinde a los subalternos la posibilidad de ser reconocidos y escuchados en pie de igualdad. La respuesta de Spivak es instigadora: bajo el régimen del imperialismo capitalista, la condición que le está reservada a los subalternos es el silencio. Además, como dice Boaventura de Sousa, hay silencios subalternos que, lejos de significar un vacío comunicativo, en realidad ocultan aspiraciones que después de tanto sufrimiento y tanta humillación se han vuelto impronunciables.

En la estela de Spivak cabe preguntarse: ¿pueden las gitanas hablar por sí mismas y en su propio nombre? ¿Cómo promover la visibilidad y la fuerza de un feminismo gitano que les permita a esas “voces bajas” de las que habla Karina Bidaseca elevar su tono y alcanzar una nueva escala de intensidad dialógica?

Las mujeres gitanas son triplemente subalternas: por una cuestión de género, por una cuestión de etnia y por una cuestión de clase social, y ello sin contar con otras variables de las que también se aprovechan el sexismo y la discriminación, como la orientación sexual y la condición migratoria. Por si fuera poco, las gitanas son doblemente víctimas del patriarcado. Por un lado, del patriarcado blanco heterosexista que convierte a las mujeres en objeto de uso, consumo y apropiación, pero también, y al mismo tiempo, víctimas del patriarcado gitano vigente en sus comunidades.

El caso de la mencionada fuga pone de manifiesto la necesidad de romper el silencio patriarcal que convierte a las mujeres gitanas (y también a muchos gitanos LGTB) en un objeto mudo. Tomar la palabra y entrar en ese espacio de diálogo supone un paso imprescindible para construir y escoger las propias identificaciones, rechazando las identidades estigmatizadas que la cultura dominante les impone: que son vendedoras ambulantes, que son embaucadoras, que son sucias, que no estudian, que se casan temprano y con gitanos o que son madres de familias numerosas, entre otros estereotipos profundamente arraigados en el imaginario social que legitiman la marginación y la invisibilidad.

Uno de los estereotipos racistas y patriarcales más famosos que corrobora las ideas de Spivak sobre el secuestro de la voz de los subalternos puede encontrarse en Carmen, la ópera de Georges Bizet, inspirada en la novela homónima de Mérimée, una pieza musical reconocida a todas luces como un producto de la alta cultura europea. Carmen encarna prácticamente todos los estereotipos y mitos construidos sobre la mujer gitana: es una muchacha bonita, veleidosa y seductora que, cansada de su relación con el cabo don José, se enamora del torero Escamillo. Su trasgresión de las reglas patriarcales hará que acabe siendo trágicamente asesinada por don José (símbolo del patriarcado blanco) en el mismo momento en el que Escamillo corona una corrida de toros, por lo que el toro y la mujer gitana comparten simbólicamente un mismo y cruel destino.

Carmen no es un caso aislado. Podrían citarse otras manifestaciones culturales que han contribuido a crear un canon gitanófobo y misógino todavía hoy ampliamente presente en los discursos cotidianos, en los medios de comunicación e incluso en los manuales académicos. Ya lo expresó con lucidez Walter Benjamin: “Todo documento de cultura es, a la vez, un documento de barbarie”. Probablemente ese mismo canon de la barbarie fue el que indujo a Nicolas Sarkozy y a Silvio Berlusconi a la expulsión acelerada de gitanos.

El feminismo gitano también existe, aunque no siempre se autodenomine así. Siempre ha habido mujeres gitanas anónimas combativas y resistentes. Es un feminismo periférico que sabe que no debe guardar silencio ante la voz de su amo ni ante la de quienes no le permiten expresarse y hablar en su propio nombre, incluso ante los discursos del feminismo occidental dominante, que a menudo hablan en nombre de todas las mujeres pero toman como modelo de referencia la experiencia de las mujeres blancas de clase media y alta (el feminismo de Hillary Clinton, por poner un ejemplo icónico), un feminismo que la filósofa Angela Davis ya cuestionó en su famoso libro Mujeres, raza y clase.

Algunos de los interrogantes que se abren son: cómo pueden las mujeres gitanas forjar su propia identidad sin prestar atención a las atribuidas por el prejuicio racista, por un lado, y cómo convertir las diferencias en un factor de resistencia capaz de producir transformaciones, por otro. Salir de la condición silenciosa de las mujeres y del armario gitano exige un trabajo en una doble dirección: en el ámbito de la sociedad paya mayoritaria y en el ámbito de las estructuras patriarcales y heterosexistas dentro de las comunidades gitanas. Ese trabajo pasa necesariamente, entre otras medidas, por reivindicar la pluralidad y la diversidad de los feminismos, mostrando que no hay una sola forma de ser feminista; vincular las luchas de género con las luchas de clase y etnia, puesto que las formas de discriminación interactúan entre sí; desarrollar nuevas redes y alianzas feministas; combatir los estereotipos negativos sobre las personas gitanas; cuestionar los roles de género y las construcciones sociales patriarcales que nos han llevado donde estamos; repensar la educación afectiva y sexual para construir vínculos más flexibles y ricos en significados; y abandonar el paternalismo que limita la autonomía y la voz propia.

La cultura gitana es esencialmente ágrafa, se basa en la transmisión oral, de modo de que en cierto modo aquello de lo que no se habla no existe o es invisible. De ahí la importancia de poder hablar: para ser, para resistir y, en definitiva, para existir.