Dominio público

Opinión a fondo

El último poeta del ‘Sinaia’

20 Jul 2011
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Félix Población
Periodista y escritor
Ilustración por Federico Yankelevich

Hasta pocos días antes de su muerte, hace unas fechas, Adolfo Sánchez Vázquez (Algeciras, 1915 – México, 2011), filósofo marxista, escritor y poeta, mantuvo viva su actividad intelectual en México, en cuya Universidad Nacional Autónoma desarrolló una prestigiosa labor como catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras. Todavía el pasado mes de junio le dictaba a su hija Aurora, cuando ya se había quedado ciego, un último libro en el que hace memoria de su larga y fructífera existencia, de la que ya teníamos alguna noticia a través de otras obras suyas.
Considerado como el autor más influyente en el pensamiento de la izquierda latinoamericana –según Andrés Martínez Lorca–, aportó un marxismo crítico y antidogmático, basado en el concepto de praxis “entendida como actividad objetiva y subjetiva, teórica y práctica, por la cual el hombre transforma la naturaleza y se transforma a sí mismo”. En esa línea de pensamiento, Sánchez Vázquez se enfrentó con las contradicciones del llamado socialismo real, que le llevaron a una abierta ruptura con el mismo a raíz de la invasión de Checoslovaquia por parte de las tropas del Pacto de Varsovia. Comunista desde su juventud, ya en 1957 se había enfrentado, junto con la organización de México, a los métodos autoritarios y antidemocráticos que, en su criterio, inspiraban al comité central del PCE.
Pero no es de la profusa y valiosa obra filosófica y ensayística de Sánchez Vázquez de lo que me interesa hablar aquí, sino del viajero y el poeta que un 25 de mayo de 1939, junto a más de 1.600 compatriotas, embarcó en el puerto francés de Sète a bordo del Sinaia y dejó constancia literaria de esa primera expedición de españoles exiliados rumbo a México, gracias al generoso ofrecimiento del presidente de aquel país, Lázaro Cárdenas. Acompañaron a Sánchez Vázquez en ese viaje sus amigos los poetas Juan Rejano y Pedro Garfias, que junto a otros escritores e intelectuales mantuvieron día a día, a lo largo de la travesía, la publicación de un periódico diario con el que lograron hacer frente a las dramáticas y tristes circunstancias que presentaba aquella singladura.
Gracias a las múltiples actividades culturales de todo tipo desarrolladas en el barco a lo largo de 18 días, cuenta el escritor que se logró hacer del Sinaia una comunidad bien avenida, por encima de facciones y exclusivismos ideológicos y políticos, de tan nefastas consecuencias durante la Guerra Civil. Para eso era imprescindible, tal como apunta el escritor, no sentirse una comunidad de vencidos o derrotados. Había que sentirse moralmente fuertes y, sobre todo, superiores a sus vencedores en el campo de batalla. Se precisaba, por lo tanto, “elevar el tono de nuestra vida a bordo, como el de nuestra vida en tierra firme, puesto que estamos sirviendo de espectáculo. Estamos representando a España”. No se iba a México a hacer las Américas, sino a trabajar en un país al que llegaban desterrados y debían vincularse con su pueblo, con la esperanza de reconquistar la tierra perdida, y con ella la libertad y la democracia. “México ha de ser la demostración, en el frente de trabajo, de cuanto supimos mantener con honor en los frentes de combate”, se decía en uno de los números del periodiquillo.
De entre los recuerdos más vivos de ese viaje, Adolfo Sánchez Vázquez destaca dos: el día en que desde la cubierta avistaron por última vez las costas de España, al paso por el estrecho de Gibraltar, y el octogenario escritor Antonio Zozaya pronunció unas emotivas palabras de despedida, y la mañana en que Juan Rejano, compañero de camarote en la bodega del buque, le recitó su conocido poema: “Como en otro tiempo por la mar salada / te va un río español de sangre roja /, de generosa sangre desbordada. / Pero eres tú, esta vez, quien nos conquistas / y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!”.
El Sinaia llegó al puerto de Veracruz el 13 de junio y fue recibido de modo entusiasta por más de 20.000 obreros y altos representantes del Gobierno y el pueblo mexicanos. Ese puerto sería llamado después Puerto de la Libertad, pues hasta 1942 arribarían a sus muelles un total de 30.000 españoles sin patria. Puede que Sánchez Vázquez fuera el último poeta sobreviviente de esa primera travesía, en la que quizá alumbró dos sonetos clave para identificar el doble sentimiento de nostalgia y dolor que respiraron las víctimas de aquella diáspora. “El alma la modela el sentimiento / y se exaltan las viejas primaveras”, dice el poeta en el primero. “¿En qué región del aire, en qué mares / –¡oh latitud humana del tormento! / tuvo el crimen tan claro yacimiento / y la muerte más vivos hontanares?”, se pregunta en el segundo.
A la espera de ese último libro de Adolfo Sánchez Vázquez, en cuya publicación trabajará ahora Aurora Sánchez Rebolledo, transcribo otro de los sonetos de su padre, en el que se asienta la razón de la memoria que habrá inspirado esa obra póstuma y que de modo tan directo implica a nuestro país en la necesidad y obligación de rescatar su memoria histórica: “Si para hallar la paz en esta guerra, / he de enterrarlo todo en el olvido, / y arrancarme de cuajo mi sentido / y extirpar la raíz a que se aferra; / si para ver la luz de aquella tierra / y recobrar de pronto lo perdido, / he de olvidar el odio y lo sufrido / y cambiar la verdad por lo que yerra, / prefiero que el recuerdo me alimente, / conservar el sentido con paciencia / y no dar lo que busco por hallado, / que el pasado no pasa enteramente / y el que olvida su paso, su presencia, / desterrado no está, sino enterrado”.


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