Dominio público

Opinión a fondo

¡Indígnense!

26 Ene 2011
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AUGUSTO KLAPPENBACH

En Francia acaba de suceder un curioso fenómeno. Stéphane Hessel, de 93 años, un viejo miembro de la resistencia francesa contra los nazis que luego fue designado embajador y participó en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, acaba de publicar un librito de 32 páginas titulado Indignez-vous! En él invita a los jóvenes a indignarse ante el estado actual del mundo y a rebelarse pacíficamente contra una civilización sometida al poder de los mercados financieros en la que aumentan cada vez más las desigualdades mientras se cometen terribles injusticias contra el pueblo palestino y los inmigrantes, entre otras cosas.
Hasta aquí, nada extraño ni demasiado novedoso. Lo excepcional del caso consiste en que un autor casi desconocido, que publica este opúsculo en una pequeña editorial, haya vendido ya casi un millón de ejemplares, vaya a traducirse a una veintena de lenguas y figure entre los libros más solicitados de Francia. Acabo de leerlo. Se trata de un libro honesto, que dice unas cuantas verdades sobre el estado de nuestro mundo y envía un mensaje desde una vida que está a punto de acabar, según sus propias palabras, a los jóvenes que todavía pueden transformar la realidad. Pero he de confesar que el libro no me ha parecido excepcional ni en su forma literaria ni en su contenido. No hay en él nada nuevo y ni siquiera transmite una pasión extraordinaria; su lenguaje es sobrio, su estructura un tanto de-
sordenada y sus propuestas muy genéricas.
Precisamente en este carácter normal y corriente del libro radica su excepcionalidad. Lo significativo del caso consiste en que, sin necesidad de alzar la voz ni utilizar recursos retóricos enfáticos, Hessel logra convocar a cientos de miles de lectores en poco tiempo y hacerse oír fuera de Francia.

Esta crisis que vivimos tiene muchos efectos destructivos: quienes han perdido su trabajo o su casa tienen derecho a no ver en ella ninguna señal de esperanza. Pero esa misma negatividad está generando en mucha gente una indignación que en circunstancias normales no llega a expresarse. ¿Por qué razón debemos ceder el poder sobre nuestras vidas a anónimos mercados financieros, por definición improductivos, que tienen la capacidad de decidir el destino de aquello que hemos producido con nuestro trabajo? Cuando comenzó la crisis muchos pensamos que se pondrían en cuestión los dogmas neoliberales que orientaron la política económica de los últimos años. Pero sucedió exactamente lo contrario. El modesto Estado del bienestar que habíamos conseguido en Europa se está desmantelando paso a paso y los mismos mercados que originaron la crisis se erigen ahora en temibles jueces ante los cuales deben inclinarse los estados para demostrar su inocencia y recuperar su confianza. ¿Qué queda de aquellos sueños democráticos en los cuales se suponía que era el voto de los ciudadanos el que debía decidir la orientación de la política, incluyendo la política económica?

Creo que ha aumentado significativamente el número de personas que se niega a considerar que el capitalismo encarna una ley inmutable de la naturaleza; que considera irracional que el producto del trabajo productivo vaya a parar a las manos de especuladores con capacidad de decidir su destino; que gane más un patético personaje televisivo que un médico de urgencias; que menos de la cuarta parte de la población mundial coma tres veces al día, tenga agua corriente, luz eléctrica, atención médica y educación; y que la distancia entre quienes hacen la historia y quienes la padecen no deje de crecer. Y todo ello en una época en que, por primera vez en la historia, existe un desarrollo productivo que haría posible superar estas desigualdades. Probablemente quienes se plantean estas cuestiones y conservan su capacidad de indignación sean los compradores del librito de Hessel.

Paradójicamente, el movimiento Tea Party que se desarrolló en Estados Unidos como respuesta a las tímidas reformas de Obama puede proporcionar un modelo interesante para canalizar este estado de ánimo, a condición, por supuesto, de invertir sus contenidos. ¿Sería posible la creación de un movimiento internacional que convoque a quienes comparten la indignación a la que invita Hessel, aprovechando lo que hay de aprovechable en esta confusa globalización, como la posibilidad instantánea de comunicación a través de todo el mundo? Adivino una objeción: es necesario proponer un modelo alternativo antes de indignarse por la situación actual. Objeción que ha formulado así el primer ministro francés a propósito del libro de Hessel: “La indignación por la indignación no es una manera de pensar”. Se trata de un viejo modo de neutralizar cualquier crítica: antes de poner en cuestión un estado de cosas es necesario tener preparadas las respuestas a todos los problemas que la sustitución del estado actual traerá consigo.

Pero la historia no funciona así: los cambios históricos importantes siempre han comenzado por una creciente insatisfacción por la situación presente que va dando lugar a nuevas formas de vida, incluyendo parciales retrocesos y fracasos. Ya que de Francia hablamos, si los protagonistas de la Revolución Francesa hubieran postergado la toma de la Bastilla hasta tener preparado un exhaustivo programa de la República naciente se hubieran quizás evitado muchos males, como la época del terror, pero probablemente Francia seguiría en el Ancien régime.
En resumen, creo que hay que considerar el fenómeno Hessel más como un síntoma que como una propuesta: hay algo que va mal en la dirección que está siguiendo la política mundial, que se sigue alejando de la voluntad de la gente para responder a intereses ajenos a sus necesidades. Y la indignación a que nos invita el libro es un primer paso, insuficiente pero necesario.

Augusto Klappenbach es filósofo

Ilustración de Mikel Casal


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