Opinion · Dominio público

Epicuro en Magaluf: sobre placer y poder

Antoni Aguiló

Filósofo político del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra

Este verano el turismo hooligan ocupará de nuevo la zona de Punta Ballena, en Magaluf (Mallorca). La música sonará a todo volumen en los locales de marcha, los supermercados exhibirán las botellas de alcohol en lugares bien visibles y jóvenes turistas se sumergirán en un festival de alcohol y sexo. Como diría Freud, Magaluf se configura como un espacio de relaciones pautadas por el principio de placer, que busca la satisfacción inmediata de los deseos y las pulsiones.

Locales de ocio en Magaluf, en la isla de Mallorca. REUTERS
Locales de ocio en Magaluf, en la isla de Mallorca. REUTERS

Las tecnologías de la información y la comunicación también alimentan el principio de placer. Tomemos el caso de Grindr, la principal aplicación de citas y contactos entre varones. Lo primero que llama la atención es el icono oficial: una especie de máscara de teatro, como si se empujara a los usuarios a la clandestinidad, a ingresar en un cuarto oscuro virtual. En él los usuarios se transforman en consumidores que se exhiben en un escaparate de perfiles que revelan datos personales como su edad, peso, altura, complexión física, rol sexual y origen étnico. Más que como una aplicación para ligar y conocerse, Grindr funciona como un catálogo de cuerpos anónimos vistos como mercancías geolocalizables y consumibles. Se trata de un mercado libidinal que reproduce patrones de socialización (armario, máscara) muy alejados de la transgresión y la crítica social que tradicionalmente han formado parte de las culturas queer, y que además transmite una visión mercantilista del sexo gay basada en un uso eficiente del tiempo (“¿buscas para ya?”, “¿sitio?”) y en el apego al brillo fugaz de lo nuevo (repetir con la misma persona mina la oportunidad potencial de quedar con otros). De este modo, buena parte de la actividad de los usuarios consiste en pasar perfiles hasta seleccionar alguno que les llame la atención, con la expectativa permanente de encontrar algo mejor (alguien más cachas, más guapo, más dotado…). Se salta, así, de un chat a otro sin la intención real de seducir a nadie en particular y las historias se sustituyen por momentos esporádicos hechos de conexiones (online) y desconexiones (offline).

Grindr es el reflejo de cómo el capitalismo neoliberal crea una identidad gay dócil y consumista que despolitiza reclamos, acepta las normas del statu quo blanco, capitalista y patriarcal dominante y separa las luchas de los colectivos LGTB de otros grupos que luchan contra el sexismo, el racismo y el clasismo. Como advierte el filósofo Byung-Chul Han, el neoliberalismo solo permite la existencia de “diferencias comercializables”.

Punta Ballena y Grindr son dos ejemplos ilustrativos de la hegemonía social del placer líquido, parafraseando a Bauman: un placer inmediatista,  consumista e individualista guiado por el imperativo de gozar sin límites, incluso a costa de la dignidad y la humanidad del otro; un placer basado en la imprevisibilidad, la falta de compromiso y la presencia de vínculos humanos cada vez más fluidos y frágiles que aíslan a las personas, haciéndolas sentir irremediablemente solas, a pesar de acumular centenares de contactos virtuales. Se trata de un hedonismo que amenaza lo poco que queda de vida comunitaria mediante la exacerbación del consumo masivo de sensaciones efímeras de placer. Los poderes al servicio del neoliberalismo celebran este hedonismo domesticado que nos vuelve egoístas, no altera las estructuras sociales existentes ni promueve el crecimiento personal y humano. Abominan, en cambio, del hedonismo crítico que hace del placer una práctica de transformación social y personal.

Vivimos en la época del placer líquido, del empobrecimiento de la experiencia afectiva y sexual por los parámetros de la cultura del consumismo y el hedonismo vacuo, que transforma a las personas en objetos descartables. Un ejemplo que muestra el alcance de este empobrecimiento se halla en los antiguos griegos, que tenían cinco palabras para referirse a la complejidad y la heterogeneidad de la experiencia amorosa: eros (la pasión sexual), philia (la amistad), ágape (el amor desinteresado por el prójimo), storge (el amor familiar) y philautia (el amor propio), una visión que contrasta con los estereotipos que genera la cultura del amor romántico, que educa para buscar las diferentes formas de amor en la misma persona.

La creencia de que el placer es un mero goce sensorial carente de contenido ético y político se impuso gracias a la hegemonía de las filosofías idealistas y espiritualistas, sobre todo del platonismo y el cristianismo, que han dejado una huella imborrable en la cultura occidental. En el Fedón, Platón considera que los placeres sensibles son un verdadero impedimento para alcanzar la sabiduría. El placer no tiene nada que ver con el conocimiento ni con la virtud, pues pertenece al ámbito de las sensaciones corporales, de las que hay que alejarse para liberar el alma de la prisión del cuerpo. La propia modernidad occidental proclamó como valores supremos la libertad, la igualdad y la fraternidad, pero la sensualidad nunca formó parte de sus declaraciones de derechos humanos.

Sin embargo, en la propia Antigüedad griega existe una tradición filosófica subalterna y a menudo desacreditada que propone un camino para reapropiarse del placer, vinculándolo a una serie de técnicas relacionadas con la formación de las costumbres de una época, aquello que los griegos llamaron ethos (de ahí la palabra ética). Se trata de una tradición hedonista que concibe el placer como un arte específico cuyo aprendizaje requiere dedicación, de manera análoga al aprendizaje del “arte de amar” del que habla Erich Fromm. En su Carta a Meneceo, por ejemplo, Epicuro escribe que “el placer es el principio y el fin de una vida feliz”. No identifica el placer con la satisfacción inmediata de cada impulso, sino con la ausencia de dolor físico y psíquico, el bienestar emocional y el goce moderado.

El arte de la vida placentera se llamó aphrodisia. Abarcaba prácticas que iban más allá de los placeres sensoriales, como el cultivo de la belleza, de la amistad y de la convivencia pacífica con uno mismo y con los demás. En palabras de Foucault, la aphrodisia,implicaba ejercitar el “cuidado de sí”, una forma de ser y hacer que impregna el modo de vida.

De este planteamiento se desprenden algunas preguntas interesantes: ¿Cómo hacer del placer un arte emancipador? ¿Cómo combatir la apropiación capitalista y patriarcal del placer? Y, sobre todo, reformulando la observación de Spinoza (“nadie ha determinado por ahora qué puede el cuerpo”), ¿qué puede el placer? ¿De qué efectos es capaz?

Necesitamos un cambio de horizonte en la vivencia del placer. Hay que descolonizar, despatriarcalizar y desmercantilizar el placer. No se trata de abandonar ni de demonizar el hedonismo, sino de resignificar el placer como potencia lúdica, creativa y disruptiva, como fuerza capaz de crear comunidad y solidaridad. Es tiempo de aprender nuevas aphrodisias, usos alternativos de los placeres ligados tanto a la alegría de los cuerpos como al arte de vivir juntos. Aphrodisias que potencien la capacidad de lo que pueden los cuerpos, que desborden las identidades sexuales y de género establecidas por el capitalismo y el patriarcado y que apuesten por la emancipación afectiva y sexual de las personas. Aphrodisias para las cuales el poder, cuando se comparte democráticamente, es placentero y el placer, cuando une cuerpos y afectos, es poderoso. Sería una auténtica revolución del placer.