Dominio público

Opinión a fondo

Elogio del optimismo

07 Ene 2012
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Pablo Bustinduy
Doctorando en Filosofía de la New School for Social Research de Nueva York
Ilustración de Javier Olivares

Llegaron las elecciones, ese baile ajeno, y algunas voces se preguntan para qué sirvió todo el jaleo de las plazas. Buscan hechos concretos, realidades transformadas, horizontes inmediatos para orientarse en la excepción económica y social que se avecina. Lo que encuentran les parece poco y es prácticamente imposible desterrar la sospecha de que, una vez más, todo haya sido para nada o casi nada. Pero hay muchas razones para silenciar ese temor y darle a las cosas su justa perspectiva. La primera: siempre se piensa mejor entre las sombras, en los paisajes oscuros y los tiempos muertos.
Los días de Mayo fueron algo sin medida. No había causa que explicara el efecto, ni relato capaz de interpretar su significado de una vez por todas. Hacia adentro, esa indefinición se vivió con euforia, como un lugar difuso en el que era posible reposicionarse, dar un nombre nuevo a los problemas, volverse a pensar desde el principio. Desde fuera se vivió con angustia. Sol colocó un espejo frente a una sociedad y un Estado que han perdido la capacidad de imaginar su propio futuro y que se esmeran en tapar las vías de agua para que el barco se mantenga a flote sin tener la más mínima idea de qué rumbo quiere seguir, de a dónde se quiere ir. Por eso, todos los que no entendían qué pasaba repetían como autómatas las mismas preguntas, quiénes son, qué quieren, qué proponen: no eran preguntas, sino formas de confesar que no hay respuestas. De forma parecida, las voces que ahora intentan medir el 15-M a partir de sus resultados (qué se ha conseguido, qué se ha cambiado) corren el riesgo de reproducir esa misma lógica. Miran el dedo en lugar del vacío que lo rodea.

Por supuesto, esto no quiere decir que no sea necesario el balance, la evaluación de errores y aciertos, el pensamiento o la crítica: son más imprescindibles que nunca. Pero a la hora de pensar dónde estamos y hacia dónde se debe ir, conviene tener en cuenta dos factores que suelen perderse de vista en la obsesión con el aquí y con el ahora. El primero es simplemente una cuestión de escala, de extensión en el espacio (porque la tormenta que rompió en Sol se gestó en África, cruzó el Atlántico y, planeando sobre Rusia, se dirige de nuevo a Europa) y en el tiempo (porque la ola puede volver a desbordar en cualquier lugar y en cualquier momento). 2011 rompió el silencio mortecino de la crisis para sembrar el planeta entero de levantamientos populares, de experimentos democráticos, de realidades y posibilidades que eran inimaginables sólo un segundo antes y que, ahora, como un monstruo ingobernable, se relevan entre sí de forma asimétrica, simbiótica, casi catastrófica. Si algo demostró el 15-M, con su estallido inaudito y su capacidad de inundar y desbordar la realidad, es que esta nueva política no es lineal, que sigue ritmos caóticos y que se contagia y se expande de un lugar a otro de forma fortuita e imprevisible. Por eso conviene no perder la perspectiva: mayo fue sólo una escala en un viaje de ida y vuelta que cada vez tiene y tendrá más referentes, más saberes acumulados, más registros y herramientas a su disposición. Nadie esperaba la magnitud de la tormenta, pero nadie podrá sorprenderse realmente cuando vuelva a brotar con mayor fuerza aún en el futuro.

El segundo factor es que aquí, a pesar de la terca magnitud de los problemas y del alud de obstáculos y malas noticias que no dejan de echársenos encima (incluida la amenaza que pende sobre la existencia misma de este periódico, otro lugar difuso y necesario que merece la pena defender), aquí parte del trabajo ya está hecho. En este país ya hay millones de personas no sólo sensibilizadas ante el drama social que nos acecha, sino conscientes de que la gente tiene fuerza suficiente, como poco, para exigir mucho más, y como mucho, para hacerse con la realidad y darle por sí misma nuevas formas y sentidos. La “emocionalidad” del 15-M no fue otra cosa que la alegría incontestable de abrir una grieta en ese presente romo y sombrío que se ha dado por vencido, de ensancharlo y agujerearlo, de intuir en él horizontes y posibilidades nuevos y radicalmente diferentes. La euforia política de las plazas no era otra cosa que esa certeza de saberse capaces de mucho más, de romper esos corsés que siguen apretando cada día con más fuerza. Son convicciones y saberes que despertaron en mayo y que siguen ahí, más o menos latentes, a la espera de ser reactivados en una fracción de segundo cuando la tormenta vuelva a romper sobre nuestras cabezas y los acontecimientos llamen de nuevo a dar un paso al frente. Los retos serán entonces mucho más complejos y exigentes, pero también habrá una dosis de realidad mayor y más capacidades y experiencias sobre las que apoyarse.

Hasta entonces, viviremos en toda su dureza un momento fascinante, en el que resuena lo que dijo el poeta Réné Char para definir la experiencia de la Resistencia francesa: nuestra herencia no está precedida de ningún testamento. Las plazas del país ya tienen una memoria, un vocabulario y una convicción propias, pero no están atadas por testamento alguno. Su futuro político está abierto, no está marcado ni codificado: harán de sí mismas lo que quieran y puedan ser. Como siempre, esa libertad puede ser fuente de debilidad o de riqueza, de desesperación o de pura fuerza. Del otro lado, ya sabemos lo que hay: el enemigo y los desafíos por enfrentar son sin duda colosales. De este, todo está aún por hacer. Actuar y pensar como si el futuro nos fuera a ser propicio es la mejor manera de estar preparados para hacerse con él en plenitud.


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