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Opinión a fondo

Irak: cinco años

23 Feb 2008
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JAVIER SÁDABA

02-23.jpgLo público se puede manifestar de varias formas. Una consiste en hacer patente que se está a favor o en contra de una determinada política. Este tipo de manifestaciones son parciales o sectoriales. Defienden una ideología concreta, una reivindicación específica o, por el contrario, proponen políticas alternativas a lo que existe. Más raro es que se dé una manifestación que esté por encima de esta o aquella ideología, de esta o aquella reivindicación, de este o aquel interés. En ese caso el pueblo, superando las divisiones habituales, se une ante un acontecimiento grave que hiere la sensibilidad común y que a todos afecta. En ese caso el pueblo se constituye en cuanto pueblo, como conjunto espontáneo, vivo, de acción soberana e inmediata. Es precisamente lo que ocurrió hace cinco años cuando en varias ciudades del mundo y, concretamente en Madrid, se alzó a una sola voz contra la descarada e infame invasión de Irak. Se había manipulado a las Naciones Unidas, se había engañado con el cuento de las armas de destrucción masiva. Y se había colocado a Sadam Hussein, un dictador, como el paradigma del mal cuando se sostenía a otros tan perversos o más en nombre de no se sabe qué o simplemente callando. Todavía más, la invasión se vendía como liberación del pueblo iraquí, como expansión y desarrollo de la auténtica democracia. La acción, en el fondo, era, vergüenza da decirlo, humanitaria. No hace falta recordar las terribles consecuencias: la consumación del embargo que desde 1990 estaba sufriendo el pueblo iraquí, los millones de desplazados, los cientos de miles de muertos, la implicación, por el arrastre de los EEUU, de la UE en el desastre, cómo se han favorecido las rivalidades internas, cómo se ha suprimido la soberanía de aquellos a los que corresponde decidir qué es lo que quieren ser o, por añadir un último dato, cómo se ha matado a más de 300 profesores universitarios en nombre de la sinrazón.

¿Qué se puede decir una vez que han pasado cinco años? La respuesta fácil es volver a recordar lo anterior o aumentarlo relatando otras atrocidades. Es, desde luego, una respuesta. Pero no es la principal. Porque, incluso si las cosas no hubieran ido tan mal, la invasión habría que condenarla. Se trata de una cuestión de principios, al margen de que también cuenten las consecuencias. Y es desde ahí desde donde hay que dejar claro que lo que se hizo no solo va contra el derecho en cualquiera de sus acepciones sino contra el núcleo de una ética que no se quede en mera palabra. Lo que se hizo fue y continúa siendo inmoral, se lo revista con el ropaje que se quiera. Por eso, el recuerdo de las manifestaciones de entonces no tiene que ser melancólico o de una fecha nefasta. Ha de ser un recuerdo activo que nos sirva para seguir luchando contra las políticas de fuerza actuales y, por supuesto, como acicate hacia un futuro que siempre hay que contemplarlo, por mucho que los hechos vayan en contra de nuestros deseos, mejor de lo que hoy tenemos, padecemos y, pocas veces, gozamos.

En el momento de tener que poner cara a los que se implicaron hasta el cuello en la invasión aparece, destacado, el ya tristemente famoso trío de las Azores. Desde el punto de vista español, Aznar pasará a la historia con el baldón, mezcla de ridículo y crueldad, que supuso su decisión, en contra de la voz casi unánime de los españoles, de sumarse al poderoso norteamericano. Cuál fue la última razón que le movió a ello, a no ser que esperara lograr ese petróleo del que siempre ha carecido este país, es difícil saberlo. Pero tampoco importa mucho. Porque no es cuestión de meterse en las entrañas de su conciencia sino de juzgar sus actos. Está en marcha su enjuiciamiento. No sabemos hasta dónde se llegará. Pero quede al menos como símbolo de reprobación. Es lo que merece. Lo que sucede es que existen, además de Aznar y por supuesto Bush, otros protagonistas que conviene que no se oculten a nuestra vista o se rebaje su responsabilidad. Por ejemplo, el portugués Durao Barroso, que luego se ha paseado por Europa y de capitán, fue la celestina anfitriona que puso al servicio del trío la bella isla. Curiosamente rara vez sale su nombre cuando hablamos de la invasión militar. Moito obrigado, presidente, tendría que salir de nuestros labios acompañado de una risa acusadora. Y sobresale en este papel de muñidor, escondiéndose después como si fuera un buen chico, el británico Blair. Siendo el más presentable externamente, ha dado la cara, ha intentado vender una mercancía podrida, ha sido el latiguillo y correveidile de Bush. Ha actuado, en suma, como el policía bueno. El colmo del cinismo. No sé con seguridad si el laborismo inglés está en la Internacional Socialista. Si así fuera, ¿por qué no se le ha expulsado? Una última palabra para el que fuera en esos momentos Secretario de la OTAN, Javier Solana. Llegó a afirmar que había razones sólidas para pensar que Irak guardaba armas de destrucción masiva. Un manto de silencio cayó sobre él. Y con la protección añadida de aquellos que, autodenominándose de izquierda, hacen luego la política querida de la derecha. Me recuerdan a los que en mi niñez, después de comulgar diariamente, vivían como los que ellos consideraban paganos. A decir verdad, vivían mucho peor. Conviene recordar estas cosas. En caso contrario la memoria queda coja. Y los que salimos perdiendo somos todos los que deseamos, de verdad, que los hechos no se manipulen ante una interesada ideología. Y una cuestión final. Aplaudimos la salida de las tropas españolas de Irak. Pero ¿por qué seguir la política de EEUU en Afganistán y su prolongación en Guantánamo?

Javier Sádaba es catedrático de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid

Ilustración de Gallardo


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