Opinion · Dominio público

El tigre que devora al PSOE

Antonio Gutiérrez Limones
Alcalde de Alcalá de Guadaira y senador por Sevilla

La verdad es un tigre que acabará encontrándote para dejarte en los huesos. Esa es –más o menos– una frase de Saúl Below que he recordado a lo largo de estos años para gestionar situaciones adversas: identificar y reconocer qué se ha hecho mal, no ocultar los daños sufridos y, sobre todo, saberse obligado a renacer.

Los socialistas, tras encadenar dos derrotas electorales rotundas, haríamos bien en reconocerlas; también deberíamos recordar que hemos pasado por momentos más difíciles y que jamás hemos perdido el cariño de millones de personas. Precisamente por esas personas debemos reconocer la magnitud de la derrota y generar un proyecto ganador. Otros partidos progresistas lo han hecho.
El punto de partida no pasa por diseccionar el pasado. Lo realizado configura el presente y determina parcialmente nuestro futuro. Debatir quiénes son los que reivindican con más vigor la gestión del Gobierno anterior carece de sentido. Es una herencia que todos compartimos, aunque, eso sí es cierto, algunos han sido más activos en su gestión que otros.
Los problemas, como el tigre de Below, están fuera y no se limitan a esperarte, te acaban devorando. Los resultados electorales son la manifestación de los problemas, no el problema. Debemos redefinir el posicionamiento que los socialistas y nuestras políticas tienen entre los ciudadanos, en particular entre quienes votaron por nosotros y ahora no lo han hecho.

Un partido no son sus dirigentes, ni sus cargos públicos, ni sus militantes, sino el conjunto de personas que comparten sus valores y lo apoyan de forma relativamente estable. Cuando millones de personas se pasan a la abstención o apoyan, por primera vez, a otras opciones, es la definición misma del partido la que ha sido dañada. No es un asunto menor y no puede despacharse a la ligera. La primera obligación de dirigentes, cargos públicos y militantes es saber por qué hemos dejado de merecer la confianza y trabajar para recuperarla. No se trata de realizar ninguna autocrítica retrospectiva, decir que cometimos errores parece bastante obvio; afirmar que a otros –azotados por la crisis– también les ocurrió es un triste consuelo; alegar que teníamos un magnífico programa electoral “de izquierdas” tampoco parece el camino a la solución: nuestra identidad anida en los valores de las personas, no en los documentos que redactamos para ofrecerles un programa político.

El próximo Congreso del PSOE debería partir de ese diagnóstico: del que está fuera, de las razones de nuestros votantes y, particularmente, de las de los antiguos votantes socialistas. Nuestro éxito dependerá de la capacidad para enriquecer y formalizar las ideas y críticas que nos trasladan.

Los partidos detectan aspectos insatisfactorios de la realidad, los definen como problemas públicos y formulan políticas para resolverlos. La agenda de problemas que una sociedad puede resolver tiene limitaciones y, precisamente por eso, hemos de abordar aquellos que sean expresión de los valores y necesidades de amplias mayorías. Debemos garantizar que nuestras propuestas sean las más urgentes en la agenda social; lo que no equivale necesariamente a que sean las más demandadas de forma espontánea; un proyecto no se construye a base de encuestas, pero tampoco resultan pertinentes el “decisionismo” o la “intuición”. El PSOE tiene, desde hace mucho tiempo, un problema en las grandes ciudades y con las clases medias que ha de afrontarse. Salvo los alcaldes de éxito, nadie parece haberlo afrontado con acierto. Nuestros responsables municipales saben que las decisiones de inversión de una empresa, o la elección de residencia de una familia, responden a proyectos urbanos capaces de competir por la atracción de inversiones, servicios y personas. Cada ciudad tendrá una propuesta diferenciada, una forma de concebirse a sí misma como oferta de valor para su ciudadanía y el resto del mundo. Ningún proyecto estará bien anclado si no está basado en una gestión excelente y, esto es lo más importante, en la asunción por la comunidad local de esos ideales colectivos.

Formular un proyecto, ser capaz de gestionarlo y hacer que forme parte de una agenda compartida por ciudadanos y empresas es parte del trabajo del mundo municipal. Por eso, es mucho lo que los alcaldes podemos aportar al debate de nuestra organización.

En segundo lugar, hemos de evaluar nuestras políticas y las de los demás. Hacer transparente, a los ojos de la ciudadanía, la teoría de la intervención en la que se sustentan; por ejemplo, explicar los motivos por los que una inversión o un curso de formación tendrán efectos en el empleo. Tan importante como definir bien el nexo entre una acción y sus efectos, es vigilar la calidad de su implementación, lo que conlleva un análisis en profundidad del trabajo de las administraciones. La ciudadanía merece, finalmente, una exposición de los resultados que, gracias a sus impuestos, el trabajo de la Administración y el diagnóstico de sus políticos, se haya alcanzado.

No bastará con elegir a un líder, hace falta elegir a todo el equipo. España enfrenta una situación muy difícil que exige a los mejores y, precisamente por eso, hemos de dar al máximo número posible de ciudadanos la posibilidad de participar en su elección. El PSOE debe ofrecer a la sociedad personas con trayectorias personales, laborales y políticas contrastadas.

Si somos capaces de reposicionar nuestros valores en la sociedad española demostrando –como la socialdemocracia ha hecho muchas veces– que nuestras políticas arrojan los mejores resultados para la vida en común, y elegimos a los mejores equipos para representarnos ante los ciudadanos, será mucho lo que habremos avanzado. Al fin y al cabo, el futuro depende de la imagen del futuro que tengamos en el presente, no de los ajustes de cuentas que dirijamos al pasado.