Opinion · Dominio público

Ética y Religión

La Ética y la Religión han nacido juntas en el proceso evolutivo que nos ha conducido a lo que llamamos, con mayor o menor fortuna, Homo Sapiens. Los dioses pronto mandaron que se cumplieran ciertas normas y tuvo que pasar mucho tiempo hasta que las citadas normas se emanciparan del manto de la religión y volaran, siempre con la limitada altura humana, solas. En el suelo de nuestra civilización ya Sócrates colocó en medio de cualquier investigación sobre las dos materias, un dilema que no ha sido superado por el tiempo. Y que arruina todo intento de justificar o fundamentar nuestras acciones morales apoyándose en algún ser superior a nosotros. Dicho dilema, en traducción fiel a lo escribe Platon en su diálogo de juventud Eutifron, es el siguiente. Quieren los dioses que se haga algo porque es bueno o es bueno porque lo quieren los dioses. El pobre Eutifron no sabe responder y vuelve derrotado a casa. Y es que si dios o los dioses quieren que se haga algo porque es bueno, el bien se sitúa por encima de él o de ellos. Y si, por el contrario, algo es bueno por puro deseo divino, mande lo que mande, se convertirá en bueno. El capricho o arbitrariedad divinas podrían dar por resultado que el torturar, por ejemplo, a un bebe por placer sea, sin más, una buena acción, lo cual es absurdo. Teólogos y filósofos cristianos se han roto la cabeza intentando esquivar el dilema. No lo han conseguido. Y no creo que lo consigan nunca. Al final les queda el recurso de la fe y que sean escuchados por aquellos que comparten la misma fe. Pero entonces poco o nada tienen que decir a los que no participen de la fe en cuestión. En una sociedad laica y en donde somos los individuos los que organizamos la convivencia, y no ser o seres superiores, la fe no es argumento alguno.

Dejando el tono académico que puede sonar en la disputa, si nos aproximamos a la vida cotidiana continua prevaleciendo una supuesta superioridad de los que, agarrados al gancho de la divinidad, darían no solo lecciones sino soluciones a las tantas veces controvertidas cuestiones morales. En el creyente religioso suele darse un prurito de superioridad intelectual. La religión explicaría mejor nuestro tantas veces desgarrado animo por estar arrojados, por decirlo con una expresión ya clásica, en este mundo. Si se nos dice quien nos ha colocado aquí y cual es nuestro ultimo objetivo, nos encontraríamos más protegidos y no a la intemperie y en la oscuridad. El sinsentido de la vida sería cerrado por una cremallera que no le deja ver la luz. Esta supuesta superioridad pasa por alto muchas cosas. Antes de nada, que por muchos esfuerzos que hagamos y por mucho que estrujemos nuestro cerebro, a lo más que se podría llegar es a un Superman y no al dios bueno y poderoso que nos conduciría a una salvación radiante en felicidad. Más aun, pensar que no somos capaces con nuestros limitados medios de construir una convivencia respetuosamente humana es tanto como despreciar nuestra condición y colgarnos de la ficción. Que no seamos capaces de encontrar una fundamentación total e incondicionada de nuestras acciones morales no desdice de nosotros, como escribe entre otros el conocido teólogo H. Kung. Sería tanto como decir que no tenemos cuerpo porque no podemos llegar a la luna pegando saltos. De nuevo aparece la fe y de nuevo hemos de contestar que ahí no nos metemos. Se trata de algo personal y estamos hablando en una sociedad que exige razones y las razones o se comparten o son meras exclamaciones subjetivas. Además, y dicho de paso, qué suerte han tenido los que, refiriéndonos a España, han nacido en la religión verdadera. Porque si hubieran nacido en Arabia Saudí serían islamistas sunitas wahabitas y hasta salafitas. Te contestarán que eso pertenece a los misteriosos designios divinos con lo que de nuevo se ha quitado el supuesto para toda discusión seria.

Dejemos ya misterios, símbolos y mitos y contemplemos la relación entre Ética y Religión más a ras de tierra. En la práctica si sale el tema de la religión en una conversación y en una de esas catedrales de nuestros días que son las terrazas, será el no creyente, habitualmente, quien tenga que dar razones de su no creencia religiosa. Cuando tendría que ser al revés. Y es que el peso de la prueba recae en quien afirma algo tan extraordinario y antiintiutivo. El no creyente, sin embargo aparece como desposeído de algún don, parecido al sordo en música o al ciego para los colores. Y siempre con pie cercano a caer en el abismo de la inmoralidad. Todavía más. Aunque se acepte una ética, digamos natural, insistirán en que al tener ésta tantos huecos, y en situaciones difíciles, puede ayudarnos a salir del enredo lo que proviene de los mandatos divinos.

Esta situación solo esbozada en la vida cotidiana es la que da lugar a su preeminencia en las instituciones. Se ha protestado hasta la saciedad contra el favoritismo constitucional a la religión católica. O el castigo en el derecho penal a quienes ofendan los sentimientos cristianos. Parece un residuo medieval. O que se mande a jugar a los niños que no estudian una religión que viene dictada por los obispos. O que se sea incapaz de introducir un Historia de las Religiones explicada por una persona religiosamente neutra.

La religión sigue sacando la cabeza por encima de la Etica. En un comité asistencial de ética, por ejemplo, de un hospital raro es que no se siente un sacerdote. No veo ninguna razón para ello. Si es una creencia más pero muy difundida, que nos incluyan también a los que pensamos que el futbol es una de las bellas artes. Si se prescinde del negocio, de lo soez y de la alienación (que no la alineación). Pero esto, desgraciadamente, se da por todas partes.