Dominio público

Opinión a fondo

¿Qué está pasando en la Iglesia?

18 mar 2008
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BENJAMÍN FORCANO

03-18.jpgCreo que es exacto hacernos esta pregunta. Llevamos una legislatura en que el desconcierto de la gente ha ido creciendo. Y ha culminado ante la aparición y declaraciones insistentes de la Jerarquía eclesiástica en contra del Gobierno socialista.
Eco de este desconcierto son los tres documentos que acaba de emitir el Foro Curas de Madrid: 1. Laicidad y laicismo. 2. ¿Están algunos de nuestros obispos traicionando la neutralidad política? 3. La formación del clero de Madrid en manos del Partido Popular, en los que se pide a la Iglesia una nueva relación y manera de actuar en la sociedad de hoy, un abandono del poder del pasado desde el que todavía pretenden seguir mandando y una denuncia por estar confiando la formación de los sacerdotes de Madrid, en temas de enorme actualidad, a personas conocidas del Partido Popular.

El caso es que, en España, no hay ningún obispo profeta que disienta y se atreva a hacerlo públicamente. Son, sin embargo, millones los católicos que disienten y se distancian de la cúpula dirigente. Tienen muy claro que sus Pastores no proceden así por más fidelidad al Evangelio y por más amor los pobres.

No deja de resultar significativo que, en una situación democrática donde existen condiciones de libertad como no las hubo antes, han venido algunos obispos denunciando que la Iglesia con este Gobierno se siente acosada y perseguida: “Se da una crítica y manipulación de los hechos de la Iglesia, un cerco inflexible y permanente por medio de los medios de comunicación. Somos una Iglesia, crecientemente marginada. Lo que estamos viviendo, quizás sin darnos cuenta de ello, es un rechazo de la religión en cuanto tal, y más en concreto de la Iglesia católica y del mismo cristianismo” (Mons. Fernando Sebastián, Situación actual de la Iglesia: algunas orientaciones prácticas, Madrid, ITVR, 29 -III- 2007).

“No nos quieren”, repetía hace poco uno de los obispos. Pues claro, pero ¿ por qué no los quieren? ¿La Iglesia son los ochenta obispos de nuestro país? Y se les seguirá no queriendo mientras sigan encarnando ese modelo de Iglesia clerical, menospreciativo del pueblo, ajeno a la igualdad, la cercanía y la humildad para contar y aprender del pueblo. La Iglesia –clerical– ha sido mucho maestra y muy poco discípula.

Seguramente es verdad lo que un buen sociólogo me decía: no son creíbles porque viven en otro mundo, añoran hábitos hegemónicos de poder y dominio de otra época, no están dispuestos a despojarse –dejarse morir– para iniciar una adaptación que les haga valorar la nueva situación.

Ha habido en los últimos siglos una positiva evolución de la conciencia social y eclesial que explica la nueva situación. El concilio Vaticano II lo entendió perfectamente y, por primera vez, hubo una reconciliación oficial con el mundo moderno, con la democracia, la igualdad, el pluralismo y la libertad. Pero eso no es lo que se daba antes. Antes era la alianza de la Iglesia con los poderes estatales, la primacía de la religión católica, el protagonismo del clero, la supeditación de los saberes humanos al saber teológico, la devaluación de lo terreno y temporal, la desigualdad, la desconfianza frente al mundo y otras religiones, el honor de la Iglesia como tarea prioritaria y no la liberación de los pobres, la obediencia como norma suprema.
Y cuando el cambio de todo esto ocurre, se dirige la vista a otra parte y se inventa un falso enemigo a quien culpar de todo. Lo que es una situación objetiva irreversible –hemos pasado de una época teocrática e imperialista a otra humanocéntrica y democrática–, se la interpreta como un cúmulo de males, provocados por un partido y un gobierno.

Muchos hechos del presente tienen causa en el pasado. El modelo de Iglesia tridentino dista mucho del modelo del Vaticano II. Y el del pasado debe ser entendido y explicado a través del modelo del Vaticano II, no al revés, como no pocos pretenden. El cardenal Ratzinger –hoy Papa– en su Informe sobre la Fe de 1985 afirmaba: “Resulta incontestable que los últimos veinte años del posconcilio han sido decisivamente desfavorables para la Iglesia… Una reforma de la Iglesia presupone un decidido abandono de aquellos caminos equivocados que han conducido consecuencias indiscutiblemente negativas”.

El cardenal Ratzinger pudo, como timonel durante 23 años en el pontificado de Juan Pablo II, dedicarse a reconducir esos
equivocados caminos.

Por tanto, los desasosiegos y los anatemas de la Jerarquía se deben a que sufren una descolocación con el tiempo en que vivimos. Es significativo que en la Iglesia –jerarquía y pueblo– sea tan notable el desentrenamiento para vivir en una situación democrática. Vivir en democracia es algo que le ocurre por primera vez. Y los hábitos democráticos no se improvisan, hay que aprenderlos, cultivarlos, amarlos.

El concilio vivió un conflicto entre una minoría conservadora y una gran mayoría renovadora. Lo que esa minoría perdió entonces lo fue ganando posteriormente, contando con la aportación del entonces definidor de la fe, y hoy Papa, que parecía proponer hacer tabla rasa de todo y comenzar de nuevo.

Todo parece indicar que la Iglesia de Benedicto XVI con los vientos a favor camina hacia el preconcilio: da trato de favor a los neoconservadores, pone en entredicho el diálogo ecuménico, se sitúa de espaldas a la legítima autonomía de la cultura y de las ciencias, pospone, frente a problemas internos que han sido ya replanteados, las grandes causas de la humanidad que, por ser primeras y prioritarias, deben unirnos a todos.

Ese modelo de Iglesia autoritaria y neoconservadora, no servidora y anunciante de un Reino de hermanos y hermanas, en igualdad, libertad y amor, es el que dicta el regreso al pasado y el miedo a una auténtica inserción en el presente.

Benjamín Forcano es sacerdote y teólogo

Ilustración de Enric Jardí