Opinion · Dominio público

La derecha hegemónica

Carlos Carnicero Urabayen
Máster en Relaciones Internacionales de la UE por la London School of Economics

Ilustración de Javier Jaén

Los estudiosos de las Relaciones Internacionales identifican dos posibles situaciones para explicar el orden internacional. Puede existir un equilibrio de poder cuando dos o más actores, de similar fuerza, establecen un orden en razón del equilibrio que implica su coexistencia. Por otro lado, se puede producir una situación de poder hegemónico cuando un solo actor, gracias a su fuerza incontestada, imponga al resto sus decisiones, con independencia de que sean las más adecuadas. De hecho, el actor fuerte suele encaminar sus pasos a garantizar su posición dominante.
Un vistazo a la primera década del siglo XXI da buena cuenta de los peligros asociados a una situación hegemónica: George W. Bush decidió invadir el Irak de Sadam Husein mediante una guerra
de (mala) elección, desatendió recursos en la guerra de Afganistán y consagró la vulneración de los derechos humanos (Guantánamo, Abu Ghraib, etc.). Sus políticas no fueron las más adecuadas para gestionar los retos del nuevo siglo, pero sí eran –a ojos de los halcones de Washington– las mejores para extender su visión neoconservadora.
En el orden europeo de hoy no hay guerras, pero sí una derecha hegemónica que entorpece la salida de la crisis por querer
desarrollar su agenda política conservadora. Amenazada la existencia del euro y de la UE tal y como la conocemos, sus líderes proponen recetas que se han demostrado fallidas. Las manifestaciones que recorren Europa dan buena cuenta del hartazgo social que producen; pero no ha habido desde los gobiernos de izquierda una respuesta alternativa.
La hegemonía conservadora está facilitada por la falta de
coordinación de los gobiernos progresistas en la Unión. Once podían considerase gobiernos de izquierdas en el año 2000; ahora sólo quedan cuatro. Coordinados en el Consejo podrían haber tenido cierta fuerza, pero actuando por separado su capacidad de presentar una alternativa ha sido irrisoria.
La derecha europea tampoco goza de gran coordinación, pero no le hace falta: el actual marco que rige la Unión, las reglas para hacer frente a la crisis son las heredadas de una época en la que sus principios económicos más ortodoxos fueron aceptados por la socialdemocracia, en ese idilio liberal que le ha sido tan costoso.
Tras la última cumbre “definitiva” para salvar el euro, continúan siendo pertinentes algunas preguntas: ¿alguien creía que los griegos, dadas las condiciones que les impusieron para ser rescatados, serían capaces de volver a crecer para pagar sus deudas? ¿Cuántos problemas y sufrimiento podrían haberse ahorrado si los líderes europeos, hace más de un año, hubieran tomado el asunto griego en serio? ¿No empieza a ser sospechosa la manera en que la estrategia de austeridad sin matices no solo es ignorada por los mercados, sino que además no produce crecimiento?
Como bien explicaron los economistas Jorge Fabra Utray y Juan Ignacio Bartolomé, los conservadores han presentado sus propuestas como si fueran meramente técnicas, cuando en realidad están cargadas de ideología. No es casual que haya sido un presidente demócrata norteamericano, Barack Obama, quien pida a sus aliados europeos, mayoritariamente conservadores, la inyección de estímulos. Pero se produce la paradoja de que en los países europeos donde gobierna la izquierda no se ha cuestionado la hoja de ruta de la austeridad, que ha provocado unos planes de recorte nocivos para el Estado del bienestar.
La reforma de la Constitución para limitar el déficit es el último regalo envenenado que la socialdemocracia ha aceptado. Además, parece ignorar los costes políticos que le supone este “engaño tecnócrata”: La actual dieta a la que se está sometiendo a los estados europeos para salir de la crisis facilita la continuación de un statu quo que se ha demostrado ventajoso para la presencia conservadora en el poder.
La situación hegemónica es de tal envergadura que los líderes conservadores mantienen su respetabilidad aunque coqueteen con el populismo. Merkel, ahora comandante en jefe de la Unión, es el mejor ejemplo. Lidera la gestión de la crisis del euro a golpe de impulsos electorales y, sin embargo, continúa siendo una autoridad incuestionable para sacarnos de este embrollo. Además, ni siquiera su populismo le ha funcionado en casa: de manera reiterada pierde las elecciones regionales.
Asumida la paradoja –la peor crisis del capitalismo no se ha traducido en un relanzamiento de la izquierda europea– es hora de reconsiderar la estrategia. Las recetas económicas conservadoras deben ser desnudadas y respondidas con propuestas progresistas. Entre otras, la instauración inmediata de una tasa sobre las transacciones financieras y otras medidas para un reparto justo de los costes de la crisis (empezando por limitar las obscenas retribuciones salariales en el mundo financiero), el establecimiento de eurobonos y la inyección de estímulos, como pide el Nobel Paul Krugman.
De la misma manera que la agenda neocon quedó al descubierto e inspiró a un victorioso Obama en 2008, la izquierda debe liderar una genuina transformación política europea que afirme con rotundidad el poder de los gobiernos sobre los mercados. Los ciudadanos ya han salido a la calle y han protestado frente a la ola conservadora. Ahora sólo falta que alguien canalice su malestar y presente una alternativa.