Opinion · Dominio público

El dilema de la OTAN y Rusia

JAVIER MORALES

Decía el zar Alejandro III que su país sólo tenía dos amigos en el mundo: su ejército y su marina. La idea, quizá demasiado cínica, de que sólo puede confiarse en la disuasión militar para sobrevivir en las relaciones internacionales sigue vigente entre algunos de los vecinos de Rusia, como demuestran los documentos revelados por Wikileaks. Hemos sabido así que la OTAN aprobó un plan para defender a Estonia, Letonia y Lituania en caso de una hipotética agresión rusa; mientras que Polonia presionó a EEUU para obtener un sistema antimisiles frente a un posible ataque de Moscú.

El momento de la filtración no ha podido ser más incómodo. Rusia y la Alianza Atlántica declararon en la reciente Cumbre de Lisboa que ya no se consideran enemigas; e incluso acordaron estudiar una defensa conjunta contra misiles que protegiera todo su territorio. Y hace pocos días ha tenido lugar la primera visita de Estado de un presidente ruso a Polonia en nueve años, continuando con los gestos de buena voluntad tras el accidente del avión presidencial polaco cuando intentaba aterrizar en Rusia. Todo esto se enmarca en un clima político notablemente positivo en los últimos meses, gracias al deseo de pasar página o “reiniciar” (reset) las relaciones por parte de Obama y Medvédev.

¿Significa esto que se ha tratado de una mera estratagema de Occidente para ganar tiempo, mientras se rearmaba contra Moscú? La respuesta no es tan simple. Como puede deducirse de los cables, las estimaciones de inteligencia de la OTAN no consideran probable un ataque de Rusia contra sus miembros; por lo que no se había planteado hasta ahora la necesidad de un plan de defensa específico de los países bálticos. Parece sensato afirmar que, pese a sus actuales carencias democráticas, los objetivos de Rusia en política exterior son mucho más limitados que una reconquista del antiguo bloque soviético. Entre otras razones, porque esto le supondría caer al nivel de Corea del Norte en cuanto a prestigio internacional, perdiendo toda la credibilidad como gran potencia influyente que el Kremlin se ha esforzado en restaurar durante la última década.

Tampoco la breve guerra con Georgia en 2008 se debió a unas supuestas ambiciones neoimperialistas de Moscú, sino a otros factores. Por un lado, la imprudencia del presidente Saakashvili al tratar de recuperar Osetia del Sur por la fuerza, quizá pensando que la OTAN defendería a su país –aspirante a ingresar en la Alianza– del previsible contraataque ruso. Por otro, la obsesión excesiva del tándem Putin-Medvédev de castigar de forma ejemplarizante el desafío de su vecino; y ya de paso, aprovechar el argumento usado por Occidente en Kosovo para justificar su intervención por “motivos humanitarios” y declarar la independencia de surosetios y abjasios. Muy distinta sería la posibilidad que se discute en los planes aliados: una agresión deliberada contra Estados miembros tanto de la OTAN como de la UE, el principal mercado para las exportaciones rusas.

Todo ejército realiza cálculos de probabilidades para determinar frente a qué amenazas prepararse, elaborando planes de contingencia para reaccionar ante los distintos escenarios previstos; los cuales no deberían verse influidos por factores subjetivos como los sentimientos o la herencia cultural. Es muy comprensible que polacos o bálticos sientan un recelo histórico hacia su gran vecino del este, dando mayor relevancia al potencial de Rusia –es decir, la mera posibilidad de que pudiera atacarles si lo deseara– que a las declaraciones de esta, según el aforismo estratégico de que “las intenciones pueden cambiar, pero las capacidades permanecen”. Precisamente para evitar que estas preocupaciones creasen un bloqueo político dentro de la OTAN al relanzamiento de las relaciones con Moscú, Alemania y EEUU, propusieron que los bálticos fueran incluidos en el plan de defensa de Polonia ya existente.
El alcance limitado de esta medida y el esfuerzo por evitar que se hiciera pública no se debió tampoco a un supuesto temor a irritar al Kremlin, sino a los propios intereses del conjunto de la Alianza Atlántica. Un refuerzo desproporcionado de su flanco oriental habría planteado lo que se conoce como “dilema de seguridad”: aunque se tratase desde nuestro punto de vista de medidas defensivas, podrían ser percibidas por Moscú –con idéntica incertidumbre sobre nuestras intenciones futuras– como un incremento de la capacidad ofensiva de la OTAN. El resultado no deseado sería una escalada de las tensiones y un rearme por ambas partes, aumentando la amenaza que tratábamos de reducir.

Ni Occidente ni Rusia desean una nueva Guerra Fría. Tanto Medvédev como Putin son conscientes de que sus principales problemas son internos, y para resolverlos necesitan una relación estable con Europa y EEUU; aunque no al precio de renunciar a sus intereses, cuando estos no coincidan con los nuestros. La confianza mutua se crea cooperando frente a las amenazas que compartimos –criminalidad, terrorismo, inestabilidad de Afganistán, proliferación o piratería–, en lugar de resucitar innecesariamente los recelos del pasado. Contando también, como es lógico en este mundo tan cambiante, con un plan para el peor de los escenarios.

Javier Morales es miembro asociado senior de St. Antony’s College, Universidad de Oxford; y colaborador
de la Fundación Alternativas.

Ilustración de José Luis Merino