Dominio público

Opinión a fondo

Sobre islas y utopías

20 Dic 2011
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Miguel Ángel Sanz Loroño
Doctorando e investigador de la Universidad de Zaragoza
Ilustración de Diego Mir

Es sabido desde Oscar Wilde que un mapa sin la isla de Utopía es un mapa que no merece la pena. Sin embargo, que Islandia haya pasado de niña bonita del capitalismo tardío a proyecto de democracia real, nos sugiere que un mapa sin Utopía no sólo es indigno de nuestra mirada, sino también un engaño debido a una cartografía defectuosa. El faro de Utopía, lo quieran los mercados o no, ha comenzado a emitir tenues señales de aviso al resto de Europa.

Islandia no es Utopía. Es conocido que no puede haber reinos de libertad en el imperio de la necesidad del capitalismo tardío. Pero sí es el reconocimiento de una ausencia dramática. Islandia es la prueba de que el capital no tiene toda la verdad sobre este mundo, aun cuando aspire a controlar todos los mapas que de él disponemos.

Con su decisión de frenar la rueda trágica de los mercados, Islandia ha sentado un precedente que puede amenazar con romper el espinazo del capitalismo tardío. Por ahora, esta pequeña isla, que está haciendo lo que decían que era imposible por irreal, no parece sumirse en el caos, aunque sí en el silencio informativo. ¿Cuánta información tenemos de Islandia y cuánta de los préstamos a Grecia? ¿Por qué Islandia está fuera de unos medios que deberían contarnos lo que sucede en el mundo?

Hasta ahora, ha sido patrimonio del poder definir lo que es real y lo que no, lo que puede pensarse y hacerse y lo que no. Los mapas cognitivos empleados para conocer nuestro mundo han tenido siempre espacios ocultos donde reside la barbarie que sustenta el dominio de las élites. A esos puntos ciegos del mundo les suele acompañar la eliminación de su opuesto, la isla de Utopía. Ya lo escribió Walter Benjamin: todo documento de cultura es a la vez un documento de barbarie.

Estas élites, ayudadas por teólogos y economistas, han venido definiendo lo que es real y lo que no. Lo que es realista, de acuerdo con esta definición de la realidad, y lo que no lo es y por tanto es una aberración del pensamiento que no cabe considerar. Es decir, lo que cabe hacer y pensar y lo que no. Pero lo han hecho de acuerdo con el fundamento del poder y su violencia: el temible concepto de la necesidad. Es necesario hacer sacrificios, dicen con el gesto transido. O el ajuste, o la catástrofe inimaginable. Y es que el capitalismo tardío ha expuesto su lógica de un modo perversamente hegeliano: todo lo real es necesariamente racional y viceversa.

En enero de 2009, el pueblo islandés se rebeló contra la arbitrariedad de esta lógica. Las manifestaciones pacíficas de la multitud provocaron la caída del gabinete conservador de Geir Haarde. El Gobierno recayó en una izquierda en minoría parlamentaria que convocó elecciones para abril de 2009. La Alianza Socialdemócrata de la primera ministra, Jóhanna Sigurðardóttir, y el Movimiento Izquierda-Verde renovaron su coalición gubernamental con mayoría absoluta. En otoño de 2009 se inició por iniciativa popular la redacción de una Constitución mediante un proceso de asambleas ciudadanas. En 2010, el Gobierno propuso la creación de un consejo nacional constituyente cuyos miembros habrían de ser elegidos al azar. Dos referéndums (el segundo en abril de 2011) negaron a los bancos el rescate y el pago de su deuda externa. Y en septiembre de 2011 el antiguo primer ministro, Geeir Haarde, fue enjuiciado por su responsabilidad ante la crisis.

Olvidar que el mundo no es una tragedia griega en la que la rueda del destino o del capital gira sin atender a razones humanas es negar la realidad. Es obviar que esa rueda es movida por seres humanos. Todo aquello que podamos imaginar como posible es tan real como lo que los mercados nos dicen que es la realidad. La posibilidad y la imaginación, recuperadas en Islandia, nos enseñan que ellas son tan ciertas como la necesidad pantagruélica del capitalismo. Sólo tenemos que atender a esa llamada para descubrir la trampa que se pretende hacernos creer. No hay otra alternativa, claman. ¿Acaso alguno de los que nos anuncian sacrificios se ha molestado en revisar su mapa del mundo?

Islandia ha demostrado que nuestra cartografía tiene más cosas de las que nos dicen. Que es posible dominar, y ahí reside el principio de la libertad, la necesidad. Islandia, sin embargo, no es un modelo. Es una de las posibilidades de lo diferente. El intento de la multitud islandesa de construir el futuro con sus decisiones y su imaginación nos muestra la realidad de una alternativa. Porque la posibilidad de la diferencia proclamada por la multitud es tan real como la necesidad de lo mismo exigida por el capital. En Islandia han decidido no dejar que el mañana lo dicte la rueda trágica de la necesidad. ¿Seguiremos los demás dejando que lo real quede definido por el capital? ¿Continuaremos entregando el futuro, la posibilidad y la imaginación a los bancos, las corporaciones y los gobiernos que dicen hacer todo lo que realmente se puede hacer?

Todo mapa de Europa debería tener a Islandia en su punto de fuga. Ese mapa debe construirse con la certeza de que lo posible está tan dentro de lo real como lo necesario. La necesidad es sólo una posibilidad más de lo real. Hay alternativa. Islandia nos lo ha recordado al proclamar que la imaginación es parte de la razón. Es la multitud la que definirá qué es lo real y lo realista usando la posibilidad de la diferencia. De este modo, no alentaremos consuelo de soñadores, sino que nos asentaremos en una parte de la realidad que el mapa del capital quiere borrar por completo. La existencia de Utopía depende de ello. Y con esta el concepto mismo de una vida digna de ser vivida.


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