Dominio público

Opinión a fondo

Otegi y la paz en el País Vasco

17 Sep 2011
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Vicenç Fisas

Autor del ‘Anuario 2011 de procesos de paz’ y director de la Escuela de Cultura de Paz (UAB)

Ilustración de Enric Jardí

A pesar de su extrema debilidad, ETA podría continuar existiendo unos cuantos años más, e incluso desdecirse del alto el fuego y volver a los atentados. Para que ello no suceda, y para que sea factible su autodisolución, es preciso que en el País Vasco haya un proyecto político de la izquierda abertzale que pueda expresarse con absoluta normalidad en las instituciones. Ahora es Bildu, pero lo esperable es que fuera Sortu, sucesora de Batasuna, hoy ilegalizada. Parece incluso que ETA ha puesto como condición para su desaparición que Sortu sea legalizada y que pueda darse un trato de favorabilidad a sus presos. Nada del otro mundo, al menos si miramos cómo finalizan su actividad los grupos armados que hay en el mundo. Es a través de una negociación y de un intercambio.
En el caso de ETA, no se piden contraprestaciones de fondo, como la independencia o el socialismo, sino de forma: participación política de la izquierda abertzale. Una izquierda que ha evolucionado en estos últimos años, y que ha pasado de ser el brazo político de ETA a ser algo independiente de esta organización. Es más, hablamos de una izquierda abertzale que ha renunciado a la lucha armada y a la violencia de cualquier tipo, y en cambio ha asumido los postulados de la no violencia y de la lucha democrática institucional. Y en ese cambio hay nombres y apellidos: Arnaldo Otegi, Rafa Díez y Rufi Echevarría, que han protagonizado y liderado el proceso de cambio, con firmeza y convicción.
En un contexto político normal, a estos personajes se les reconocería el mérito del cambio, personal y colectivo, y se les facilitaría liderar la nueva etapa en la que ETA desaparecerá definitivamente del escenario, para bien de todos, pero también para la izquierda abertzale, ya que ETA es actualmente su principal obstáculo y una losa de la que sólo espera desprenderse. Y ETA lo sabe. Sin respaldo social y acosada policialmente, no tiene más salida que su autodisolución. Pero hay que allanarle el camino, y no actuar en contravía. Condenar a Otegi a diez años de prisión va en la dirección contraria, y es una muestra de la extrema miopía del sistema judicial, convertido en auténtico saboteador del proceso de paz en el País Vasco. Desde hace años me dedico a seguir y comparar los procesos de paz que hay en el mundo, y es difícil encontrar tanta torpeza como en España, que quiere acabar con ETA pero no entiende que ello no es posible sin dar espacio político al independentismo vasco, repito que desde parámetros democráticos y de respeto, no de coacción o amenaza.
Hay quienes se asientan en el pasado de algunas personas, sin reconocerles su evolución, y menos sin calibrar el papel que pueden jugar para futuros tiempos de reconciliación. Otegi protagonizó hace años unos primeros acercamientos con el Partido Socialista de Euskadi, en busca de caminos que pudieran llevar la paz a Euskadi. Después vino la propuesta Anoeta, muy sensata, en la que se invitaba al Estado a tratar con ETA el tema de las armas y los presos, y se dejaba otro espacio para que de forma normalizada los actores políticos trataran temas de política, sin interferencia de ETA. Eso ocurrió en noviembre de 2004, y fue Otegi quien lo planteó, como avanzadilla de nuevas propuestas en años sucesivos que le llevaron al desmarque total de la violencia como instrumento de lucha. La pregunta es obvia: a quien ha seguido esta trayectoria, ¿hay que condenarle a prisión o, más bien, dejarle en libertad para que protagonice las últimas etapas de la política vasca que nos llevarán al final definitivo de ETA?
En Filipinas, el Gobierno lucha diariamente con dos guerrillas, el MILF y el NPA, que no han decretado ningún alto el fuego, pero eso no es obstáculo para que esté negociando con ambas, con la mediación de Malasia y de Noruega, respectivamente. Y hay posibilidades de que logren un acuerdo de paz. Aquí tenemos un alto el fuego permanente, y parece que no importa, que da igual, que es una situación intrascendente. Pero es una oportunidad, es el momento en el que hay que aprovechar el silencio de las armas para acertar con la estrategia de pacificación definitiva del País Vasco, que pasa inevitablemente por dar espacio a todas las expresiones políticas y a todos los proyectos, siempre y cuando se hagan sin violencia. Y esta es la apuesta y el compromiso de la izquierda abertzale de la actualidad, diferente por supuesto a la del pasado y a aquellos durísimos tiempos de la “socialización del sufrimiento”.
Hoy la apuesta está en socializar la esperanza, en construir el futuro y en erradicar por completo cualquier signo de violencia. ETA es ya cosa del pasado, y sólo queda esperar que decida autodisolverse. Pero ese momento estará más cercano o más lejano en función de si prima el sentido común de los políticos profesionales y del sistema judicial. Falta una política de Estado que favorezca el final de la historia de la violencia, pero que permita el inicio de una nueva etapa en la que la izquierda independentista tenga opciones de hacer política, desde las instituciones, de forma normalizada. Hay quien teme ese escenario, visto el poder de convocatoria de Bildu y el potencial esperado de Sortu. Pero es la realidad, y sobre esa realidad es que habrá que construir la paz, esa paz que hemos esperado durante tantos años y que algunas instancias están empeñadas en torpedear.


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