Dominio público

Opinión a fondo

¿Y ahora, qué?

28 Nov 2011
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Josep Fontana
Histotiador
Ilustración de Jordi Duró

La catástrofe anunciada se ha consumado. Los votantes han dado el poder a una derecha cerril, que llega con las bendiciones de los obispos. Puede parecer irracional que un país con cinco millones de parados elija al partido que representa los intereses de quienes les han dejado en el paro y están ante todo empeñados en que seamos los estafados por la crisis quienes paguemos el rescate con nuevos recortes en nuestros derechos sociales –a costa de mantener una situación que niega toda esperanza de trabajo a la generación de los que hoy tienen de 20 a 30 años–. El voto que ha dado el triunfo al PP es el fruto del miedo de los pobres a perder lo poco que les queda –el “que me quede como estoy”–, que acaba conduciendo a las ovejas a pedir protección al lobo.

Se ha elegido a los nuevos gobernantes a sabiendas de que son incapaces de resolver los problemas a los que nos enfrentamos. Podría pensarse que, como van a tener poco más que hacer que cumplimentar las directrices de Berlín, tanto da quién se encargue de ejecutarlas. Pero el triunfo del PP esconde además otros oscuros intereses, que afectan muy seriamente a nuestras libertades.

Lo peor de la situación actual es la falta de perspectivas de futuro. Aguantamos cerca de cuarenta años de franquismo con la esperanza de que su final fuera el comienzo de una época próspera y libre. Pero mal estamos hoy si la única alternativa viable es el regreso al poder del PSOE, que ha presidido el inicio de la catástrofe y ha dejado claro que no tiene soluciones para el problema fundamental, que no es el de la deuda, que afecta sobre todo a los bancos, sino el de esos cinco millones de parados que podrían reflotar el crecimiento económico con su trabajo.

La salida del socavón no reside tampoco en esperar que los partidos a la izquierda del PSOE logren una victoria electoral, porque, dejando al margen que están demasiado divididos para asociarse, carecen de los recursos necesarios para hacerse escuchar y disipar los miedos con los que la derecha, que controla la gran mayoría de los medios de información, se ocupa de combatirlos.

¿Deberíamos depositar las esperanzas en los movimientos de protesta que los jóvenes han iniciado en el mundo entero, de Nueva York a El Cairo, pasando por Madrid y Barcelona? Jeffrey Sachs, un economista de la Universidad de Columbia, ve en los integrantes de Occupy Wall Street de Estados Unidos el inicio de un “nuevo movimiento progresista” que se presenta con un programa muy simple: “Cobrar impuestos a los ricos, acabar las guerras y restaurar un gobierno honrado y eficaz”. Y augura que conseguirán triunfar en las elecciones usando los nuevos medios sociales –YouTube, Twitter, Facebook y los blogs– en lugar de los tradicionales. Lo cual le lleva a proclamar que “acaba de nacer una nueva generación de líderes” y que “la nueva era progresista ha comenzado”.

Dejando a un lado la desconfianza que inspira el propio Sachs, que fue uno de los asesores de la liberalización que envió la Rusia de Yeltsin a la ruina, la actuación de la policía en Estados Unidos, por un lado, y el desengaño, por otro, de los jóvenes egipcios que consiguieron echar a Mubarak para poner al ejército en su lugar, invitan a sospechar acerca de las intenciones de estas propuestas de integración y apaciguamiento. Porque, en primer lugar, eso de “cobrar impuestos a los ricos” no es tan fácil: no se dejan. Y no es realista pensar que aceptarían un juego electoral que condujese a que llegasen al poder quienes se propusieran ponerlo en práctica. Para que se pueda alcanzar este objetivo se necesita cambiar previamente muchas cosas: liquidar lo que el profesor Juan Cole llama “el juego de trileros neoliberal”.

Uno de los mayores problemas del movimiento de los jóvenes indignados es que los medios al servicio del sistema van a tratar de mantenerlos aislados del resto de la población, ofreciendo de ellos una imagen de jóvenes irresponsables, asociados a pequeños delincuentes. Esto va a hacer muy difícil que puedan dar a conocer sus razones, más allá de algunas elementales consignas antisistema. Lo más importante sería, precisamente, que consiguieran comunicárselas al sector mayoritario de la población que el pasado 20 de noviembre votó al PP, con el fin de hacerles entender lo que tienen en común sus respectivos intereses: los del 99% de las víctimas de la crisis.

Los que no estamos en las plazas pero compartimos su indignación y su angustia, podemos ayudarles a que se hagan públicas sus razones colaborando en la lucha por los objetivos fundamentales de su programa: la resistencia a que prosigan los recortes de los servicios sociales básicos, la búsqueda de una solución al escándalo de los de-sahucios, la exigencia de un rigor fiscal que permita aflorar los ingresos ocultos o insuficientemente gravados para usarlos en una política cuyo primer objetivo debe ser acabar con la vergüenza de un paro que nos sitúa muy por debajo de la media europea… Pero también debemos empeñarnos por nuestra parte en la lucha por preservar nuestras libertades del ataque combinado que preparan la Iglesia y la derecha.

Tenemos un enemigo común, que no sería tan fuerte si no se alimentara de nuestros errores y de nuestros miedos. Sólo luchando unidos contra él con las armas de la razón conseguiremos frenarlo.


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