Opinion · Dominio público

Breve historia del viejo continente

La antigua capital fue fundada por ladrones y prostitutas. Merodeaban los caminos cerca de las marismas y asaltaban a los viajeros desprevenidos. Si estos sabían resistir les proponían algo de placer a cambio de dinero. No se trata de habladurías de los enemigos, sino de la narración del origen, orgullosamente  transmitida de generación en generación y reivindicada luego por los poetas oficiales, en el clímax de la potencia imperial.  Se asignaba, incluso, a la generosidad de una prostituta piadosa la salvación de los gemelos que fundaron la ciudad. La propia ceremonia del trazado de las murallas se tiñó de sangre: los historiadores discuten si la razón por la cual un hermano mató al otro y se coronó único rey, fue un ataque de ira o el justo castigo de una transgresión. De este origen turbulento nació la idea de aumentar la población de la ciudad instituyendo en su centro un templo  (o un bosque – las noticias son confusas) donde cualquiera que estuviera perseguido podía refugiarse. Allí tenía derecho a tener salva la vida con independencia del delito que hubiera cometido. A este lugar se le llamó “asylum”. Bandidos y asesinos fueron poblando la ciudad. Con el tiempo su poder creció hasta adueñarse de casi todo el mundo que conocían.

Orgullosos de no tener ideales de pureza de sangre que defender, siempre estuvieron atentos a lo que los otros pueblos sabían. A lo largo de toda su historia, sus ciudadanos se jactaron de ser los más poderosos del mundo entonces conocido por ser los que más y más rápidamente sabían aprender de los extranjeros. Tampoco diferenciaron nunca en exceso “aprender” y de “aprehender”. Pero, por eso mismo, los enemigos no lo eran para la eternidad. Una vez sometidos, en pocas generaciones formaban parte del imperio y podían tener su parte en el botín de las conquistas. Hubo así ciudades multiétnicas y emperadores negros.

Su religión también reflejaba la idea que tenían de sí mismos: en la capital, uno de los templos más grandes estuvo consagrado a toda la multitud de los dioses extranjeros de los territorios que habían caído en su poder. Estaban convencidos de que ellos los honraban mejor que sus antiguos fieles – y la irónica prueba era que habían ganado la guerra. Hacia el final del imperio, se impuso una nueva religión que aparentaba adorar a un solo dios. Su teología y su liturgia eran, en realidad, un abigarrado conjunto de sacrificios humanos, resurrecciones e inesperadas virginidades, que adaptaba elementos de todas las religiones y divinidades del imperio.

Al cabo de unos siglos, una enorme migración de pueblos germánicos y asiáticos anegó los territorios del imperio. Después de una época de luchas, reasentamientos, destrucciones y reconstrucciones, nació una multitud de culturas singulares que mezclaban lenguas, costumbres y leyes pretéritas del imperio y de los “bárbaros”. A lo largo del segundo milenio, la violencia, el deseo de poder, la avaricia y el gusto casi infantil por lo nuevo, llevó a los bastardos vástagos de estas hibridaciones a volver a hacerse con más partes del mundo de las que el imperio nunca hubiera soñado. La específica mezcla de capacidad de aprendizaje y mala intención les venía de antiguo. Naturalmente, los otros reinos e imperios contra los que lucharon por todo el orbe, tenían sus propios proyectos de poder y de conquista. Pero, su tradicional capacidad de leer los propósitos y las debilidades de los otros – porque nos les consideraban extraños seres extraterrestres sino sólo personas tan violentas y codiciosas como ellos mismos – les otorgó a menudo una ventaja decisiva. Durante un tiempo llegaron casi a apoderarse del mundo entero. En el propio viejo continente, después de innumerables matanzas, consideraron instituir unos límites territoriales acordados entre los grupos de poder más importantes, y evitar en adelante luchar por aniquilarse mutuamente. Los abigarrados espacios así definidos se llamaron “naciones”.  A partir de entonces, las guerras sólo tendrían lugar en sus fronteras. Hacia el interior, intentaron domar  la violencia que les habitaba a través de ingeniosos sistemas políticos. El más exitoso acabó siendo conocido con el nombre de “democracia”. Las clases y facciones evitarían las guerras civiles, a través de un sofisticado juego de representaciones. Se reconocía el poder a los grupos que lo tenían, pero incluso ellos tenían la obligación de legitimarse en el juego de la  representación. Las palabras serían libres y las confrontaciones dialécticas no darían lugar a derramamiento de sangre.

Esta perspicaz organización política no supo, en realidad, contener razzias y asesinatos en masa. Es más, se desataron las guerras más cruentas de la historia de la humanidad que, al igual que las posesiones de estos estados, alcanzaron los últimos confines del mundo.

A partir de la mitad del siglo pasado, después de la última guerra que contaminó todo el globo terráqueo, un esqueje de la cultura híbrida y poderosa del viejo continente, le substituyó en el afán y la capacidad de dominio mundial. En otro continente, los descendientes de grupos de exilados, de esclavos y de inmigrantes  organizaron un estado que ha acabado teniendo el ejército más poderoso de la historia, capaz de intervenir en los cinco continentes a la vez.

Ahora, sometidos a poderes que crearon sus propios ancestros, pero que les pertenecen cada vez menos, los habitantes del viejo continente son presas de la frustración, del miedo y de la desesperanza.  Entre la alevosía y el ridículo, fabulan con un pasado de esencias y de purezas – ellos que siempre tuvieron la ambición desmedida de los bastardos. Intentan cerrar sus puertos y aeropuertos – los mismos desde donde salían sus barcos y aviones de guerra para la rapiña a gran escala. Se preguntan por su propia “identidad” en una obvia y patética tentativa de detener un tiempo que ya no les pertenece. Este último detalle es, quizá, el más hipócritamente conmovedor. Es de suponer que en el secreto de sus corazones, lo que quieren realmente es ser otros – y, quizá, fundar una nueva capital.