Opinion · Dominio público

Presentismo italiano y futuro europeo

Luis Moreno

Profesor de Investigación del Instituto de Políticas Públicas y co-autor de ‘Democracias robotizadas’

Italia, tierra de genios innovadores en las artes y las ciencias afronta momentos políticos y económicos complejos. Es también una coyuntura difícil para el conjunto de la Unión Europea.

Tras un año 2017 en el que hemos asistido con alivio a la neutralización del peligros xenófobos, populistas y neofascistas en Holanda, Francia y Alemania, resulta que ahora es Il bel paese el que se encamina hacia un futuro de incertidumbres. Sucede que a un presentismo de nuevas ofertas políticas se contrapone un pasado pesante de desequilibrios sin resolver.

Los dos partidos ahora preparados para gobernar Italia (Movimiento Cinco Estrellas y Liga) han hecho ofertas electorales con consecuencias económicas que podrían afectar no sólo a la península transalpina, sino a todo el conjunto de la Eurozona. Valgan unos sintéticos datos de la economía italiana para que el lector se haga una idea.

Recordemos que la deuda pública italiana ya supera el 132% del PIB italiano, y su servicio supone un pesado lastre que ha condicionado (y seguirá condicionando) la actividad política. Y ello no es porque la economía italiana no sea capaz de mantener un balance entre ingresos y gastos primarios (es decir de entradas y salidas presupuestarias sin considerar el pago de los intereses de la deuda acumulada). Sucede, sin embargo, que la obligación de abonar los dineros que se tomaron por prestado en el pasado constituye una losa pesadísima de sobrellevar. Una deuda que se equilibra mediante la adquisición en muchos casos de bonos públicos por parte de los bancos italianos, algunos de los cuales son enfermos financieros crónicos. Todo ello deja poquísimo margen maniobra presupuestaria y, sobre todo, sofoca las cuentas nacionales. ¿Cabe imaginar una Italia más endeudada de lo que ahora está?

Como bien indica mi colega y amigo, Maurizio Ferrera, el presentismo como forma de actuación de los partidos es resultado (y no sólo en Italia) de actuar a corto plazo con ofertas que puedan ser ilusionantes para el electorado y galvanicen eventualmente el apoyo de los votantes. Ese seguramente ha sido el caso de la promesa que han pactado los dos partidos de referencia para implementar la renta de ciudadanía de 780 euros mensuales. Se trataría de una medida que complementaria a las prestaciones ya existentes de protección del desempleo y que recibirían los parados que no hubieran madurado los requisitos para percibir la prestación de desempleo, incluidos los pensionistas que no hubiesen alcanzado esa cantidad a final de mes.

La renta de ciudadanía es una propuesta valiente que va en la dirección justa considerando los efectos irreversibles de la robotización en curso de nuestras democracias. Según recientes estudios, en 2030 más de un tercio de la fuerza laboral asalariada podría estar en riesgo por el progresivo proceso de automatización. Tras un análisis de la situación en 27 países, los sectores más afectados por la robotización serían el transporte, la logística y la industria manufacturera, los cuales podrían llegar a perder entre el 52% y el 45% de los puestos de trabajo.

Esta propuesta anti-establishment de los herederos de Beppe Grillo y Umberto Bossi es, sin duda, el gancho más importante para recabar consensos en la Italia más empobrecida, notoriamente la meridional. En el norte transalpino, la otra propuesta fiscal de una flat rate, es decir un nivel impositivo lineal, es también del agrado de buena parte del tejido empresarial de pequeñas y medianas empresa, las cuales se lamentan muy justamente de una fiscalidad y burocracia excesiva impuestas desde “Roma ladrona”. Pero tal medida va claramente en la dirección equivocada, si es que Italia, país fundador del Tratado de Roma, quiere permanecer en la UE y seguir apoyando activamente el Modelo Social Europeo.

Solo los impuestos progresivos, es decir el abono de más impuestos por parte de quienes más tienen, hace y hará posible la pervivencia de nuestros sistemas de bienestar y nuestra legitimidad democrática. Los modelos alternativos son bien conocidos: (a) neoesclavismo asiático de los países emergentes (China e India, principalmente) que aspiran a una mayor competitividad de sus productos mediante el dumping social y el menor coste del factor trabajo con la inexistencia de derechos sociales y de protección de riesgos sociales; y (b) la remercantilización a la anglo-norteamericana que propone que cada ciudadano se compre su bienestar social, o que sus señores feudales corporativos se lo procuren como nuevos siervos de la gleba.

Si como consecuencia del presentismo italiano los mercados comienzan a dudar de la sostenibilidad de las finanzas publicas italianas (ya han comenzado a hacerlo con el aumento de la prima de riesgo que ya duplica la de España), la situación general en la Eurozona podría descontrolarse y entrar en una nueva recensión de resultados imprevisibles. Italia es demasiado grande para que el Mecanismo Europeo de Estabilidad pudiera gestionar su crisis de deuda como lo hizo en el pasado reciente con Grecia o Portugal. Sería entonces el Banco Central Europeo con super Mario Draghi al frente (quien, por cierto, acaba su mandato en otoño del año próximo), la institución salvadora que entraría en liza. Sucede que, a diferencia de los casos griego y portugués, la deuda italiana tendría que ser reestructurada y exigiría la solidaridad de otras economías del euro, a saber Alemania y la Europa septentrional. Las autoridades comunitarias, y buena parte de la intelligentsia financiera europea, temen ese escenario.

¿Por qué deberían pagar todos los europeos los excesos y deudas de los italianos? La pregunta contiene un potencial de destrucción del proceso de Europeización mayor que las fanfarronadas de los populistas Orban, Wilders o Le Pen, pongamos por caso. La austeridad por si misma ha provocado efectos deletéreos en el conjunto de las economías del Viejo Continente, pero las nuevas financiaciones con cargo al dinero de los contribuyentes europeos harían bien en seguir el principio básico de la contabilidad (doble partida) introducido por el genial toscano Fra’ Luca Pacioli (1445-1517). Y es que a todo cargo le corresponde un abono, ¿no les parece?