Opinion · Dominio público

¿De qué le sirve al feminismo esto de los permisos igualitarios?

Sofía Castañón

Diputada de Unidas Podemos y secretaria de Feminismos, Interseccional y LGTBI

“Corro porque no tengo tiempo”.  Era el lema de una carrera solidaria de mujeres que no podían conciliar su vida laboral con la familiar. Era antes de que el feminismo (o el running) tuvieran la hegemonía de ahora. Era en Italia, en 2012. Organizaba la asociación de ultraderecha Casa Pound. Ya, la ultraderecha preocupada por la conciliación de las mujeres, qué cosas. Porque era necesario que las mujeres pudiesen tener tiempo, para todo. Para trabajar, para cuidar. Porque, claro, ¿quién iba a asumir todo lo que las mujeres tenían que seguir haciendo? Porque ese era el peaje de poder acceder a la vida laboral, al empleo remunerado. Lo describe perfectamente Moderna de Pueblo al ilustrar a una mujer con el maletín del trabajo, la plancha, el crío cogido como puede y diciendo por teléfono (¿cuántas manos hacen falta para todo esto?) “tranquilo, cariño, si no puedes, ya me encargo yo”. Añade: “ser una superwoman es una trampa”.

Ser esa superwoman no es un mérito, ni un orgullo, es fruto de un sistema injusto. Ser esa superwoman supone muchas veces un coste altísimo a la salud. Cuidar de nuestros hijos e hijas en el primer año de vida no puede suponer una elección entre renunciar al empleo, a la carrera profesional o acabar con un desgaste físico y un nivel de estrés inasumibles. Esto se llama división sexual del trabajo y la propuesta que hemos presentado por unos permisos de paternidad y maternidad iguales e intransferibles y 100% remunerados es una medida para erradicar esa división injusta, que sostiene un sistema productivo ajeno a la vida y que le sale gratis al Estado porque ya lo hacen las mujeres.

Hombres y mujeres tienen que cuidar por igual. Y esta medida asume la parte más amable y bonita del cuidado porque, no nos engañemos, el cuidado no son sólo nuestras peques, son las personas en situación de dependencia, son nuestros mayores. Cuidar por igual implica que se espere el mismo tiempo para cuidar de un trabajador que de una trabajadora. Y cuando se espere que estará ausente de su puesto, por ser un derecho laboral logrado, el mismo número de semanas, la pregunta “¿Ha pensado en quedarse embarazada?” dejará de ser pertinente desde ningún enfoque, además de no ser procedente. Quienes trabajen podrán contar en sus vidas con nacimientos, adopciones o acogidas de hijas e hijos y esto no tendrá que condicionar su situación laboral, ni antes de acceder al empleo ni durante el ejercicio del mismo.

Hay palabras que son útiles pero que se van cargando, y muchas veces cuando se trata de políticas de igualdad desde las instituciones, más que cargarse, se vacían. Corresponsabilidad para mí es una de esas palabrejas que me atascan la lengua más que darme alas, propias de quien comparte “la carga” (y a esta idea vuelvo luego). Pero en estos días, y pensando mucho en esta proposición de ley que ha supuesto dos años de trabajo (en el Congreso), más de diez años para la plataforma que ha ideado este modelo de permisos, la PPIINA, he querido que corresponsabilidad no hable tanto de hombres y mujeres, que sí, desde luego, como de ciudadanía y Estado. Esta medida es consciente de que el Estado, las políticas públicas, han de corresponsabilizarse del cuidado de las personas. Hacerlo posible: porque todas las personas tenemos el derecho a cuidar y el derecho a ser cuidadas.

Y vuelvo así a lo de “la carga”. No es ninguna carga cuidar de alguien. Pensar que sí lo es evidencia el problema cultural y el espacio que se ha dado a la crianza, al cuidado, al atender a las personas que lo necesitan -y hasta que no lo necesitan pero que igualmente lo hacemos entre nosotras como manera de relacionarnos- ha sido en los márgenes de lo que supuestamente importa. Si queremos despatriarcalizar el mundo laboral (porque es patriarcal, mucho, cómo no va a ser patriarcal tener jornadas interminables, no disponer del tiempo propio, mantener una brecha salarial y un techo de cristal, precarizar casi como quien lo hace desde un tubo de ensayo del shock los sectores feminizados, marginar, discriminar por género, por raza, por identidad de género, por cultura…) necesitamos que los cuidados entren como eje y como derecho. Y que este sea un derecho común y no residual.

Poner las vidas en el eje pasa por la voluntad consciente de permear con lo vital todos los espacios. Comprenderlos, dejarlos estar. Sacar “el ámbito doméstico” al espacio público (que a la inversa, introducir el trabajo dentro de lo doméstico, de las casas y el tiempo de vida, ya se ha hecho sin pedir permiso).

¿Para qué le sirve al feminismo esto de los permisos iguales? ¿Además de romper la división sexual del trabajo, de luchar contra la brecha salarial para salirnos de esa consideración de “trabajadoras de riesgo”, de modificar roles y romper el techo de cristal y cambiar la realidad de los sectores feminizados? Pues además sirve para educarnos. Porque los libros de texto pueden decir que somos iguales, pero la realidad niega eso con quién pone el plato en la mesa, quién lo recoge, quién cuida, quién llega a casa tras muchas horas fuera. Sirve para educar a nuestras niñas y niños y para educar a nuestros mayores, porque esa educación, la ejemplarizante, no cesa nunca. Sirve para pasar del discurso a la acción. La acción de los hombres cuidando, y no sólo diciendo que les gustaría cuidar.

Sirve para dejar al desnudo al idiota que se le ocurra preguntar, como en su momento hizo Bertín Osborne, en un campechano programa de la televisión pública a Iker Casillas si ahora que su compañera, la periodista Sara Carbonero, ha tenido hijos seguirá trabajando. Sirve para que, en la farmacia, cuando llega una pareja heterosexual con un bebé en brazos, no hablen sólo con la madre porque qué sabrá el padre. Sirve para que si un hombre tiene a su bebé en brazos y se pone a llorar no le llamen inútil y que haga el favor de dejarlo con su madre, que es la que sabe. O en su defecto, la madre del padre a quien le llora el bebé en brazos.

Sirve para priorizar los cuidados, para acercarnos a ser iguales y, por esas mismas, acercarnos a ser una sociedad más feliz. Ya ven, casi nada.