Opinion · Dominio público

¿Quién teme la inmersión?

 

JOAN BADIA I PUJOL

Director de Escola Catalana

Ilustración de Javier Olivares

En Catalunya se decidió a principios de los ochenta que no se separarían los alumnos por razones de lengua. La proximidad de las dos lenguas objeto de aprendizaje facilitaba una situación excepcional, llamada de “bilingüismo aditivo”, en la cual es fácil que un alumno adquiera con una buena metodología la otra lengua no presente en el ámbito familiar.
Para los catalanohablantes, la adquisición del español se realiza gracias al contacto con unos poderosos medios de comunicación (que siguen siendo mayoritarios), al trato con personas de expresión castellana y al trabajo en el ámbito escolar. Durante todo el siglo XX este ha sido el procedimiento habitual (y eficaz) para aprender español.
Pero ¿qué pasa con el aprendizaje del catalán? De acuerdo con todas las tesis psicolingüísticas y sociolingüísticas, es tanta la desproporción social en contra que las personas que no están expuestas a esta lengua en el ámbito familiar, o no la adquieren, o la adquieren con muchas deficiencias, contando tan solo con un simple contacto esporádico (tres horas por semana) en el ámbito escolar. Hay estudios de gran rigor que demuestran de manera
fehaciente esta afirmación. Por eso surgió la llamada “inmersión a la catalana”.
La escuela no solamente debe enseñar competencia comunicativa, sino también educar a los futuros ciudadanos para una convivencia pacífica y razonada. Con la metodología de la inmersión se dispone de un amplio instrumental para ambas metas: competencias lingüísticas y comunicativas y convivencia lingüística basada en el respeto y el aprecio de todas las lenguas. Ambas cosas necesarias para la
cohesión social.
Durante los años ochenta y noventa, los maestros de parvulario (3-4/6 años) y ciclo inicial de primaria (6-8 años) se dirigían de manera sistemática a sus alumnos en catalán. Entendían los mensajes que estos les dirigían en castellano, pero reformulaban sus preguntas y los estimulaban a utilizar de manera paulatina, con grandes dosis de pedagogía, la nueva lengua de la escuela, el catalán. En los casos en que la clase estaba formada por alumnos de ambas lenguas, se ponían en marcha estrategias cooperativas que favorecieran la conversación en catalán, de manera que unos alumnos pudieran aprender de otros. A partir de un momento dado, se introducía progresivamente el castellano (lengua mayoritaria en el contexto social y mediático) hasta el fin de la escolaridad obligatoria.
Esta metodología puede extrañar a los que no conozcan cómo funciona, pero hay dos datos incontestables. Primero: el acuerdo absolutamente mayoritario de las familias, especialmente de barrios del extrarradio barcelonés, a que sus hijos siguieran la metodología inmersiva, intuyendo que se trataba de una innovación que reportaría beneficios educativos a sus hijos. Y segundo: unos resultados óptimos, tanto en lo que a dominio de la lengua se refiere, como a evitar cualquier conflicto social por razones de lengua.
La gran sensibilidad y la notable profesionalidad de maestros y maestras (muchos de ellos hijos e hijas de familias inmigrantes) lograron no sólo que sus alumnos dominaran el castellano para desenvolverse en cualquier situación que lo requiriera, sino que se pusieran las bases para la normalización del catalán en su propio país.
Factores clave fueron, pues, el impulso de la Administración, con el apoyo de (casi) todos los partidos parlamentarios; la formación y profesionalidad de los docentes; y el asentimiento de las familias, especialmente de los barrios obreros. La conjunción de los tres factores es lo que explica aquel éxito de la escuela catalana.
Y los resultados han sido el dominio equivalente de las dos lenguas, como demuestran las recientes pruebas PISA, entre muchas otras; y, sobre todo, un destacable clima de cohesión social basado en dos convicciones profundas: que el catalán es una lengua que necesita protección para subsistir con cierta normalidad; y que el respeto a la expresión lingüística de cada cual en el ámbito personal es una de las bases de la convivencia.
Gracias a la experiencia acumulada, durante la primera década del siglo actual el sistema educativo catalán ha podido hacer frente a la llegada masiva de nuevos inmigrantes. El respeto a la lengua familiar del niño, al lado de una metodología que va introduciendo paulatinamente la lengua propia del país, primero (hasta los ocho años), y la otra lengua oficial más tarde, permite que hoy ya tengamos nuevas generaciones de catalanes procedentes de Marruecos, de Senegal, de China, de Ecuador, etcétera, que dominan tanto el catalán como el español.
Sólo la insensatez, el desconocimiento o la mala fe (o las tres cosas a la vez) pueden poner en cuestión un sistema de éxito, referente de políticas lingüísticas escolares en otros países y en la misma Unión Europea.